CARTA DE BARCELONA – Carta abierta a Pedro Sánchez, presidente del gobierno español, quien probablemente ignorará su contenido – por JOSEP A: VIDAL

 

No voy a preocuparme del encabezamiento protocolario, si debo llamarle Excelentísimo Sr. o si debo emplear alguna otra forma obligada de cortesía. Por dos razones principalmente: porque este no es un texto protocolario y porque tanto mis palabras como mi tono se producirán totalmente al margen, cuando no en contra, de la vida cortesana.

Tal vez a Vd., que se siente en la villa y corte como pez en el agua, mi distanciamiento le resultará una extravagancia provinciana. Hemos Vd y yo aprendido a mirar el mundo en contextos socioculturales y entornos emocionales probablemente distintos. A mí me cuesta creer que pueda mirarse el mundo desde su centro y que ese centro deba ser el mismo para todos. Procedo de la diáspora, de la dispersión, y he recibido en herencia visiones del mundo muy diversas que han relativizado enormemente mi horizonte y han dibujado en mi mundo interior paisajes heterogéneos. Sé, y lo he sabido desde la infancia, que el mundo, en su dimensión física y conceptualmente perceptible, es un espacio común, y sé también, y también desde la infancia, que el mundo, en su dimensión emotiva, sociológica, ética, es un espacio personal, que puede compartirse entre iguales o con extraños, pero que, a diferencia del mundo físico, solo puede compartirse por mediación humana.

No quiero entretenerle con disquisiciones más propias de una conversación relajada y amigable. Sin más preámbulos, paso al motivo de esta carta: en el Estado español, cuyo gobierno Vd preside, se está consumando un crimen de estado contra la democracia y contra las libertades, incluso contra la ley y contra esa Constitución en cuyo respeto ha comprometido Vd su honor, y ese crimen se está produciendo con una impunidad escandalosa.

Hay presos políticos en el Estado cuyo gobierno Vd preside. Diga Vd lo que diga, esa es la condición de los miembros del gobierno catalán en prisión, de los líderes de la sociedad civil en prisión, de los miembros del parlament en prisión… Y hay políticos y personas procesados por haber llevado a cabo su compromiso político con la ciudadanía que los votó o por haber manifestado ideas y convicciones, o por haber intentado llevarlas del terreno ideal al de la política por vías esencialmente y rigurosamente democráticas. Ya sé que Vd niega cuanto acabo de decir, pero las evidencias son innegables. No existieron nunca los delitos que se imputan a los presidentes de Omnium Cultural y de la ANC, no hubo ninguna sedición ni siquiera un conato, ni violencia de ningún tipo ante la Consejería de Economía, digan lo que digan quienes le asesoran. A Vd probablemente pueden convencerle de que existió algún delito, porque Vd, en este asunto, se nutre de lo que le cuentan otros; yo, como miles de conciudadanos catalanes, estuve allí, y estuve todo el día siguiendo muy de cerca los acontecimientos, como había seguido sus antecedentes y como seguí los hechos subsiguientes. Le han explicado a Vd un relato perverso, de cuya perversidad, como es natural, no tiene Vd la culpa, pero sí la tiene de haberlo creído o de hacer como si lo creyera. Porque las evidencias son incuestionables. El relato de los hechos ocurridos en los atestados e informes que ha manejado la judicatura, la fiscalía y, no vayamos a olvidarlo, la acusación es una invención perversa y, a mi modo de entender, prevaricadora y, por tanto, delictiva. Pero Vd quiere creerlo así. Ha consultado, claro está, con sus socios del PSC, pero le mienten o no le informan bien. Ellos dicen lo que Vd quiere oír, y Vd oye lo que cree que conviene oír en aras de la evitación de un pretendido mal –la hipotética independencia de Cataluña–  y de la salvaguarda de un pretendido bien –la preservación de la unidad de España en su configuración actual, una conformación territorial que apenas ha cumplido cuatro décadas pese a que Vds la pretenden eterna. No han salido Vds de la “unidad de destino en lo universal”.

