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CUANDO LA IGNORANCIA CREE QUE NO NECESITA APRENDER (A PABLO IGLESIAS Y TANTI QUANTI) – por Josep A. Vidal

El arte tiene que pagarse, pero… - por Josep Anton Vidal

Cuando la ignorancia cree que no necesita aprender
(A Pablo Iglesias i tanti quanti)

En las recientes elecciones municipales celebradas en España, el líder de Podemos, Pablo Iglesias, hizo su primera gira mitinera por tierras catalanas donde, cómo no, fue entrevistado por diversos medios de comunicación. En una emissora catalana, al ser preguntado sobre el corredor ferroviario mediterráneo, que es, desde el punto de vista económico, una de las infraestructuras más importantes, si no la mayor, para el desarrollo económico no solo de Cataluña sino también de todo el litoral y, obviamente, de Europa y del Estado español en su conjunto, Pablo Iglesias, siempre tan locuaz, tan bien abastecido de recursos, tan ágil en la réplica, se quedó sin respuesta. Tras una vacilación, reconoció: “No puedo opinar. No conozco el tema“. Naturalmente, no tardó muchas horas en “informarse” lo suficiente para que de su oficina de prensa o de su entorno surgieran aclaraciones y declaraciones para corregir de urgencia el lapsus cometido.

Ahora, a punto de iniciarse la campaña de las elecciones parlamentarias en  Cataluña, que, se diga lo que se diga, contienen un plebiscito sobre la voluntad de los catalanes de dotarse de un Estado propio, Pablo Iglesias ha vuelto a exhibir, sin ningún pudor, su ignorancia sobre Cataluña al apelar a los ciudadanos de Cataluña que “no se avergüenzan de tener abuelos andaluces o padres extremeños” proponiéndoles que participen en las elecciones del 27 de setiembre para “echar” al ‘president’, Artur Mas. “No podéis consentir –ha dicho– que os hagan invisibles en Catalunya“.

Pretender que en Cataluña existen masas de población compelidas a avergonzarse de su ascendencia andaluza o extremeña o de cualquier otro lugar de España o del mundo es una demostración de ignorancia absoluta del territorio y de la población a la cual se pretende adoctrinar. Pero, si fuera ignorancia simplemente, no sería muy grave, porque el mal de la ignorancia se corrige con la evidencia o con el conocimiento; el problema real está en “no sentir la necesidad de corregir la propia ignorancia”. Este mal no es exclusivo de Pablo Iglesias; lo exhiben una vez y otra líderes políticos españoles e incluso catalanes, incluidos los presidentes activos o retirados del gobierno español o la misma jefatura del Estado, a pesar de que se les supone obligados, por su responsabilidad, al conocimiento profundo de la sociedad a la que sirven. No es necesario ensayar una lista exhaustiva, porque no cabría en este artículo; sería mucho más fácil intentar una relación de excepciones al patrón de “ignorancia” que tipifico en las palabras de Pablo Iglesias.

Las redes sociales se han crispado respondiendo a las desafortunadas palabras de Iglesias, como se crisparon con la carta de Felipe González. Incluso más de lo que se crispan habitualmente con las palabras de partidos políticos declaradamente anticatalanistas – como el Partido Popular i Ciudadanos, unos y otros obsesionados en reinventar Cataluña para desacreditar el “nacionalisme” catalán y subyugarla al servicio del nacionalismo español, que ellos llaman, no podría ser de otro modo, europeísmo e internacionalismo, apropiándose palabras por las que Cataluña ha luchado fervientemente desde muy antiguo. Nadie, si no es excepción, esconde en Cataluña sus orígenes foráneos. Líderes políticos, intelectuales y artistas y trabajadores de toda condición, vecinos, amigos y conocidos solemos exhibir nuestros orígenes foráneos no solo como algo natural, sino a título de honra.  ¿Ignora Pablo Iglesias que Cataluña ha tenido recientemente un  cordobés como presidente de la Generalitat? ¿Puede ignorarse la existencia en Cataluña de una plataforma como “Sumate”, constituida por catalanes de la inmigración que se han sumado a la candidatura independentista? Estoy seguro de que ningún político español, de derechas ni de izquierdas, ignora que uno de los partidos que hoy se presenta como gran esperanza mesiánica para la regeneración de la maltrecha política española fue estigmatizado en la campaña autonómica andaluza por haberse fundado en  Cataluña – pese a que nació con la pretensión de combatir una pretendida dictadura lingüística en Cataluña y promover un imaginario del “castellano” como lengua amenazada– y de que su líder tuviera nombre catalán. Me estoy refiriendo a Ciudadanos y a su líder Albert(o) Ribera (probablemente el partido mejor preparado para, así que empiece a tocar poder, dejar de ser la gran esperanza y convertirse en la gran decepción de los regeneracionistas españoles, que descubrirán, como reza el adagio castellano, “los mismos perros –aquellos del Movimiento de los años del desarrollismo y la transición– con distintos collares”).

Es decir, que mientras en Cataluña un cordobés, como José Montilla, puede ser presidente de la Generalitat y la actual candidata al cargo de Ciutadans puede ser de Jerez de la Frontera y haber llegado a Cataluña en época reciente, Albert Ribera y su partido tienen que disimular sus orígenes catalanes aunque hayan nacido para la defensa del españolismo en  Cataluña. Y no creo que ninguna comunidad autónoma esté dispuesta a dar la presidencia de su gobierno a un catalán, como tampoco han frecuentado catalanes el gobierno de España, si exceptuamos la figura del General Prim, que fue asesinado, y de Estanislau Figueras, primer presidente de la I República Española, y su sucesor Francesc Pi i Margall, que pasaron como el relámpago sobre la oscuridad del poder y las instituciones de gobierno en la España decimonónica.

El problema de fondo es que un político español como Pablo Iglesias, vinculado al mundo universitario y con aureola de “progresismo” social y que pretende representar una “nueva España”, más convivencial y orgullosamente plural, siga pensando que con los cuatro tópicos heredados de su formación centrípeta sobre Cataluña – y no sé si ocurre lo mismo con los otros territoris singulares – tiene suficiente no solo para opinar o sostener o argumentar su ideario político sobre Cataluña, sino también para “moralizar” a su ciudadania o anatematizar las decisiones del electorado.

Los políticos españoles, y ahora hablo en  general y con el debido respeto a quienes se consideren  excepción  – a quienes sean realmente excepción les recomiendo que empiecen a actuar en coherencia–, pueden campar a sus anchas en la España constitucionalista sin necesidad de conocer la realidad catalana más allá de los tópicos inoculados. Se sienten cómodos en la autocomplacencia del nacionalismo español de matriz castellana. Para ellos, aunque no lo reconocerán ni que los maten, Cataluña es una anomalía a corregir – territorio a asimilar o a españolizar –. Lo suyo es ignorancia, sí, pero ignorancia culplable. La misma ignorancia que les lleva a olvidar, cuando no a menospreciar como “otra” anomalía ibérica, la existencia de Portugal, la fachada atlántica de la península. Precisamente ellos, españoles que a la hora de exhibir blasones se consideran líderes de una hispanidad que ha tendido puentes a lado y lado del Atlántico. Y es que, probablemente, les basta con las costas andaluza y cantábrica, y lo que a ellos les sobra es que no existe, o aún peor: no tiene razón de existir. Como Cataluña.

Josep A. Vidal

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