Por qué Recabarren se preocupó tanto con el pueblo? Ya antes de la matanza de Santa María, recorría los campos del norte repartiendo sus periódicos y dándose un cierto tiempo para enseñarles a leer. Abrió una pequeña escuela para obreros, en dónde alfabetizaba, por poco tiempo: su carrera política le era más importante que las letras, sabiendo bien que las letras aprendidas, enseñaban, definían, abrían el mundo se eran comentadas. O por lo menos así lo hicimos con Paulo Freire, como he narrado en otros textos. Leer, enseñaba a usar la palabra y palabras con contenido que permitían el debate. Dos buenos ejemplos tuvimos en el pasado: la palabra de Luis Emilio Recabarren y las de Arturo Alessandri Palma. Había una tercera, serena, pausada, simple y sencilla, fácil de entender para toda la gente: Salvador Allende, que hasta hacía reír a la multitud cuándo, sin hablar mal de nadie ni con malas palabras, sabía contar anécdotas de lo que le había acontecido en sus viajes al extranjero, pero con todo el respeto que una persona cultivada sabe tener.
El pueblo liso y llano solo reía con palabras groseras, o con accidentes que les habían acontecido, que en su ética no cultivada, en vez de compadecer y ayudar, reían.
Éste era el tipo del Tucho Caldera, y de aquellos de su calaña. Bebían de forma exorbitada, como el pueblo llano hace, comían tanto como podían después de llenar sus tripas con el bebestible que emborracha. Su historia es triste y puntiagudo, como la mayor parte del bajo pueblo que no tenían ética, por lo menos, cultivada. No tenía dinero y sabía bien robar para hacerse de lo que en Chile se denomina algunas chauchas, la centésima parte de un peso, la moneda nacional Esas chauchas que nosotros los pequeños gustábamos tener, porque compraban dulces, los reboçados portugueses.
En mis recuerdos, había varias clases de jerarquía de pueblo: el del tipo Recabarren que luchaban por su vida de forma cultivada, el de los mineros, que no sabían cómo dirigirse al patrón, y ese que robaba porque nunca nadie les había enseñado ética, ni en la catequesis, esa casi obligación que los papás y los padres católicos, imponían en los niños, que rápidamente olvidaban, porque era un catecismo aprendido de memoria. Antonio (por sobrenombre o alcunha en portugués europeo Tucho) Caldera, había perdido a sus padres cuando era muy pequeño y se fue criando de la mejor manera, como mendigo, que casas de parientes que lo aceptaban por un tiempo, o porque no se querían incomodar con él, o porque les robaba todo lo que valiera muchos pesos y así poder comprar su comida, poco abundante. Se empleó, ya más crecido, en una carnicería –talho en portugués para repartir las encomiendas de carne de los clientes a quienes les gustaba ser servidos en casa, conoció varias, podía robar, lo que le podría traer la pérdida del empleo que le enseñaba descuartizar animales y pesar los kilos del trozo comprado. Trabajando con animales, aprendió anatomía, zoología – que comían las vacas y los terneros – vitelos-, los caballos, carne deliciosa y barata. Especialmente, cargando animales muertos a su espalda, desarrolló una grande fuerza, para su mal. O le gustaba boxear, pero si luchar y ganar, dejando al contrincante lleno de sangre. Sus vecinos tenían miedo y lo evitaban, o así lo dice su archivo policial: era, como se dice en Chile, de mala índole o condición e inclinación natural propia de cada persona. y con facilidad perdía el buen humor, atacando a quién era más débil. Mala índole que lo llevaba a entrar en lucha con facilidad, habiendo estado en la cárcel dos veces por herir otras personas.
