
Pero cuando veo a las autoridades dirigir sorteos sobre el orden de participación en los desfiles, sobre la salida al escenario, instituyendo premios, concursos reglamentados, siento que no hablamos de aquello que creía sino de una mascarada, que -eso sí- puede ser incluso divertida. Ahora bien, no es lo que perseguían los guardias civiles en mi pueblo cuando yo era pequeño, escondiéndose los atrevidos al disfraz y a la chanza en las esquinas, al tiempo que cantaban y que gesticulaban con gracia mordaz, improvisando su actuación.
Y dentro de esta vuelta de tuerca al contrario de lo que yo pensaba, están las programaciones que sobre el carnaval hacen muchos centros de los niveles de educación obligatoria. ¡Ale!, toda una clase vestidos de piratas (¡menos mal!); otra de príncipes y princesitas; la de más allá, de aves de corral, o de protagonistas del circo (con lo poco que les gusta a los pequeños hacer el papelón de “payasos” -en lugar de domadores y de trapecistas-, que a la hora del reparto les puede tocar “de forma obligatoria”).
Padres: a confeccionar los trajes que les “ordenan” en la escuela, o a comprarlo en las tiendas montadas al efecto, o incluso en librerías, que de todo hay que hacer para salir a flote en medio de la crisis. Y a soltar la pasta, claro, que este “uniforme” no se nos da como regalo.
