CARTA DE BARCELONA – Carta de un imbécil a un insigne filósofo… (sin ánimo de molestar)1 – por Josep A. Vidal
carlosloures
Debo declarar sin ambages que soy un imbécil. Tal vez esta declaración no constituirá ninguna novedad para los lectores avispados de este blog, que probablemente lo habrán descubierto ya hace tiempo. Pero, por si les quedaba alguna duda, mi declaración solemne de imbecilidad debe bastar para acreditar la certeza de los hechos.
Si he de ser sincero, yo también me resistía a aceptar para mí mismo una condición tan poco edificante. No es que me tenga en gran estima: hace ya mucho tiempo que descubrí mis límites y mis incoherencias (muy similares –permítanme decirlo sin ánimo de molestar– a las del común de los mortales), y probablemente las limitaciones que me son impuestas por mi irreductible imbecilidad son tantas y tan considerables que me habrían impedido llegar al convencimiento de mi miserable condición. Por eso debo agradecer la clarividencia inapelable de algunas mentes privilegiadas, que, desde la atalaya de sus conocimientos y de su autoridad intelectual y moral, vienen a salvar de la ignorancia y de la incapacidad a los pobres y miserables mortales, como en este caso me han salvado a mí, enfrentándonos a la verdad de nuestra propia insignificancia.
La mente privilegiada que me ha convencido de mi imbecilidad es el doctísimo y, en otro tiempo, admirado filósofo Fernando Savater, que, refiriéndose al deseo de los catalanes de decidir sobre el futuro político de Cataluña, ha declarado en una reciente entrevista publicada en ABC,: “Son imbéciles. Son gente que no saben qué es la democracia ni que es la ley.”
Lo dice porque, ante el abuso de la legalidad por parte del Estado para impedir el ejercicio democrático –y ajustado a derecho– de opinar sobre el futuro político de Cataluña, el soberanismo catalán ha afirmado que “la democracia está por encima de la ley”. Población civil, partidos políticos, mayorías parlamentarias, juristas, políticos, intelectuales, empresarios, analistas internacionales…, todos los que han manifestado su “respeto” hacia el proceso iniciado en Cataluña, todos, sin excepción, son “imbéciles”. ¿O es que alguien va a atreverse a negar el dictamen o la sentencia de una mente privilegiada como la de Fernando Savater?
Fíjense ustedes, lectores, y admírense de la solidez de los argumentos del filósofo excelso: decir que la democracia está por encima de la ley “es como si yo dijese que el funcionamiento del hígado está por encima de la salud”…
Reconozco mi incapacidad y pido auxilio: ¡Profesionales de la salud, ayúdenme! ¿Existe realmente una oposición entre “funcionamiento del hígado” y “salud”? ¿Cómo se resuelve el conflicto hipotético entre ambos opuestos? ¿Puede preferirse la salud al funcionamiento del hígado? ¿Y el funcionamiento del hígado puede preferirse a la salud?…
¿Se dan ustedes cuenta de mis limitaciones? Debo reconocer que estoy hecho un lío. Y más aún, si sigo leyendo las palabras del sapientísimo autor de “Ética para Amador”, que concluye así su argumentación hepaticosanitaria: “Pues mira, no. ¿Cómo puede existir una democracia por encima de la ley si la democracia es el establecimiento de una ley para todos? La democracia es la ley.”
¡Dios mío! Lo que me he perdido por no tener estudios… Esto me pasa por buscar matices a los conceptos que no los tienen, que son absolutos y significan “lo que significan, sin más”. El concepto “todos” es solo eso, “todos”, ni grupos ni subgrupos. Todos somos todos: el filósofo donostiarra, el ciudadano ceutí, la señora duquesa, el eximio banquero, el pelacañas del último rincón de donde sea, yo y hasta tú, amigo portugués (si no vigilas)… Y del mismo modo, la “ley” es la “ley”, sin matices. Y yo, pobre de mí, que pensaba que la ley puede ser justa o injusta, adecuada a la realidad u obsoleta, progresista o retrógrada, consensuada o impuesta, dictatorial o democrática… y siempre, y en todos los casos, mejorable y, consiguientemente, provisional… Pues no, la democracia es la ley.
