Cuando bajas de la Peña de Francia, la oferta de pueblos por los que buscar el tiempo detenido es variada y, si no fuera por el tiempo limitado que uno se impone, daría para quedarse una larga temporada.
Puestos a escoger, paramos inmediatamente al este en San Martín del Castañar: piedra, ladrillo y adobe, tramados con madera, de abajo a arriba, constituyen su atractivo singular. Con sus poco más de doscientos habitantes, silencio monacal, sus calles laberínticas, rincones siempre preparados para admirar desde ellos los cruces estrechísimos, las balconadas con los tiestos de flores, se nos ofrece como un regalo para el paseo lento, admirativo.
Entre plaza y castillo, la iglesia parroquial, comenzada a construir en el siglo XIII, del que conserva los muros exteriores y una puerta; de tres siglos más tarde es su bóveda de crucería o la airosa torre, con elevada espadaña, y ya del XVIII su capilla mayor y el cimborrio. ¡Las prisas son malas para levantar las iglesias!
De San Martín pasamos a Miranda del Castañar, al sureste, dejando al medio las aguas que no cesan de correr de sus arroyos, los robles, castaños y cerezos, que se asoman a la carretera, se “ofrecen” al viajero, tentadores.
Miranda tiene una fisonomía urbana similar. Estos pueblos de sierra se alargan en los valles y extienden sus ramales laterales, subiendo las laderas montuosas, donde se ubica el castillo (del siglo XII éste, reconstruido en el XIV), aunque ahora nos queda en el inicio del camino de subida, ganándole en altura su iglesia parroquial.
Como todos estos pueblos de la serranía, es de admirar especialmente su trama urbanística, el caserío armónico de piedra-ladrillo-adobe-madera, la vistosa sencillez de sus balcones tan floridos. ¡Y la comida serrana, donde se nos ofrecen estofados y asados de cochinillo, cordero, cabrito y ternera, aunque no falta quien ya experimenta con algunos toques de “cocina moderna”, que no son necesarios!
Son 388 imágenes en que se utiliza como técnica la encáustica, y que fueron montadas en 2012, tras cuatro años de trabajo. Así, este pueblo de trescientos habitantes, también duramente castigado por la emigración, revive el pasado a través de sus moradores de mediados del siglo XX, que nos miran atentamente desde las fachadas, álbum de piedra, cuaderno de viejas fotos familiares.