Mis fuentes son los archivos policiales, los periódicos de su tiempo, pero lo que un diario dice, ni siempre es verdad quieren ganar dinero, especialmente los tabloides y mienten, exagerando la realidad, esa realidad que la gente lee con avidez, comenta y exagera e su debate, haciendo de un acción no ética, un drama. Especialmente se a instrucción de las personas solo les permite hablar de crímenes y barbaridades. En un pequeño país como Chile, lleno de personas pobres, la política y los crímenes son las conversaciones más usuales. Es lo que pasó con Caldera: se hizo amigo de un persa, compraron tierras los dos al mismo tiempo, vio que el persa tenía mucho dinero, adoptó una hija y la casó con él. En corto espacio de tiempo quiso heredar la fortuna del suegro, lo mató, lo descuartizó, colocó los trozos en diversas cajas y las escondió. Es la síntesis que hago del relato que el tabloide La Cuarta, hace con minuciosidad escandalosa, a lo largo de todos los años que demoró la investigación, la prueba y la defensa o contra prueba. Comenzó cuando yo tenía seis años, acabó cinco años después y fue condenado a muerte, fusilado de noche y enterrado de inmediato, como relata el periódico que no quiero mostrar, por el escándalo que causó con la noticia, muy exaltada e dramatizada, para vender más..
El tiempo pasó. El día del crimen, debo haber tenido la edad de cinco años. En mi corta edad, no tenía la razón suficiente para saber lo que había pasado. No entendía que un ser humano pudiera matar a otro ser humano, especialmente con la sangre fría en que los hechos habían acontecido y la poca importancia que el criminal le daba a los hechos. No había nadie en casa que lo pudiera explicar con palabras simples que un niño pudiera
entender. En mi fantasía y con esa falta de explicaciones, me parecía que estaba oyendo una radio novela, atribuyendo a quién mató, todo tipo de aventuras. No había televisión en esos tiempos, solo oía los novelones que mi Nana se sentaba a oír, cuando tejía y no había nada trabajo para hacer en casa. Había orden estricta del dueño de casa de cerrar la radio en el momento de las noticias, no fuéramos a oír rumores que nos hicieran mal a la salud o nuestra estricta ética católica. Entraba, pues, mi imaginación a jugar y me parecía que lo prohibida, era como ese libro que adoraba, Veinte mil leguas de viaje submarino, esa loca fantasía de Jules Verme[1], escrita en 1863 y transferido a la radiofonía muchos años más tarde. Imaginaba a Caldera como el capitán Nemo, a explorar el centro del mundo, descubriendo una fauna y una flora, como nunca había visto yo en mi vida. Despertaba mi propia loca imaginación y descubrí la televisión, como tenía hecho el Capitán Nemo, en sus paneles de vidrio, casi del tamaño de una de las bordas del barco. Era mi libro de cabecera, especialmente mi copia, con dibujos del famoso diseñador francés, Gustave Doré[2].
[1] Jules Gabriel Verne (Nantes, 8 de febrero de 1828 – Amiens, 24 de marzo de 1905), conocido en los países de lengua española como Julio Verne, fue un escritor francés de novelas de aventuras. Es considerado junto a H. G. Wells uno de los padres de la ficción Es el segundo autor más traducido de todos los tiempos, después de Agatha Christie, con 4.185 traducciones, de acuerdo al Index Translationum. Algunas de sus obras han sido adaptadas al cine. Predijo con gran exactitud en sus relatos fantásticos la aparición de algunos de los productos generados por el avance tecnológico del siglo XX, como la televisión, los helicópteros, los submarinos o las naves espaciales. Fue condecorado con la Legión de Honor por sus aportes a la educación y a la ciencia.Fuente: Ronaldo Rogério de Freitas Mourão. Cem anos da morte de Júlio Verne. Instituto Histórico e Geográfico do Rio Grande do Sul. Página visitada em 13 de abril de 2010; Júlio Verne no Find a Grave
[2] Paul Gustave Doré (Estrasburgo, 6 de janeiro de 1832 — Paris, 23 de janeiro de 1883) foi um pintor, desenhista e o mais produtivo e bem-sucedido ilustrador francês de livros de meados do século XIX. Seu estilo se caracteriza pela inclinação para a fantasia, mas também produziu trabalhos mais sóbrios, como os notáveis estudos sobre as áreas pobres de Londres, realizados entre 1869 e 1871. Fuente: Delorme, Rene (1879) Gustave Doré. Paris: Librairie d’Art (80 illustrations, earliest photogravures of Dore paintings) ;Malan, Dan (1995) Gustave Doré, Adrift on Dreams of Splendor. St. Louis: MCE Publishing Co. (500 illustrations)
