DE MARRAQUECH AL DESIERTO FRONTERIZO CON ARGELIA – 2 – por Moisés Cayetano Rosado
carlosloures
La meta es el desierto, al que accedemos desde la población oriental de Merzouga, en 4×4 que sustituirán al microbús. Y allí, tras atravesar una larga explanada desértica de piedra y tierra desoladas, llegamos a esa otra desolación sublime de la arena dorada que algo más allá nos llevaría hasta Argelia: es el momento de utilizar los dromedarios para avanzar tranquilos.
Hay que volver un poco más al sur, pasando por Zagora, para seguir viendo la alternancia de esos “dos desiertos” que son el de pedruscos, escasos palmerales y restos de corrientes de ríos casi inexistentes, y el otro de arenales formando elevaciones, oquedades, ondulaciones doradas, caprichosamente movidas por el viento.Después vendrá el Valle del Drâa, similar al de Dadés (más al norte). Impresionante en su relieve, en su erosión pétrea, en sus cortadas paredes verticales, que no envidian a veces al mítico Cañón del Colorado. ¡Cuánta agua debió pasar un día por sus canchales, hoy resecos, cuarteados, pulidos!
De allí, llegamos a Ouarzarzate, la “puerta del desierto”, la capital de todo este mundo mágico del este del Gran Atlas, donde hay que visitar la kasba (fortificación) de Taourirt, una de las más monumentales de este “mundo de las mil kasbas” que es la majestuosa zona de valles y desierto del este marroquí. Visita guiada con soltura por guía que se expresa bien en español y conoce los misterios de la vida en las kasbas y los ksur de este apartado territorio: allí la lucha por la vida se sostiene con unos pocos oasis de palmeras y huertos bien cuidados, así como con un sufrido pastoreo de algunas ovejas y unas pocas más de cabras, a lo que ayuda un turismo que todavía parece respetuoso con el medio.
Son dignos de visitar los zocos, los mercados de los pueblos que hay que cruzar en el camino: tan laberínticos, variados, mezclados, profundos en la conservación de sus costumbres. Minimalistas en sus fruterías, verdulerías, especias, tiendas de tejidos, de cuero, luminarias…; expresionistas en sus carnicerías, bastante más allá de las películas del neorrealismo italiano.
Es curioso cómo cambia el paisaje una vez que cruzamos de vuelta el Alto Atlas. Cómo verdea hacia el oeste, se llena de árboles, de prados y de flores. Y cómo la carretera se nos hace llevadera, sin los desfiladeros, las revueltas, las estrecheces, los riesgos y sustos de la montaña. Y así, volvemos a recalar en Marraquech. ¡Buen momento para tomar un té en algún riad (casa típica para el alojamiento turístico) del centro de la ciudad, otra vez al lado de la Plaza Jemma El Fna y el milagro oral de su vida diaria, que mereció la calificación de Patrimonio de la Humanidad!
Siempre quedan fuerzas para deambular sin prisas por su zoco interminable, penetrar en la magia del tiempo detenido y de los sueños desbordados