LA TIERRA DEVASTADA – 6 – por Moisés Cayetano Rosado

Organización campesina al filo del siglo XX.

Ya al filo del siglo XX los trabajadores van organizándose de manera más sistemática, creándose Centros Obreros y Casas del Pueblo. Destaca, en este sentido, la fundación de la sociedad La Germinal en Badajoz, de creciente fuerza e importancia como grupo de presión y negociación, cuyo periódico El Obrero ejerce un importante papel de denuncia y concienciación.

Luchamos -podemos leer en sus páginas- por nuestros derechos, por nuestros productos y nuestra libertad; porque, debiendo ser libres, somos esclavos; porque, produciendo todo, no podemos satisfacer nuestras más urgentes necesidades, en tanto que una camarilla de zánganos consume y derrocha los productos de nuestro trabajo.[10]

Y expone su ideal de propiedad, que será el que cuando se tenga ocasión política de intentarlo se llevará -fugazmente- a cabo, durante la II República española, en los años treinta, y la Revolución portuguesa de 1974:

Planteado el régimen colectivista, la propiedad sería de todos, sin ser exclusivamente de ninguno; y entonces, cuando nadie fuera dueño exclusivo de nada, seríamos económicamente iguales.[11]

En marzo de 1903 se celebra en Torre de Miguel Sesmero (Badajoz) un Congreso Obrero, con 18 sociedades representadas, y a continuación se van creando federaciones provinciales obreras, sistematizándose el movimiento, programándose y realizándose eficaces huelgas. En 1910, Pablo Iglesias viene a Extremadura, donde celebra distintos actos y reuniones que asientan la organización socialista –política y sindicalmente- en la región, en la que hasta entonces los principales movimientos eran de tipo anarquista.

La misma suerte se va corriendo en el vecino Alentejo[12], en donde se fortalecen las Associações dos Trabalhadores Rurais, de ideología socialista, creadas en un Congreso en Beja, en 1901. Su impulso, tras la implantación de la República el 5 de octubre de 1910, fue decisivo. Y el 1 de junio de 1911 consiguen reunir en huelga a nada menos que 15.000 trabajadores, llevando al día siguiente a una manifestación en el Rossio de San Brás de Évora a 8.000 personas que protestam por se verme tratados como porcos pelas autoridades republicanas[13].

En enero de 1912 se organiza la “Primeira Greve Geral de Solidaridade” en la historia del movimiento obrero portugués, que fue duramente reprimida, destacando en el uso de la fuerza el Gobernador Civil de Évora. En esta ciudad se celebrará poco después el “I Congresso dos Trabalhadores Rurais”, de agosto de 1912, impulsando la creación de sindicatos al nivel de freguesías, lo que alarma a los propietarios y autoridades, que actúan con dureza contra ellos, recurriendo al encarcelamiento de líderes y la tortura. Saramago refleja esta feroz práctica en páginas tan sobrecogedoras como ésta:

Levántate, bestia, pero Juan Maltiempo no conseguía levantarse, no era fingimiento, era otra de sus verdades. La última noche oyó gritar y gemir en el cuarto de al lado, y luego entró el inspector Paveia con gran acompañamiento de policías, y mientras resonaban de nuevo los gritos, cada vez más agudos, se acercó Paveia con calculada lentitud y dijo con voz que quería ser terrorífica, Bien, Maltiempo, ya has ido a Monte Lavre y has vuelto, puedes contar la historia. Del fondo de su desgracia, casi rozando las tablas del suelo, con los riñones partidos y los ojos cubiertos de nubes, Juan Maltiempo respondió, No tengo nada que contar, ya dije todo lo que tenía que decir. Es una frase modesta, es el esqueleto del perro al cabo de dos años, casi no merece registro particular, cuando otras se han proferido, Desde lo alto de estas pirámides cuarenta siglos os contemplan, Antes reina una hora que duquesa toda una vida, Amaos los unos a los otros, pero hierve la sangre del inspector Paveia, Ah, sí, entonces las veinticinco hojas que repartías en tu tierra qué, si me lo niegas acabo contigo. Y Juan Maltiempo pensó, O la muerte, o la vida, y se quedó callado[14].

La alarma por la creciente organización del movimiento campesino refuerza el papel de los caciques, que utilizan todos los mecanismos a su alcance para sojuzgar al pueblo, para controlarlo, para hundirlo en la humillación y la extrema miseria “aleccionadora”. Felipe Trigo denuncia con este cuadro sobrecogedor la situación de los campesinos:

Sobre un camastro, una extenuadísima mujer se abrasaba al calor de la terciana, procurando acallar con sus flácidos pechos, agotados, el llanto de dos mellizos; la abuela, cojeando por los reúmas y por sus setenta y cinco años, hacíala a la lumbre de taramas caldo de peces y morcilla. El médico se renegó. Aquello, que a un sano le haría echar el estómago por la boca, mal podía servir para la enferma. ¡No disponían de otro alimento![15].

¿Cuál era la salida? Algunos buscaron el remedio en la emigración a Ultramar, otros en las ciudades industrializadas de la Península, pasando a otra nueva situación de explotación y desamparo. Los más continuaron pegados a una tierra que producía para los menos, que estaba en manos de esos pocos, celosamente custodiados por las respectivas GNR y Guardia Civil, bendecido el sistema por una iglesia fiel a esta situación de injusticia, con su mensaje de conformismo en el destino enviado por Dios a cada uno.

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