27S – ENTRE EL EMPATE INFINITO Y LA INGOBERNABILIDAD – por ANTONIO SANTAMARÍA – II
joaompmachado
Selecção de Júlio Marques Mota-enviado por Armando Steinko
(conclusão)
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El estallido del sistema de partidos
La movilización independentista ha dinamitado el sistema de partidos de la Cataluña autonómica. La ruptura de la histórica federación entre Convergència i Unió – tras años de tensiones – expresa el punto de inflexión y el carácter irreversible del giro soberanista de CDC, la formación hegemónica de la federación. El fracaso de Unió, que no ha logrado representación parlamentaria, podría explicarse por la tardanza con que decidió romper con Convergència, prácticamente en la víspera de los comicios, pero también por la ausencia de espacio político para la llamada Tercera Vía en un panorama tan sumamente polarizado.
La lista unitaria, donde Convergència ejerce un papel hegemónico, ha significado la práctica difuminación, por no decir desaparición, de Esquerra Republicana del escenario político. ERC, que encarnaba los valores del catalanismo de izquierdas frente al nacionalismo conservador convergente, había logrado el sorpasso a CiU en las elecciones europeas y un buen resultado en las municipales, lo cual parecía augurar que esta formación podía aspirar a ser el recambio hegemónico a Convergència en el bloque nacionalista. Desde el 9N se había negado enfáticamente a diluirse en la lista unitaria y proclamado su determinación de concurrir con sus siglas el 27S. No obstante, en el último momento se plegó al doble chantaje de Mas, que amenazó con no convocar las elecciones o hacerlo arropado por las entidades soberanistas ANC, Ómnium Cultural y las figuras del star system nacionalista. De manera que volvió a ejercer el papel subalterno que ha jugado con respecto al catalanismo conservador desde la reinstauración de la democracia, con la única excepción de la apuesta de Carod-Rovira por el tripartito. Si, como todo parece indicar, se reedita la fórmula de Junts pel Sí en las legislativas españolas de diciembre, el futuro de ERC se presenta muy complicado.
El PSC, la segunda fuerza política de la Cataluña autonómica ha experimentado fuertes tensiones internas que parecían abocarle a un papel residual. Finalmente, la marcha de los sectores soberanistas ha permitido que los socialistas catalanes conectasen con las aspiraciones de sus bases sociales y electorales con un discurso sin ambigüedades en el eje nacional. Ello, unido a la excelente campaña de Miquel Iceta, ha posibilitado que evitasen la pronosticada debacle electoral y albergar esperanzas en una hipotética remontada, imprescindible para que el PSOE pueda desbancar al PP de La Moncloa.
ICV-EUiA, que en la Cataluña autonómica jugó un papel subalterno semejante al de ERC pero respecto al PSC, apostó por concurrir con Podemos tapando sus siglas en la lista de Catalunya í Que Es Pot. Ahora bien, mientras en el PSC los soberanistas han abandonado la formación, no ha ocurrido lo mismo en ICV- EUiA y además Raül Romeva, uno de sus líderes, ha encabezado la lista de Junts pel Sí. El resultado electoral ha bordeado el desastre, pues han perdido dos escaños respecto a los 13 obtenidos por la coalición ecosocialista en 2012. Ello a pesar de la intensa participación de Pablo Iglesias e Íñigo Errejón en la campaña. De alguna manera, a CSQP se han trasladado las ambigüedades de ICV-EUiA respecto a la cuestión nacional, tanto es así que su cabeza de lista, Lluís Rabell, a pesar de su insistencia en el “derecho a decidir” fue incapaz de responder a cual sería su opción en un referéndum de auto-determinación y no pudo ocultar su condición de criptoindependentista. Esta indefinición, en unos comicios sobredeterminados por la cuestión de la independencia, y con unas bases sociales mayoritariamente no secesionistas, han propiciado los pésimos resultados electorales que comprometen las opciones de Pablo Iglesias en legislativas de diciembre.
El impresionante ascenso de Ciutadans, con 25 diputados y 735.419 votos (17,9%), es quizás el dato más relevante de la jornada electoral. Excepto Santa Coloma de Gramenet y Cornellà, donde quedó a escasa distancia del PSC, se impuso en todos los feudos socialistas del Área Metropolitana, cumpliendo con el pronóstico de Albert Rivera, quien había predicho que el cinturón rojo se pintaría de naranja. El resultado en Nou Barris, el distrito de la ciudad de Barcelona con la renta más baja y tradicional feudo de la izquierda, es significativo. En las municipales de mayo Barcelona en Comú, con Ada Colau al frente, se impuso claramente con el 33,7% de los votos, seguida por el PSC (16,2%) y C’s (12,7%). Pero el 27S ganó C’s con el 22,7%, mientras CSQP solo obtuvo el 13,8%, casi veinte puntos menos que la lista de Ada Colau e incluso se vio superada por el PSC con el 18,4% de los votos. Así pues, si en las municipales se votó en clave social y se impuso una alternativa nítidamente de izquierdas, en las autonómicas se hizo en clave nacional, dejando el mensaje de que la clase trabajadora catalana se opone a la secesión y opta por una formación con una posición clara en este sentido que, además, entona un discurso vaga- mente regeneracionista y nítidamente populista frente a PP y PSOE.