¡Qué gran descubrimiento! Podíamos habernos ahorrado, en este país ibérico, todo aquel proceso que llamaron “transición” y que, supuestamente, nos redimió de la herencia de la dictadura. ¿Para qué nos metimos en aquella aventura incierta que nos trajo algún susto y muchas muertes? ¡Si estábamos ya en democracia! ¿O es que en el franquismo no había leyes? Ya lo creo que las había… Y si había ley, había democracia, según el argumento incontestable de Savater. Si hasta Franco, el dictador, lo repetía en los ratos que le quedaban libres entre la firma de una sentencia y la siguiente: “España es una democracia orgánica”, ¡y olé!
Por eso, gracias a Savater, ahora sé que “Cataluña ha sido una de las partes de España peor gestionadas y más corruptas”, que “el nacionalismo es una forma de crear una pantalla y desviar la atención de los ciudadanos” –claro, solo el nacionalismo catalán es una pantalla, porque el español… a) no existe; b) si existe, no tapa nada porque no hay nada que tapar; c) si hubiera algo que tapar, lo taparía solo con el noble fin de preservar inmaculada la “marca España”; y d) como el fin sería tan noble, y tan necesario para el bienestar de los españoles, se le perdonaría.
Y claro está, Savater hace sus declaraciones en un diario para el cual, según se ha publicado reiteradamente, “la unidad de España está por encima de la verdad”…
¿Cómo era aquello del funcionamiento del hígado y la salud…? No he conseguido retenerlo, ¡y es que soy tan imbécil…! Y Savater es ¡tan, tan y tan profundo…! Fijense: “No se es ciudadano del lugar donde se tienen puestos los pies, sino de una ley. Los ciudadanos somos ciudadanos de la Constitución, no de la tierra. Cualquier intento de secesión es un ataque a la ciudadanía de los demás compatriotas.”
Pero, ¡qué bruto! Porque está claro que el argumento admite la inversión: “cualquier intento de retención obligada o forzosa es un ataque a la ciudadanía de quienes no son tus compatriotas”… ¿O es que no cabe esa posibilidad? ¿No fueron compatriotas españoles los argentinos, los mexicanos, los ciudadanos de la Gran Colombia? ¿No fueron españoles los cubanos? ¿Y qué les dirá España a los gibraltareños? Porque, si, como dice Savater, son ciudadanos por la ley y no por la tierra, ¿cómo el gobierno español –y el diario ABC, adalid de las glorias de España– se atreverá a reivindicar el Peñón y la españolidad de los habitantes del peñón, gobernados por leyes británicas? ¿Y los ciudadanos españoles residentes o transeuntes en Francia o en Marruecos, no están sujetos a las leyes del país donde están? ¿Y son por ello franceses o marroquíes, dejan de ser españoles, pueden ser lo uno y lo otro al mismo tiempo? ¿Y en función de qué España tiene reconocida la nacionalidad española a los judíos sefardíes –lo cual me parece muy bien– desde 1982, siempre y cuando demuestren una clara vinculación con el país (es decir el territorio), aunque estén sometidos a las leyes de otro país? ¿Y por qué para los sefardíes y los extranjeros iberoamericanos la adquisición de la nacionalidad española pide dos años de residencia en España, y si son hijos de padre o madre española o están casados con un español solo se les pide 1 año de residencia, mientras que a los solicitantes de otros países se les exigen 10 años? Y si el territorio no otorga ciudadanía sino la ley, ¿por qué la acreditación de residencia en el territorio es tan determinante para conseguir la nacionalidad…?
Pero, no hagan caso de mis preguntas. Como ya les he advertido, son resultado de las divagaciones de un imbécil, y no merece la pena dedicarles más tiempo del que se dedique a los argumentos del filósofo donostiarra.
“El derecho a decidir –dice Savater– es de todos. Es absolutamente imprescindible, esto es la democracia. Nadie tiene derecho a decidir quién decidirá y quién no…” Pero, ¿no está el filósofo decidiendo que yo y mis compatriotas catalanes no podemos decidir? ¿En qué punto de la argumentación me he perdido? ¡Pobre de mí, tan arrogante, enfrentándome desde mi imbecilidad a la altura intelectual del filósofo!
“Los nacionalistas –dice– reivindican el derecho a decidir que los otros no decidan.” ¿Eh? Pero, ¿qué dice? ¿He oído bien…? Pues sí: por fin, lo he entendido. Ciertamente, la sabiduría de Savater se contagia y me redime. Mi imbecilidad se resquebraja de repente. Estoy completamente de acuerdo con Savater, y digo, aplicando su saber: “Los nacionalistas (españoles) reivindican el derecho a decidir que los otros (los catalanes) no decidan”.
