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Memorias de un extranjero extravagante – 53– por Raúl Iturra

(Continuacão)

 

Sin embargo, había más. Los primeros días de la Presidencia de Allende, eran de una grande alegría. El pueblo había triunfado por la primera vez, sin intermediarios como en el Caso de Alessandri Palma. Los meses iban pasando, el prestigio del Presidente crecía y la burguesía temblaba. En 1971 hubo elecciones municipales. El propio Allende decía: estos días recordamos una de las cimas de su trayectoria política. Hace 40 años, el 21 de mayo de 1971, en su Primer Mensaje al Congreso Pleno, delineó las características de la llamada “vía chilena al socialismo”.

 

Un mes y medio después de la victoria de la izquierda en las elecciones municipales (con más del 50% de los votos), Allende planteó a su pueblo una verdadera epopeya: “Chile es hoy la primera nación llamada a conformar el segundo modelo de transición a la sociedad socialista (…) Aquí estoy para incitarles a la hazaña de reconstruir la nación chilena tal cual la soñamos. Un Chile en que todos los niños empiecen su vida en igualdad de condiciones, por la atención médica que reciben, por la educación que se les suministra, por lo que comen. Un Chile en el que la capacidad creadora de cada hombre y de cada mujer encuentre cómo florecer, no en contra de los demás, sino en favor de una vida mejor para todos”. El tiempo de las cerezas comenzaba a acabar y era necesario defender el triunfo del pueblo pobre.

 

Después de su asesinato, a pesar de ser suicidio, por sentirse obligado a morir para evitar una guerra civil, como comenté antes, venía el día de las Fiestas Patrias, siempre celebradas el 18 y 19 de septiembre da cada año, en 1973 los días festivos cayeron siete días después de su suicidio. Pertenecía yo a la resistencia, como relato en mi libro citado de 2010. Habíamos creado esa actividad porque no sabíamos lo que iba a suceder dadas las condiciones económicas y políticas en que acontecían esos días. Juntamos personas anónimas de varios partidos. Yo era la cabeza, después de mí, escogí un segundo quien sería el único a comunicarse conmigo, él a dos, cada uno de esos dos, otros dos combatientes.

 

Me fue solicitado por los Sacerdotes holandeses de Talca, redactar una homilía para el domingo de las fiestas patrias, no fuera algún sacerdote sin cabeza fuera a aplaudir a seguir el Evangelio de la Misa, a decir viva por la muerte de Allende. Lo escribí y lo envié por intermedio de quien lo había solicitado, que tenía un nombre ficticio. Estaba en Talca como Obispo, mi amigo Carlos González Cruchaga, siempre irónico y de buen humor, sarcástico tal vez, con una ironía mordaz y cruel con que se ofende o maltrata a alguien o algo. Éramos amigos y nos respetábamos, pero siempre en tono agradable, lanzábamos dardos con buena puntería. Él sabía que había formado y pertenecía al movimiento cristianos para el Socialismo, a pedido de Fidel Castro. Tuvimos muchos debates sobre este y otros hechos. El día que refiero, fui a su casa, tenía libre acceso, y le solicité que en la Misa de las 12 no hablara atropellos contra Allende ni contra el socialismo. Me lanzó ese ojear, agarró mi barbilla, puso mi cara al sol y me dijo: puedo observar que eres un buen hombre, pero te metes en tantos problemas, que a veces me das rabia, un sentimiento raro en mí, porque arriesgas tu vida. Fue premonitorio: fui llevado al campo de concentración, como sabemos, para ser fuzilado. Antes, me despedí de Don Carlos, que presentía el peligro, me abrazó y besó y agregó: no te olvides que el Obispo soy yo, aunque te pueda parecer mal. Yo hablaré lo que el Espíritu Santo me inspire. Ándate ahora, me voy a olvidar de tu atrevimiento”. Nunca imaginé que hablaría de la patria, de la unión de los chilenos, del olvido de faltas que podían haber sido cometidos por la autoridad y que rezáramos por las almas de los muertos, especialmente los más reciente y de los que infelizmente, van a venir, Chile está enojado….y el Señor también.