Y cuanto he dicho para los líderes de la sociedad civil vale, en su esencia y pese a sus respectivos ámbitos y circunstancias singulares, para los miembros del gobierno, los parlamentarios, los síndicos, los alcaldes, los cantantes y otros ciudadanos represaliados, perseguidos o amenazados.

Sé que a Vd esto no le importa los más mínimo. ¿Cómo va a importarle lo inexistente? Vd tiene bastante con negarlo: no es cierto, no hay presos políticos, no hay persecución, España es una de las democracias más avanzadas del mundo... y todas esas falsedades con las que Vds., los burócratas de la política, se sienten tan y tan cómodos.

Los procesados, dice Vd., tendrán un juicio justo, y añade “como no puede ser de otra manera”, y la justicia decidirá. Con eso, igual que sus compañeros del PSC, se sacuden de encima la vergüenza política que un demócrata de convicción debería sentir ante lo que está ocurriendo. Se lo voy a decir llanamente: los procesados no tendrán un juicio justo sencillamente porque el procesamiento y las diligencias y preámbulos han sido injustos, y lo ha sido a sabiendas, con premeditación y cálculo, y se ha persistido en la animadversión a pesar de las advertencias de letrados y tribunales de alta cualificación y competencia. De un acto injusto no se desprende en línea de continuidad un acto de justicia. Y si se produjera, la reparación de la injusticia sería imposible, porque no es reversible la vida, porque no se puede llevar a las víctimas al momento cero inicial, porque el mal que se les está infringiendo a sabiendas es irreparable. Y Vd, y muchos ciudadanos como Vd, es culpable de ese desmán, porque ha preferido mirar hacia otro lado, ha preferido el relato a la evidencia, la mentira interesada a la incomodidad de una verdad insumisa.

Pero Vd tiene una argumentación moral pretendidamente sólida. La he oído en boca de ínclitos personajes de PSC: sabían a lo que se exponían, nosotros ya les habíamos avisado, etc. Gracias a esa justificación puede Vd dormir tranquilo. El argumento es cínico, porque lo utiliza quien ha sido cómplice de la utilización de la fuerza contra la razón democrática. Dígame, si “una determinada legalidad o la lectura interesada de esa legalidad” entra en conflicto con la democracia, ¿qué hay que defender? ¿de qué lado hay que ponerse, del de la legalidad –sometida a interpretación– o del de la democracia? No es cierto, Sr. Sánchez, que la ley sea antes que la democracia, ni que ley y democracia sean lo mismo y que no exista lo uno sin lo otro. No es cierto, Sr. Sánchez. Probablemente estaremos de acuerdo en que no hay democracia sin ley, pero eso no significa que la ley pase por encima de la democracia; ni significa tampoco que la infracción de una ley o de la lectura que de ella se hace sea un delito o un atentado contra la democracia: también puede ser una vía de acción en la lucha por la democracia o por una democracia más profunda, más firme, más ajustada a los derechos y las libertades inalienables de las personas y de las colectividades. Es falso, y Vd debiera saberlo, que el procesamiento, la prisión, el exilio, las sanciones o la confiscación de bienes y patrimonio familiar sean consecuencia “natural” o “legal” de los actos políticos encaminados a llevar a la práctica un programa con el que se ha obtenido el voto de los ciudadanos. Si eso ocurre, lo incorrecto, lo brutal, el delito, no está en el político que intenta llevar a cabo, por vías democráticas y parlametarias, su programa, sino de quien utiliza la fuerza para impedírselo. La política, Sr. Sánchez, no es el terreno de las ideas; para eso está la metafísica. La política, Sr. Sánchez, se sitúa en el terreno de la práctica, de la acción: es la puesta en práctica de las ideas para la organización de una sociedad determinada. Y, por lo tanto, los políticos están “obligados” a promover políticamente su programa, porque no hacerlo sería una estafa, un engaño a los ciudadanos que han apoyado con su voto ese programa.

