También es significativo lo que, otra vez, Pecellín nos trae en su antología de 1985. Un espléndido texto de Ilia G. Ehrenburg, de 1932, donde se lee:
En Olivenza hay 800 jornaleros sin trabajo. A éstos les ayudan sus compañeros. Ahora los compañeros están de huelga. Pasan hambre los huelguistas y pasan hambre los sin trabajo. El alcalde de Olivenza es socialista. Pero no es un político de Madrid. Es un hombre de confianza de los jornaleros. Sin embargo, no puede hacer nada en su ayuda. El gobernador no da ningún subsidio. El gobernador prohibió que se gravase a los comerciantes con un tributo a favor de los sin trabajo. El gobernador telegrafía al alcalde: “Es necesario que termine la huelga”. No es un consejo a los patronos, no; es una orden a los jornaleros. En Olivenza no hay más que ocho guardias civiles pero los extremeños son fatalistas, y se están esperando tranquilamente a ver en qué para la cosa. En la vecina Andalucía saben pavonearse, mentir, bromear. Los andaluces son los actores cómicos de España. Extremadura es silenciosa y parca en gestos. Aquí cantan a veces canciones tristes, pero más a menudo callan. Ocho guardias civiles vigilan como cancerberos a los prisioneros de Olivenza. En la escuela hay un fraile. Viste de seglar. Con una sonrisa dulzona, me dice: “Aquí no tienen de qué quejarse. Aquí se vive bien…”.
Siempre el mismo problema, la falta de tierras, de pan, de empleo, para la inmensa mayoría, con uno u otro gobierno, con o sin revoluciones que al descender a lo concreto se volatilizan. Constante histórica que ha sido tema recurrente de denuncia en la voz de políticos bien intencionados, que apenas si pudieron ir más allá de las palabras o las frustradas actuaciones de la II República española, ahogadas en sangre, y la Reforma Agraria de la “Revolução dos Cravos” portuguesa, reconducida a la situación inicial a pocos más de un año y medio de iniciarse.
Pobre Patria -escribía Felipe Trigo en su novela Jarrapellejos, de 1914-, tanto más digna de cariño cuanto más decaída a la presente Un vistazo a la frontera desde los libros condición por torpezas de sus hombres!… Leguas y leguas de rañas, de estériles jarales, que se pudieran roturar; tierras que debieran cambiarse de cultivo; latifundios a repartir entre los pobres; saltos de agua en futura industria utilizable, y puntos de la ribera de más sencilla acometida para el riego de los campos…
Y como válvula de escape, la emigración. Volvemos a Jarrapellejos:
Se estaba aquí tan rematadamente daos al mesmísimo demóngano que nada se perdiese por cambiá, manque hubiá de sel en el infierno.
Otra constante extremeño-alentejana: la válvula de escape, probar fortuna fuera. En las conquistas de los siglos XVI y XVII. En la emigración ultramarina de finales del siglo XIX y principios del XX. Y sobre todo en el gran éxodo de los años cincuenta, sesenta y setenta de ese final de milenio, cuando casi un 40% de la población de ambas regiones marchó a las ciudades industrializadas de sus respectivos países y a las naciones prósperas de centroeuropa.
