Esta secção tem privilegiado, sobretudo, opiniões sobre o grave momento que se vive em Portugal. Porém, este espaço destina-se a opiniões sobre os mais variados temas – desta vez, publicamos a opinião de Josep Anton Vidal sobre um post de Moisés Cayetano Rosado. Josep Vidal, além de editor de grande mérito é, por formação académica e por vocação, um pedagogo. “Educação para a vida” é, pois, um assunto que lhe interessa muito.
En un artículo publicado recientemente, “Educación para la vida”, su autor, Moisés Cayetano Rosado, contempla con un escepticismo y una frustración que no parecen nuevos, sino un poso temporal acumulado. Creo que muchos educadores, al cabo de los años de vida profesional suficientes -y no hacen falta muchos- para haber asistido a las inevitables reformes del sistema educativo con que entretienen su impotencia -o su incapacidad- los políticos, arrastramos un poso similar.
Nada cabe esperar de una reforma educativa, sean cuales sean sus promotores, si no parte de un análisis suficiente del sistema educativo. Suficiente significa capaz de localizar las patologías y de aportar los datos objetivos para la elaboración de alternativas. Esta apelación a la metodología y la tecnología de un análisis sociopedagógico imprescindible para fundamentar toda reforma, no excluye los componentes idológicos de la misma; puede hacerse una reforma ideológica, que estará centrada en la reflexión sobre los fines de la educación en un determinado modelo de sociedad o supeditada a su consecución; pero, sin este análisis toda reforma, del tipo que sea, está condenada al fracaso.
En España todo cuanto se dice, se escribe y se predica sobre educación está basado en apriorismos, nada es consistente. Ni los resultados de determinadas pruebas de evaluación que se esgrimen como argumento inapelable de la calidad o la falta de calidad del sistema, sin haber ni siquiera analizado la validez de las pruebas de evaluación ni su coherencia con los objetivos y las metodologías planteados. Cada prueba de evaluación está diseñada para medir unas cosas y no otras, y sus resultados no tienen ninguna validez si se presentan desvinculados del mapa cognitivo al que se ciñen y de su coherencia con los objetivos planteados. Un examen mide “algo” y su resultado és válido solo si se interpreta en relación con aquello que pretende medir. Cuando los resultados de una prueba son malos, no se puede atribuir el resultado a la baja calidad del aprendizaje, por lo menos no puede hacerse sin antes haber comprobado la calidad y la coherencia interna del examen mismo.
Los fines de la educación -aquellos susceptibles de ser convertidos en objetivos educativos- deben ser próxmos, inmediatos, es decir mensurables en un término temporal definido -el tiempo académico estricto-; en función de ellos deben diseñarse las actividades de enseñanza y aprendizaje; y en función de éstas deben diseñarse las pruebas de evaluación que aportarán datos sobre la eficacia del proceso educativo. En cambio, a diferencia de los “fines”, los “frutos” de la educación -que no son mensurables en el tiempo académico estricto- son a largo plazo y deben ser medidos mediante procedimientos de evaluación extraacadémicos y a lo largo de los años de desarrollo social de una o varias generaciones sucesivas.
En nuestras reformas educativas no se suele hilar tan fino. Se parte siempre de apriorismos y de un totum revolutum condenado, por su propia naturaleza, a la ineficacia social, a la siembra de la confusión y la desorientación, a la desmotivación de educandos y educadores, y al descrédito absoluto del sistema. El único que parece tener algo que ganar es el político, que una vez más utiliza con una torpeza imperdonable el poder que la sociedad le ha confiado. Y la torpeza es aún mayor y mucho más culpable de irresponsabilidad cuando, como ocurre en este proyecto de reforma del PP, la motivación política -de una política adoctrinadora en lo ideológico, recentralizadora en lo político, competitiva en lo personal y alienante y excluyente en lo social- pasa por encima de las motivaciones educativas y de la inteligencia pedagógica.
El artículo de Moisés Cayetano tiene también, o así me lo parece, un cierto tono nostálgico que se expresa con amargura y decepción. Por eso empieza con la referencia a una utopía y acaba con un lamento en forma de imprecación.
Una pedagogía para la vida… ¡Cuántos educadores hemos intentado servir a esa aspiración! Pero el enunciado, por sí solo, no dice nada y habría que profundizar en él. A menudo esa “vida” se identifica con el futuro, un futuro al que la persona aspira, pero, sobre todo, un futuro que es aspiración social, a menudo utópica. Está bien esa lectura de la educación “para la vida”, y los responsables de la educación no deben nunca perderla de vista; ahora bien, deberían evitar caer en el error de substituir la vida inmediata de sus alumnos por esa otra vida distante en la que piensan, porque en ese error de perspectiva se alimenta también el gran fracaso de los sistemas educativos.
Educar no es diseñar el futuro de nadie, ni de las personas ni de la sociedad. Educar es servir a la persona y a la sociedad concreta en el momento, en su vida real. Educar para la vida no es educar para aquello que nuestros alumnos o nuestros hijos o nuestros conciudadanos vivirán en el futuro, una vida que nosotros, videntes u omniscientes, soñamos para ellos; educar para la vida es educar para aquello que ellos y nosotros estamos viviendo ahora y aquí. Un ahora y un aquí que incluyen también previsiones a corto, medio y más largo plazo, pero siempre de manera que ese tiempo distante -en el que probablemente se recogerán los frutos de lo que hoy sembramos- no sustituya, subordine o esclavice la vida. ¡Cuánto bien haría a la educación, y particularmente a nuestros educandos y a nuestros educadores, centrar los objetivos educativos y las actividades de enseñanza y aprendizaje en la proximidad! ¡Qué bueno sería que nuestros alumnos descubrieran que lo que aprenden les es útil de inmediato, que lo que viven los enriquece ahora, que todo cuanto saben y todo por lo que ellos y nosotros conjuntamente nos afanamos tiene sentido y valor ahora y aquí…! Y que el sentido y el valor de lo que aprendemos da sentido y valor a la propia vida en este mismo momento… Este ha sido el gran principio de las corrientes educativas verdaderamente renovadoras que han alimentado las corrientes más llenas de futuro de la pedagogía y de la educación. Y debe seguir siéndolo.

Efectivamente, hay que educar “en la vida”. No solamente “para el día de mañana”, sino para el momento, el tiempo en que se desarrolla la educación. Para el disfrute de cada día, para la construcción de la felicidad de cada momento, Con amor al saber, al descubrimiento intelectual y manual, a la obra bien hecha por el mero hecho de realizarla. Y también moldeando el futuro de cada uno como ser social y no como pieza egoísta de una maquinaria ciega. Resaltando la personalidad de los individuos y encaminando el futuro solidario de todos, a pesar de que una sociedad consumista como la nuestra es ciega, arrolladora, fría, falta de calidad humana.
Moisés Cayetano Rosado