¿De verdad no se escandaliza al ver cómo se corrompe la realidad, cómo se miente en los medios y en la política cuando, desde ese centro en que Vd está instalado, se explica a los ciudadanos españoles la política catalana? ¿Cómo puede Vd ejercer dignamente la función de presidente del gobierno si contempla impasible cómo se engaña y se manipula la información, cómo se tergiversan los hechos, cómo se pervierte el relato que se ofrece a la ciudadanía?

Pero, ¿por qué habría de escandalizarse, si ese que se pone en circulación desde su centro es el único relato coherente con “su” visión cortesana del Estado que gobierna? No, no puede escandalizarse, porque Vd participa probablemente de los valores que alimentan esa perversión. Ese relato es coherente con una determinada manera de “amar a España”…

Yo soy independentista. Lo soy desde que tengo uso de razón política y he ejercido como tal cada vez que he depositado una papeleta en una urna. Nací en los primeros años de la dictadura franquista, me adoctrinaron en la escuela con un empeño digno de mejor resultado, intentaron infructuosamente venderme la panacea de la constitución monárquica, a mí, republicano desde siempre. He sido siempre un hombre de paz, y he esperado pacientemente que la evolución democrática diera a mis aspiraciones republicanas e independentistas –tan legítimas como las contrarias– una mayoría suficiente para hacerlas realidad… Y he aguantado honestamente, cívicamente, el triunfo de otras opciones. ¿Y ahora, cuando llega el momento, me dicen que. a pesar de que mis aspiraciones políticas son legítimas y dignas de defensa ideológica, las acciones políticas que se derivan de ellas son ilegales y delictivas, ¡tanto, que incluso pueden castigarse con multas millonarias, con el ostracismo político y con décadas de cárcel!? ¿Por qué la acción política democrática en pro de la independencia y de la república merece un trato distinto al de la acción política democrática en pro de la unidad y la monarquía? ¡Si son acciones simétricas! ¿Cómo va a ser delito lo uno y no lo otro? ¿Por qué se considera “normal” que los republicanos y los independentistas sean proscritos de la acción política y que los monárquicos tengan patente de corso y campen a sus anchas? ¿Qué méritos tienen estos sobre aquellos? ¿No fue la legalidad republicana lo que se cargó el golpe de estado del 36? ¿No fue el dictador Francisco Franco quien impuso el restablecimiento de la monarquía? ¿No fue la constitución española la que, restableciendo la monarquía en lugar de la república, dio apariencia de legalidad al golpe del 36?

He ejercido la docencia durante décadas, toda una vida, como profesor de lengua española y de literatura; cuando se pudo, también de lengua catalana. Tengo vínculos afectivos y solidarios en distintos lugaros del Estado español; también en otros países europeos y americanos. Y de todos ellos me enamoran sus paisajes, sus gentes, sus culturas, tanto en lo común como en lo particular; estoy convencido de que administramos un patrimonio cultural común, mediterráneo, europeo, hispano, occidental, mundial… Y quiero vivir en una Cataluña independiente y republicana, desde la cual, sobre la cual y por la cual –territorio, sociedad, lengua, cultura…– quiero ser y saberme ciudadano europeo y en relación fraterna con el mundo. Y si esta mi aspiración, Sr. Sánchez, fuera solo una cuestión de “ideas”, no habría para mí mayor problema, porque en mi fuero interno es así como vivo desde que tengo memoria de mis convicciones; pero quiero que sea también una realidad política, como lo es la de Vd, socialista subordinado a la constitución monárquica y convencido de que España es un estado indivisible de soberanía única.

Y no hay en todo ello razón alguna que le otorgue a Vd la “virtud” del patriotismo y a mí el anatema de “delincuente”.

Y acabo, en contra de lo que Vd defiende, pidiendo Libertad para los presos políticos, los exiliados, los condenados y los represaliados. Ninguno de ellos merece la situación en que se encuentra, como tampoco quienes en España, a lo largo de décadas, han luchado por la democracia, por los derechos, por las libertades y por la república –muchos de ellos fervientes socialistas– se merecen la execrable represión política auspiciada por el reaccionarismo español, al que Vd y el partido que representa no han dudado en doblegarse o incluso adherirse con un entusiasmo indigno.

Josep A. Vidal

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