2. EL COMPROMISO SOCIAL: CONSTANTE HISTÓRICA, ACENTUADA TRAS LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL.
No es nuevo, ya digo, este debate. Ni nueva la falta de consenso, la radicalidad de las posturas encontradas. Sin embargo, este compromiso ético, social, es una constante en la historia de la literatura. Los clásicos griegos -y podíamos irnos “más atrás”- aleccionan con sus tragedias y fustigan con sus comedias los comportamientos de sus pueblos y de los enemigos. “El Quijote” es una novela crítica para con los libros de caballerías y, sibilinamente, para con la sociedad de su época y con el egoísmo de los individuos materialistas y primarios. Toda la picaresca del siglo XVII es un permanente retablo de denuncias sobre una sociedad decadente, zafia, fatua,intransigente; subrayemos, claro, la obra de Quevedo, que tantos quebraderos de cabeza le dio.
Pero con la Revolución Industrial se acentúa este carácter de literatura al servicio del compromiso ético, de la justicia social, de la denuncia de conductas deplorables en personas y grupos con poder político, económico, social, familiar… Se lleva en ello la palma la llamada “literatura realista” del siglo XIX: ¡Qué impresionante denuncia sobre la vida miserable del proletariado parisino contiene “La Taberna”, de Émile Zola!¡Qué emocionantes las obras de Charles Dikens sobre la niñez desvalida de los suburbios de Londres! ¡Cuánto reproche a la alta sociedad rusa en las novelas de León Tolstoi! ¡Cuantísima emoción en los pobres personajes atormentados de “Recuerdo de la Casa de los Muertos”, “Crimen y castigo”, tantas obras de Fedor Dostoievski! Y cómo no tener en cuenta la valentía de Vicente Blasco Ibáñez denunciando la pobreza de los hortelanos levantinos en novelas como la imprescindible “Cañas y barro”, o la indigencia de los más desheredados del Madrid decimonónico en “Misericordia”, de Benito Pérez Galdós.
Mas no hemos de olvidar a la generación anterior, los “románticos” de mitad de siglo cuyas denuncias son estiletes en la sociedad bienpensante de la época. Es el caso de Víctor Hugo y su obra cumbre “Los miserables”, sin dejar atrás “Nuestra Señora de París”. Y no digamos en España Mariano José de Larra o incluso alguien tan sensible y delicada como la poeta gallega Rosalía de Castro, que escribe versos desgarradores sobre su tierra y tantos de los suyos como tuvieron que emigrar y dice sobre éstos, al ver la alegría con que marchan soñando en el futuro prometedor:
Cuánto en ti pueden padecer, oh Patria,
si ya tus hijos sin dolor te dejan.
Con el desastre español del 98 y la pérdida de las últimas colonias en América y Asia, surgiría la “Generación del
98”, recia y sin concesiones en sus obras que rayan en lo más alto del valor estético, como es el caso de todas las que venimos señalando pues -no se olvide- el compromiso estético es condición indispensable para hablar de auténtica literatura.
Pío Baroja, Miguel de Unamuno, Antonio Machado, ¡tantos!, toman partido ante la decadencia y el oscurantismo de un país anclado en un pasado de “misa y sacristía”, supersticiones e hidalguismos estériles.
Así, escribe Antonio Machado:
La España de charanga y pandereta,
cerrado y sacristía,
devota de Frascuelo y de María,
de espíritu burlón y de alma inquieta,
ha de tener su mármol y su día,
su infalible mañana y su poeta.
El vano ayer engendrará un mañana
vacío y ¡por ventura! pasajero.
Incluso en libros a primera vista tiernos y nostálgicos, como “Platero y yo”, de Juan Ramón Jiménez, la voz del poeta se levanta con contundencia ante el triste panorama de un país decadente y un futuro de tan escasas esperanzas:
Cuando en el crepúsculo del pueblo, Platero y yo entramos, ateridos, por la oscura morada de la calleja miserable que da al río seco, los niños pobres juegan a asustarse, fingiéndose mendigos. Uno se echa un saco a la cabeza, otro dice que no ve, otro se hace el cojo…
Después, en ese brusco cambiar de la infancia, como llevan unos zapatos y un vestido, y como sus madres, ellas sabrán cómo, les han dado algo de comer, se creen unos príncipes:
– Mi pare tié un reló e prata.
– Y er mío, un cabayo.
– Y er mío, una ejcopeta.
Reloj que levantará a la madrugada, escopeta que no matará el hambre, caballo que llevará a la miseria.
No en vano el libro lleva como subtítulo “Elegía andaluza”. Y como tal, está salpicado de críticas continuas, en medio del dulzor y el exquisito trato para con los seres más desamparados.