 

No era necesaria esta batalla…que nos ha dividido entre buenos y malos. En esta parte, puedo repetir lo que ya escribí en el famoso libro: entre 1970 y 71, la Nación parecía un mar de rosas. Había paz y calma, no parecían existir rivales políticos. Carlos González había sido elevado a la categoría de Obispo de Talca, y mi amigo Carlitos Camus, de Linares. Los fui a saludar, sin dejar de mantener una estrecha relación de amistad con Don Carlos. Aún vivía en la casa del Obispo Letelier, un palacete heredado de su familia.

 

Los disparos simpáticos comenzaron, Después de saludarlo como manda el protocolo y besar su anillo de Pedro, él me dijo: Ya pues, no es necesaria tanta cortesía. La verdad es que él había llegado a Talca en 1967. Me recibió de brazos abiertos y hablamos y hablamos, nuestra conversación personal nunca paraba, dentro de los diez minutos que él concedía a sus visitas, que eran muchas. Sabía que andaba por los campos del Maule en investigación para ver como era el socialismo en libertad. Hablamos de Allende, ni bien ni mal, apenas de su programa como Presidente que, para mi sorpresa, lo encontró cristiano, quisiera o no entenderlo el socialista Jefe de Estado. Para ver las obras que hacía, como Emilito Ruiz-Tagle en su tiempo, me solicitó ir al campo conmigo y mostrar lo que hacía. No fue necesario pedirle que vistiera un traje de cura, siempre andaba de civil y sin solideo: era un hombre liberal, no como ese conservador Emilio, que lloraba aún porque su padre había abandonado a su madre, a quién el tomó bajo su cargo.

 

El divorcio, para él, era un pecado que llevaba al infierno y no quería ese destino para su padre. Carlos González era un luchador y quería ver cómo eran los campesinos en sus casas y dialogar con ellos, comer de su comida y tomar mate, que era su bebida preferida. Sabía que habíamos fundado una Escuela para campesinos en la Universidad y quiso visitarla. Lo llevé, paseamos por todos los corredores. Aún lo invité para inaugurar nuestro CEAC, lo que él aceptó, bendijo el ala que nos correspondía y saludó a todos los trabajadores que él conocía. Me había tramado: conocía bien la vida rural, solo quería ver mi comportamiento con los rurales sin yo sospecharlo. Me dijo, como siempre comenzaba sus frases: Mi señor, Ud. debía haber sido sacerdote… Él sabía lo que decía, su memoria era firme y no olvidaba que me había conocido a mis veinte años, cuando era Director del Seminario Mayor, donde fui a habar con él para pedir admisión para estudios sacerdotales. También esa vez me tomó la barbilla. Me miró profundamente, concluyendo que debía acabar mis estudios de Derecho primero, ver si aún amaba a mi novia y si así fuera, que me casara y criara a nuestros descendientes: haría un buen papel de padre de familia.

 

Parecía un oráculo, excepto la parte final, en que mi devoción a la investigación, lecturas, escribir, dar clases, eran en realidad mi vocación. Actitud mía que me llevó al divorcio: mi mujer estaba cansada con el exilio que aconteció más tarde y su falta de papel dentro de una causa que entendía pero no toleraba: mis horas eran siempre para la Universidad, los estudiantes, las tesis que escribí, cuatro para diversos grados dentro y fuera de Chile. Debo reconocer que, a pesar de ser un amante de mis hijas y de su madre, el tiempo dedicado a ellos no era tan grande como yo pensaba y sentía. No son remordimientos, son sentimientos de soledad, de distancia creadas por mí en mi afán de vida pública y de deseos de saber más. ¡Es un comportamiento masculino que no tiene perdón!

 

(Continua)

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