La sabiduría siempre acaba por imponerse. ¡Gracias, Fernando, maestro impagable, gracias a ti, también yo soy filósofo!
Pero, cuidado, déjenme frenar mi exceso de entusiasmo. Tal vez soy filósofo, y me alegro si eso me hace un poco más sabio… Pero déjenme manifetar también mui alegría por no ser realmente Fernando Savater, porque, si lo fuera, si fuera como él, tendría que compartir todo su discurso y para ello tendría que abdicar de la poca inteligencia de que puedo presumir y, sobre todo, de algunos principios éticos elementales, como la honestidad intelectual, y de convicciones democráticas que me son irrenunciables y que me impiden leer sin sentir vergüenza ajena –y lástima por quien fue y pudo ser Fernando Savater– la última parte de su argumentación, que es ya claramente una amenaza que me retrotrae a tiempos a los que no deseo volver: “…El Gobierno tendrá que actuar; para eso le pagamos, para que mantenga las leyes. Lo que debe salvarnos es la aplicación de la ley. Aplicar la ley a quien quiere violarla acostumbra a ser muy pedagógico.“
¿Quien se erige en maestro de ética nos habla de la aplicación de la ley como pedagogía? Eso no es aplicación de la ley, sino uso –y abuso– de la ley para otros fines, siempre de naturaleza política.
¿Y con el ánimo de educar a quién? ¿A quienes en Cataluña queremos expresar democráticamente nuestra voluntad sobre el futuro político de nuestro país, ejerciendo una soberanía que reclamamos y que el Estado español nos niega contra derecho? ¿Somos los catalanes los ciudadanos a educar? ¿Hace suya Savater la consigna del ministro de Educación y del gobierno del PP que pretende “españolizar” a los niños de Cataluña?
¿No sería mejor dedicarse a “civilizar” a los energúmenos que el pasado día 9 de octubre, en Valencia, durante la marcha “cívica” en el marco de la fiesta nacional del País Valencià (que conmemora la entrada en la ciudad del rey Jaume I el Conqueridor), se manifestaron brazo en alto profiriendo saludos a Hitler, gritando “Sieg Heil” y “Esa estelada –la bandera independentista catalana– la vamos a quemar”? ¿No sería mejor que la ley, que tan eficaz resulta a la hora de impedir a los catalanes expresar democráticamente una opinión y ejercer una soberanía que reclaman y que no puede negárseles, se aplicara a impedir con igual eficacia que esos mismos energúmenos socialmente patológicos, éticamente repudiables y criminalmente condenables gritaran amenazas repugnantes contra el President de la Generalitat de Catalunya, coreando: “¡Artur Mas, a la cámara de gas!”?2
Pero claro, si eso fuera así, este país –me refiero a España– no sería lo que es. Y sin duda resultaría mucho más seductor… Lo digo, porque… ¿saben qué ocurre?, que además de imbécil soy un ingenuo filósofo nostálgico y he olvidado que, como han repetido hasta la saciedad, para la España negra del nacionalismo español, los nazis somos nosotros, los catalanes que reclamamos el derecho a decidir.
Lamentablemente, la Hispania de Séneca murió hace tiempo y sobre las cenizas de su sabiduría, su lengua y sus hablas, su derecho, y las formas diversas que había integrado en su cultura…, sobre todo aquello que habría tenido que fertilizar y fraternizar a los pueblos de Europa que habitaron después aquella “piel de toro”, se impusieron la arrogancia y la prepotencia de unos pocos, el odio a la diferencia, la ignorancia, el fanatismo, la razón de la fuerza, la teocracia aristocrática, el despotismo de los privilegiados… Factores, todos ellos, que enfermaron también a toda Europa y que solo un baño de sangre, en oleadas sucesivas, consiguió, sino borrar por entero, desenmascarar y arrinconar en gran parte del occidente continental. Aquí, no obstante, persistieron con una flagrante obstinación. Y ahí estamos, en esta España donde, olvidado el antiguo saber, pontifican filósofos indoctos que buscan apuntalar con la amenaza la inconsistencia de sus argumentos.
Pero, no crean lo que digo. No soy más que un pobre imbécil.