CARTA DE BARCELONA – 20-D o apoteosis de los muertos vivientes en la España de las maravillas, por Josep A. Vidal

barcelonaEn la sempiterna corte de los milagros, instalada en la vieja piel de toro, ha empezado oficialmente la parafernalia de la campaña electoral que se consumará fatalmente el próximo día 20, fecha estratégica elegida con el fin de que el sorteo de la lotería el día 22 y la orgía consumista de la gran kermés navideña ayuden a digerir el desastre que inevitablemente saldrá de las urnas gane quien gane.

No hay esperanza ni escapatoria en el desastroso panorama político de este país, que indefectiblemente vota una y otra vez contra sí mismo, sin darse colectivamente por enterado de que eso es así porque, dentro de los límites del laberinto en que fue encerrado a cal y canto en el postfranquismo –es decir, el franquismo después de Franco–, período mal llamado de “transición”, fueron borrados todos los horizontes: los unos, de inmediato; los otros, en un primer momento bosquejados, fueron siendo borrados paulatinamente a base de deserciones, acomodaciones, connivencias, claudicaciones y acciones venales de quienes, contra el franquismo, habían enarbolado el blasón de nobles ideales y propósitos.

¿Derrotismo? Puede parecerlo, pero es decepción, una profunda, reiterada, persistente e irreductible decepción, cuya paternidad tiene nombres y apellidos, y filiación política.

¿Cómo, si no, la España que, liberada de la dictadura, se pretendía finalmente nueva ha venido a parar a las manos mezquinas de los personajes mediocres que la gestionan gracias al voto alucinado –alucinado por la sin razón y por lo quimérico– de los ciudadanos? ¿Cómo, después de lo que ocurrió durante los dos últimos tercios del siglo XX en este trozo olvidado de Europa que se llamó “reducto de las esencias de occidente” en los tiempos en que la “lucecita de El Pardo” velaba el sueño de los españoles y les procuraba amargas pesadillas; cómo, repito, después de todo aquello, hemos venido a parar a la situación esquizofrénica en la que los mismos que se opusieron a la transición democrática, que la obstaculizaron, que hicieron campaña en contra, que después de condicionar, manipular, castrar el debate constitucional aún votaron en contra de la Constitución, hoy se erigen en defensores acérrimos del texto “sacrosanto” que garantiza un orden que, al fin, les ha procurado prebendas y garantías para toda clase de triquiñuelas y manejos? ¿Cómo se ha puesto, una vez y otra, el gobierno en manos de ineptos, mediocres, corruptos y oportunistas que han condenado al fracaso las nobles aspiraciones y los rectos propósitos de muchos de sus –y nuestros– compañeros de viaje y, especialmente, de los ciudadanos? ¿Cómo se ha puesto España durante tanto tiempo en las manos de Gonzáleces, Aznares, Zapateros, Guerras, Rajoys (y su corte de Santamarías, Cospedales, Werts, Montoros, Fernandezdiaces, Bárcenas, Aguirres, y otros illuminati, no de la supremacía universal, sino de la supremacía hispana, mil veces superior a la universal, como es bien sabido)?

Ahora, en la languidez política de los tiempos presentes, acuden nuevamente a la cita de las urnas todos los sempiternos salvadores. La “patria” está en peligro, gritan a coro con voces disonantes, a cual más estridente: el PP repinta su fachada exhibiendo un líder próximo, que juega al mus, comenta la transmisión de partidos de fútbol de su equipo –el Real Madrid, naturalmente–, y se codea con los líderes del mundo, con lo que se pretende enmascarar la madera apolillada, las paredes desvencijadas, la frialdad húmeda de los techos hundidos y el olor ratonil de las cloacas; el PSOE alardea de juventud mientras intenta en vano resucitar algún viejo proyecto extraído a toda prisa del tanatorio de las ideas y llevado en procesión por un líder joven y bien parecido, que camina bajo el arco formado por los sables de los que se pretenden barones del Partido y que esperan el momento oportuno para machacarlo y convertirlo en carne picada, mientras desde Cataluña una Carmen Chacón, resurgida de su aventura americana, de su exilio creo que aragonés, de su pasado ministerial y de sus intereses y negocios, ejerce como pitonisa pronunciando discursos cavernarios y calamidades mientras el líder del PSC, vestido de faralaes, baila la danza de los siete velos a ritmo de pachanga con las maracas que baten en Madrid…, todo divertidísimo, tanto como lamentable.

