En primer lugar y como escudo, mi respeto más absoluto para los funcionarios que realizan eficiente y honradamente su cometido. Mi respeto incluso para los mediocres, si practican la honradez, porque mediocres los hay -y me propongo yo mismo como ejemplo- en todas partes.
Lo que haya de despectivo en mis palabras va dirigido a los funcionarios metidos a políticos sin otro mérito que el que les acredita para la burocracia nuestra de cada día y su enquistamiento en la administración estatal o de los partidos, sindicatos, instituciones y, en general, todos aquellos lugares donde puede sentirse, aunque sea solo por proximidad o contagio, el vértigo del poder.
Inspectores de algo, registradores de lo que sea, abogados del Estado, leguleyos con títulos más o menos bien coseguidos pero poco o mal defendidos en la práctica del oficio, secretarios, subsecretarios, amigos y conocidos…, toda la turbamulta de advenedizos chupatinteros que se calienta en la proximidad del poder o de la “inteligencia” se sienten hoy capaces de asumir -con menosprecio de las propias limitaciones y una dosis imprescindible de desvergüenza y presunción- las responsabilidades del gobierno de los Estados(*).
No suelen llegar al poder por méritos propios. Ascienden aupados por tacticismos, estrategias y oportunismos de turbios poderes -grandes o pequeños, económicos o de otro tipo- interesados en la manipulación de las instituciones, los poderes del Estado y las acciones de gobierno. Y esconden su incompetencia, su deshonestidad, su miseria intelectual, y hasta moral, e incluso sus delitos y acciones criminales, detrás de la competencia abnegada, la dedicación generosa, la honestidad sin aspavientos y la coherencia de tantos y tantos otros que se entregan a la política con propósito honesto y que, tal vez precisamente por eso y por seguir caminos de rectitud, no suelen llegar a nada.
¿Ejemplos…? ¿Para qué? Cualquiera puede proponerlos; basta con ir repasando la geografía política de continente en continente: dictadores adolescentes a perpetuidad, descerebrados, engominados y repulsivos, endiosados y objeto de un culto obsceno; tiranos sanguinarios; personajes soberbios, engreídos, petulantes; mediocres a capazos; corruptos; inmorales; inmaduros; fanáticos enloquecidos; visionarios; megalómanos; ambiciosos…
Hay versiones y grados distintos en todas las categorías, en los países subdesarrollados y en desarrollo y en los países opulentos; en monarquías y caudillajes -descarados e impúdicos- y en las democracias, en el gobierno de los Estados, de las grandes o pequeñas empresas, o en el gobierno de confesiones religiosas, iglesias o sectas… No dudo de que exista también alguna noble excepción, pero tengo el convencimiento doloros de que la geopolítica de hoy ofrece un completo repertorio de tipologías con un amplio espacio para lo repudiable y hasta lo nauseabundo y con muy escaso margen para la excelencia.
En nuestro entorno más próximo, el repertorio de lo nefasto en la política se circunscribe a las formas mas convencionales y por ende más “civilizadas” de la incompetencia y de la corrupción. La cultura política de las democracias occidentales ha aprendido a ocultar o enmascarar sus crímenes más impíos, y entre estos los de sangre, haciéndolos distantes y extraños hasta conseguir que nos parezcan ajenos.
Hay muchas capas de barniz civilizador en nuestra Europa y en nuestro Occidente, donde hasta la incompetencia política y la deshonestidad se rigen por un código de “urbanidad” y de buenas maneras. Todo se ampara en el disimulo aséptico, en un acuerdo tácito de mantener la apariencia civilizada, pulcra, estética y confortable… Pero, en el fondo, late en nosotros, en todos y en cada uno, una desconfianza atávica, alimentada por el fracasos de los ideales, la traición de las ideas, la decepciones de muchos sueños y la frustración de las ambiciones más nobles. En nuestro interior y en el interior de nuestras sociedades habita el convencimiento íntimo, histórico, de que no hay alternativa fiable a la miseria política de hoy, de que nada nos permite confiar en lo que vendrá después por bueno que ahora nos parezca, y que, por lo tanto, vale más dejarlo todo como está. Así se nos impone a menudo la cínica sentencia del “vale más no meneallo”, o su versión jocosa “Virgencita, Virgencita, que me quede como estoy”, convencidos –o vencidos– ante la idea de que “es peor el remedio que la enfermedad”.
Y así vamos, los unos tirando y los otros medrando.
Josep A. Vidal
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(*) No sé si viene a cuento, pero lo cuento: Hoy, 6 de diciembre (cuando escribo). Se celebra en España el 36 aniversario de la Constitución. Día festivo. Fiesta nacional y fiesta de grandes aspavientos y discursos encomiásticos de la Constitución. Todos los oficiantes de la liturgia españolista, del primero al último, con Cataluña en el pensamiento -que no en el corazón-. Don Mariano Rajoy -de profesión registrador de la propiedad llegado a Presidente del Gobierno por méritos que habrán sabido apreciar sus votantes, pero que yo desconozco- dice, refiriéndose a quienes le instan al diálogo para afrontar el conflicto con Cataluña: “¿De qué quieren que hable con quienes quieren irse de España?”… Gran pregunta, Don Mariano, digna de un estadista de su talla…
¿Pues de qué van hablar ustedes…? De eso mismo, Don Mariano, de que quieren irse…, no et fot? ¿O es que no le parece a usted tema suficiente?
Al mismo tiempo, el líder del PSOE, Pedro Sánchez, presenta una solicitud de debate parlamentario sobre la reforma de la Constitución… Y va Don Mariano e ipso facto le dice que de reformas constitucionales no hay “na” que hablar.
Y entonces, ¿qué? Si de los temas políticos no cree usted que haya nada que hablar, ¿para qué está usted donde está, Don Mariano? Si le molestan a Vd los problemas políticos, Don Mariano, ¿”pa” qué se mete Vd en políticas?
