
Coria conserva la emotiva grandeza de sus murallas romanas, con añadidos árabes y medievales, más indiscretas ventanas modernas, que aprovechan los paños defensivos para asomarse al caserío. Su vistosa, elevada y meritoria catedral, gótica de transición, con magníficos añadidos platerescos, debe estar asustada por los “arreglos” que se le están haciendo en el atrio, con esos granitos pulidos, para sentarse y pisar en sus alrededores, que siguen la norma imperante de reinventar la restauración a base de actuaciones desafortunadas. Pero los palacios, palacetes, caserones en calles y callejas laberínticas, su magnífico castillo tardomedieval, te reconcilian con la ciudad que en cada mes de junio levanta barreras, empalizadas, enrejados, para celebrar las carreras callejeras de toros, que pueden tener su origen prehistórico en los vetones y son la pasión y orgullo de sus habitantes.
No nos detenemos más porque hemos de subir hacia el norte, atravesar Las Hurdes, que en sus míticos pueblos de Pinofranqueado, Caminomorisco, Cambroncino o Las Mestas ya no son ni por asomo aquellos lugares de miseria de hace menos de un siglo, sino sitios acogedores, bien comunicados, de discreto urbanismo y tentadoras ofertas culinarias: en Las Mestas comemos en la Casa Cirilo (que vende una miel extraordinaria, y cuyo padre, “el Tío Picho”, inventó el “Ciripolen”, bebida afrodisíaca que dio la vuelta al mundo en los años noventa del pasado siglo). ¡Estupendos gazpacho y estofado de cordero, cabrito o cochinillo!
Ya estamos en el límite de la provincia de Cáceres con la de Salamanca, y el río Batuecas nos ofrece una corriente clara y fresca para meter los pies, tumbado entre las rocas graníticas de sus orillas, así como senderos bien tratados, con profusa información geomorfológica, botánica, zoológica, de la zona -Parque Natural de las Batuecas-, que cuenta con un monasterio de clausura de monjes ermitaños Carmelitas Descalzos, fundado en 1597. La zona merecería una estancia reposada; haber recorrido algo de Las Hurdes y este Parque, pernoctando en la confluencia de las dos provincias. Disfrutar del caserío; los robledales, castaños, encinares; el sobrevuelo de las águilas y buitres; la fugaz presencia de corzos, ciervos, jabalíes, cabras montesas; el agua clara que no para de correr, el verde intenso, las bruscas curvas del paisaje, alternando los montes y los valles…
Pero donde vamos también disfrutaremos de estos dones, porque tenemos reservada casa rural en La Alberca, ligeramente por encima y a los pies de la Peña de Francia, aún dentro del mismo Parque Natural en el que hemos entrado por Las Mestas.