Del estallido del sistema de partidos pueden extraerse las siguientes conclusiones:
1) El giro soberanista del nacionalismo catalán ha achicado el espacio del catalanismo donde anteriormente podían incluirse Unió, PSC e ICV-EUiA y ha incrementado la fuerza de un partido extramuros del catalanismo como C’s. El éxito de Ciutadans en los distritos obreros indica que la presión secesionista puede provocar a medio plazo un movimiento de unificación en clave españolista.
2) Las formaciones de izquierda han sido las principales perjudicadas por la polarización nacionalista, y han obtenido el peor resultado de la historia. En el 2012, si sumamos los resultados de ERC, PSC, ICV-EUiA y CUP lograron 1,5 millones de votos y 57 escaños (41,5%); ahora si sumamos PSC, CSQP y CUP sacan 1,2 millones de votos y 37 diputados (30,8%).
Las contradicciones de la CUP
El endiablado resultado electoral otorga a la CUP la llave de la gobernabilidad de Cataluña y del proceso soberanista. La base social de la izquierda independentista está formada fundamentalmente por la juventud de las clases medias catalano-parlantes que la crisis ha dejado sin perspectivas y en vías de proletarización.
La CUP se halla atravesada por una contradicción insoluble. En el eje social plantea un programa anticapitalista radical que les aleja de las clases medias convergentes y que busca la im- plantación entre las clases trabajadoras del país. Sin embargo, en el eje nacional, propugna un independentismo igualmente radical que aboga por la creación de un Estado en el ámbito de los Països Catalans que les separa de la clase trabajadora de ori- gen inmigrante que rechaza la secesión y que, como se ha visto el 27S, se ha decantado por C’s. Esta contradicción se traslada al interior de la formación en torno a dos sectores: el articulado en torno al antiguo Moviment de Defensa de la Terra (MDT), ahora Poble Lliure, donde opera el vector nacionalista, y el sector Endavant donde domina la cuestión social.
Estos comicios han sacado a la de cierta marginalidad política y les ha otorgado un papel decisivo en la política catalana, pero con un elevado riesgo de podría conducirles al estallido. En efecto, uno de los ejes de su campaña fue el reiterado compromiso de no investir a Artur Mas. Si hacen honor a este compromiso se enfrentarían con todo el peso del potente aparato mediático convergente que les acusaría de hacer el juego al españolismo, al provocar la convocatoria de nuevas elecciones y poner en peligro el proceso soberanista. Si, por el contrario, ceden a las exigencias de Junts pel Sí que, en ningún caso están dispuestos a renunciar al liderazgo de Mas, serían acusados de comportarse como los demás partidos y de plegarse, como ERC, al chantaje de Convergència. En cualquiera de las dos opciones se pone en peligro la cohesión interna de la formación que podría estallar en dos pedazos, profundizando en el estallido del sistema de partidos catalán.
Para orillar estas contradicciones, en el momento de escribirse estas líneas parece abrirse camino la fórmula de facilitar una presidencia simbólica a Mas a cambio de que Junts pel Sí asuma parte del programa social de CUP. No obstante, un acuerdo de estas características presenta grandes dificultades, pues las fuerzas económicas y sociales que apoyan a Convergència difícilmente podrían asumir un programa social que cuestione el neoliberalismo de esta formación. Además, la CUP parece dispuesta a acabar con la prolongada espera del procés y poner en marcha de modo inmediato y sin marcha atrás el proceso de desconexión con España, lo cual puede desatar las contradicciones internas de Junts per Sí, particularmente entre el sector posibilista de Convergència y el maximalista de ERC.
Compás de espera
Las dificultades para alcanzar un acuerdo entre Junts pel Sí y CUP, unido a la proximidad de las legislativas españolas, apuntan a que la política catalana se instalará en un compás de espera hasta los comicios estatales, que podrían facilitar una vía de diálogo o enconar aún más el conflicto. El primer supuesto pasaría por un ejecutivo de coalición o un pacto de legislatura entre PSOE o Podemos; en el segundo, un gobierno o un acuerdo de legislatura bajo la presidencia del PP o PSOE pero con el concurso de Ciutatans. Esto sin descartar un resultado endiablado, donde una eventual reedición de Junts pel Sí a las cámaras españolas dis- pusiera de la llave de gobernabilidad del Estado como en los tiempos de Jordi Pujol.
La contradictoria victoria de las fuerzas que han ganado las pero han perdido el plebiscito, se alza como un escollo difícil de sortear para emprender por la vía rápida la ruta hacia la secesión que, desde luego, no contaría con el reconocimiento de la comunidad internacional y que, como se ha prefigurado en estos comicios, podría cristalizar en una efectiva fractura social. Ahora bien, la única propuesta de Convergència y sus aliados en Junts pel Sí el 27S ha sido precisamente la consecución prácticamente inmediata, en 18 meses, de la independencia. Esto les aísla de cualquier aliado parlamentario excepto la CUP, lo cual dibuja un panorama de extremada inestabilidad, incluso en el caso de que la formación de la izquierda independentista decidiera ceder a la presión e invistiera a Mas.
Finalmente, no hemos de perder de vista otro supuesto. Acaso el objetivo de Convergència, que tras la etapa pujolista está abocada a la refundación, no sea conseguir el Estado propio, cuya extrema improbabilidad no puede ignorar, sino construir una nueva formación hegemónica de la política catalana donde se catalizarían las aspiraciones de las clases medias y donde el objetivo de la independencia proporcionaría aliento y munición política a una generación.