L’Esquella de la Torratxa, març 1937
He leído con sumo interés el texto de Moisés Cayetano publicado ayer en este espacio. Plantea una cuestión de mucho calado. Cuando el ministro Wert, y por su boca el gobierno español, habla de españolizar a Catalunya no está diciendo nada nuevo: mirad la viñeta adjunta, de una publicación catalana del 1937, donde un militar español arenga a una tropa formada por un marroquí, un alemán, un italiano… dándoles la consigna de españolizar Cataluña. Hoy volvemos a lo de siempre; mientras Esperanza Aguirre, que, aunque parezca mentira, fue ministra de educación con José María Aznar, dice de España que es una nación con 3000 años de historia, y se queda tan descansada después de tamaña demostración de analfabetismo histórico, el actual ministro de educación, el senyor Wert, repite una consigna vetusta y anacrónica que, para más inri, fue una consigna del ejército fascista contra Catalunya en la guerra de España. Y también se queda la mar de descansado, y además ratifica sus palabras con la mayor desvergüenza… Y actúa así porque, habiéndose educado en el franquismo y en la asignatura obligada de Formación del Espíritu Nacional, cree las barbaridades que predica. He comentado otras veces que el gran mal de España ha sido y es el nacionalismo español, que se cíñe a una idea de España que desvirtúa y pervierte su realidad. La España “una” no ha existido nunca ni como voluntad, y, dejando aparte el caso similar de otros territorios, Catalunya no ha renunciado nunca a la identidad nacional, ni siquiera cuando ha buscado formas de entendimiento con el conjunto de los pueblos de España. Fue así en la I y en la II repúblicas y fue así en la Transición después de la dictadura franquista. Ha habido ensayos de entendimiento, pero han desembocado siempre en fracasos y ruptura, porque el fantasma de la España nacionalista, la autoimagen imperialista de raíz castellana -entre cuyas víctimas se cuenta también Castilla-, siempre ha corrompido y abortado toda posibilidad de encuentro entre los pueblos hispanos, ha desbaratado todos los intentos de construir la convivencia y el entendimiento. España ha generado un cierto aspecto de diversidad, pero al precio de folclorizar todo lo particular, reduciéndolo a lo doméstico, a la curiosidad anecdótica y a la fórmula comercial del reclamo turístico. Catalunya se ha resistido a ese proyecto despersonalizador, utilitario, embrutecedor; no ha querido nunca ser la versión mediterraneopirenaica de una España de pandereta. No ha aceptado nunca ser un epígono en el inventario de los particularismos folclóricos. No lo ha sido nunca porque no lo ha querido, pero no sólo por eso; tampoco España lo ha querido. Quienes conocen bien la realidad española probablemente saben que otros pueblos -el andaluz, el castellano, el aragonés, el extremeño, el asturiano…- tienen un cierto espacio -sin hablar ahora del precio que han tenido que pagar- en el imaginario español, y que no se les pide ninguna renuncia para ser españoles; les basta con ser lo que son, andaluces, castellanos, aragoneses, extremeños, asturianos… Ser andaluz o aragonés pueden ser, sin más, maneras distintas de ser español. Pero ser catalán ha sido visto siempre como una manera de “no ser” español. Por eso España ha pedido siempre a Catalunya, en términos más o menos amables o conminativos, el peaje de la renuncia a sí misma. Y en tales condiciones, hablar de diálogo, de entendimiento o de encaje es imposible. El diálogo sólo existe entre iguales, y sin ese convencimiento, sin ese principio como premisa, el desenlace de las buenas voluntades dialogantes se pierde en un callejón sin salida.
Del artículo de Moisés Cayetano, la llamada al diálogo es, en estos momentos, una propuesta que requiere necesariamente otra: la de establecer primero las bases para que el encuentro, el diálogo y el entendimiento entre Catalunya y las otras naciones se produzca en términos de igualdad. Y sin esa premisa estaremos donde hemos estado; o tal vez estaremos en otro punto aparentemente distinto, pero que en el término de algunos años nos llevará nuevamente a lo mismo. En un artículo reciente publicado en La Vanguardia (“Liberals”, 5 de noviembre), Oriol Pi de Cabanyes reproducía un texto de Joan Maragall, un intelectual que, como sabes muy bien, defendió siempre con vehemencia y convicción la idea de una Iberia capaz de abrazar a los distintos pueblos de esta “piel de toro” de la que, años más tarde, habló Salvador Espriu. El texto de Maragall, que en 1910 respondía, en castellano, a un artículo de José Ortega y Gasset publicado en “El Imparcial”, es éste, tal como lo cita Pi de Cabanyes: “No hay más que una cuestión española, fundamental, previa, perentoria, que domina todas las demás muchos siglos hace (…) El catalanismo no puede desaparecer, no os hagáis ilusiones; tendrá, como ha tenido, sus altos y sus bajos (tuvo un bajo de siglos y ya veis cómo volvió a levantarse), mandará o no mandará diputados a Cortes, hará la Solidaridad siempre que se dé causa para ello y la deshará cuando cese la causa y volverá a hacerla y deshacerla cien veces, y cien veces cantaréis victoria contra ella y otras cien tocaréis a rebato contra ella; todo parecerá que ha concluido, y todo volverá a empezar; nos esforzaremos unos y otros, todos, en borrar toda diferencia, en olvidar todo agravio, en buscar un ideal común, un ideal superior -diremos- que nos una, que nos funda, que nos haga una sola cosa… pero siempre, siempre, siempre, os lo juro, volverá a levantarse este impulso, esta fuerza, esta cosa viva, aguda, inmortal, que es el espíritu celtíbero, que es el genio particular, que es el Mediterráneo o el Pirineo, o la raya del Ebro… o la raya de Dios: la borraréis y volverá a salir, la apagaréis y volverá a encenderse, la ahogaréis y volverá a respirar, la mudaréis y volverá a ser ella misma, nunca, nunca, nunca morirá; es la raya de Dios, es el genio particular, es el espíritu, es la lengua, ¿lo entendéis bien?, os lo digo en la vuestra, pero, ¡ay!, no os hagáis ilusiones, lo pienso en la mía, no hago más que traducir. Siglos y siglos os hemos hablado así, traduciendo, y la lengua no ha muerto; aquí está.”
En Catalunya se anhela el diálogo. Somos pactistas por naturaleza, pero estamos escarmentados por la historia, desengañados de todos los intentos de integración en un proyecto español… El diálogo está abierto, pero ahora se piden condiciones para que ese diálogo sea honesto, sin trampas; democrático, sin subordinación jerárquica entre las partes; inteligente, capaz de leer las coordenadas del mundo actual, los signos de los tiempos, la realidad política y las necesidades sociales; solidario, comprometido con las naciones amigas y, particularmente, con los pueblos de Europa y, entre ellos y muy especialmente, con España. Hay que poner las condiciones para que eso sea posible, y eso significa poder hablar de igual a igual. Siempre que el pueblo catalán así lo quiera y lo exprese así por la vía democrática.
Y desde luego, decidme, objetivamente, sin apasionamiento de ningún tipo: ¿qué diálogo és posible con quienes exhiben como credencial la ignorancia, el desprecio o el halago vergonzante del interlocutor? ¿Qué diálogo puede haber -y ahora sí, recupero el apasionamiento- con quien exhibe una ignorancia de su interlocutor tan grande como la exhibida por el ministro Wert, por muy ministro de educación que sea, y otros egregios representantes del gobierno español, del Partido Popular, de la FAES, del nacionalismo español de derechas, de centro o de izquierdas, y de los medios afines que participan de idéntico oscurantismo?