Y así se lanzan a la aventura electoral los dos grandes partidos españoles, los que han escrito algunos pretendidos momentos gloriosos de los últimos cuarenta años de la política circunstancial española al tiempo que muchísimas de las páginas más lamentables de la historia reciente de esta corte valleinclanesca tan propicia a los juegos de engaños, componendas y cambios de color o de camisa como el jardín del don Perlimplín lorquiano. Ante la hecatombe electoral, los amos del capital, que mueven los hilos con la desvergüenza que les procura el desgobierno crónico, se relamen pensando en la posibilidad –remota, ciertamente, pero no por falta de ganas, sino por tacticismo partidista– de una gran coalición o pacto de gobierno entre Populares y Socialistas.

Pero, por si acaso no llega a fraguar ese deseo, los poderes fácticos se han provisto de una rueda de recambio, el partido emergente de Ciudadanos, que tanto vale para un roto como par un descosido, que tanto podrá reforzar un gobierno débil del PP como uno igualmente débil del PSOE, o que incluso podría soñar con la primera plaza, si un número suficiente de votantes se corre una farra navideña con cava en abundancia y se emborracha lo suficiente como para votar sin mirar a quién y deciden dar su voto al líder de cartón piedra o esculpido en porexpán que lidera esa formación. Si el PP y el PSOE son pura necrologia, Ciudadanos es arqueología decimonónica puesta al día y recuperada en plan chapuza –al estilo del teatro romano de Sagunto– para promover de manera amena el turismo electoral y las vacaciones de la política: una más de las grandes calamidades que irrumpen en el panorama político español para salvar la patria con la pretensión de eliminar todos los problemas, pero sin el ánimo, ni la voluntad, ni las ideas para resolver ninguno.

En ese mismo panorama irrumpe también Podemos, otra fuerza emergente catapultada, como el partido de Rivera, por ingenios mediáticos, mezcolanza de Syriza y chavismo, impregnada de movimientos de base con aureola asamblearia y liderato personalista, acompañada por la militancia en la ortodoxia comunista y bautizada en la lucha de clases. Nuevas respuestas cocinadas con fórmulas viejas para abordar problemas atávicos desde no se sabe muy bien qué posiciones. En su seno, debidamente escondidos en sarcófagos como caballos de Troya, Izquierda Unida y otros grupúsculos en hibernación, esperando un resultado electoral lo bastante propicio para renacer cual ave fénix de sus cenizas.

Puro desastre. No hay ningún análisis riguroso, valiente, informado y contrastado que permita establecer un diagnóstico preciso de los males de una democracia claramente insuficiente en un país enfermizo. Y sin el prerrequisito del análisis no hay posibilidad de solución. De ahí la ambigüedad de todas las propuestas, de ahí el bla, bla, bla y las falsas polémicas, y todo el carnaval de humo, confetti y serpentinas de la campaña electoral. A todos interesan ciertos problemas –o situaciones descritas como tales por consenso–, pero ninguno de los partidos candidatos están dispuestos a entrar en la raíz de los problemas; lo que interesa no es la solución, sino la supresión, la eliminación del problema, y mejor si se elimina por decreto, con la coartada de la Constitución –la actual u otra– y con la colaboración impagable del Tribunal Constitucional. (Perdón, ¿he dicho impagable…? ¡En qué estaría pensando!)

¿Derrotista? No, decepción, desilusión… ¿Abandono, renuncia…? No lo sé, pero creo que esto se va al carajo, que es el centro neurálgico del laberinto en el que está instalado este país desde tiempo inmemorial. Pero no teman, al fin y al cabo el laberinto del carajo –o el carajo del laberinto– es un terreno familiar y conocido, y es ahí, en el carajo de la ineficacia, el amiguismo, las triquiñuelas y el mal gobierno donde mejor se mueven los candidatos. Y no es que en ese laberinto se sientan “como en su casa”, es que están en su casa. Y por ella se pasean, como Pedro por su ídem.

Punto final.

 

Josep A. Vidal

 

 

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