LA TIERRA DEVASTADA – 12- por Moisés Cayetano Rosado

1.- LA LUCHA POR LA TIERRA: CONSTANTE HISTÓRICA.

La lucha por la tierra, por la propiedad y explotación agroganadera de la tierra, ha sido una constante en la historia de la Humanidad. Y aunque en el mundo posindustrial del siglo XXI perdió importancia como fuente de trabajo, riqueza y motivo de confrontaciones, sólo es así en los países desarrollados de Europa Occidental y Norteamérica, pues en otros -y en especial Iberoamérica- continúa siendo motivo de levantamientos de masas e intereses empresariales contrapuestos.

Ya en el Antiguo Testamento, en los Libros III y IV de Moisés, leemos que La tierra pertenece a Jehová, dictándose un retorno a la igualdad cada 50 años, así como la prescripción de deudas cada 7 años. En el Levítico se expone taxativamente: Las tierras no se podrán vender a perpetuidad y sin limitaciones porque la tierra es mía (de Jehová) y vosotros sois en lo mío huéspedes y extranjeros. Por tanto, en todo el territorio que vosotros ocupáis, las tierras conservarán el derecho de rescate.

Fuera de la cultura judeo-cristiana antigua también hay importantes ejemplos de lo que podríamos llamar “correctivos a la acumulación de propiedades”. Ocurre en Oriente Próximo, bajo el liderazgo de Urakagina en Summer y de Sargón en Acad, frenando la propiedad expansiva de los templos y los grandes dominios, en el siglo XXV a.C., sin que falten importantes contraofensivas, entre las que destacan la del renombrado legislador Hammurabi (siglo XX a.C.), representando a la oligarquía.

Más cerca en el espacio y en el tiempo, contamos con la labor sistematizada de reparto de tierras de Licurgo (s. IX a.C.) en Esparta. Las Reformas Agrarias de los hermanos Graco (s. II a.C.) en Roma, que tantos enemigos, tensiones y luchas les granjeó, como le ocurre un siglo después a Marco Livio Druso. Los grandes discursos de Cicerón se enmarcan en esa defensa de los poderosos terratenientes romanos, en contra del reformista Catalina.

En toda la Edad Media, se asistirá a una continuada batalla por el control de la tierra. Conquistas y reconquistas, hechas o no en nombre de unos ideales religiosos, llevan consigo una amplia actividad de reparto y encomiendas, de lo que se beneficiará a la postre finalmente la nobleza y la Iglesia (con sus Órdenes Militares, sus Obispados y ricas abadías y monasterios). De esta actividad de reconquista, repoblación, asentamientos, fijación de fronteras, construcción de fortalezas y delimitación de zonas de influencia, surgirá por el Centro y sobre todo Sur de la Península Ibérica un modelo de explotación agro-ganadera esencialmente latifundista, cerealística y de pastos para ganadería lanar, dominado por el estamento nobiliario y las Órdenes Militares participantes en la reconquista contra los musulmanes.

Así, la Edad Moderna nos ofrece un escenario condicionado por los dominios feudales en Europa y un modelo peninsular hispánico que participa del anterior, más una fuerte presencia como propietarios de los monasterios , el alto clero y las Órdenes Militares, tan presentes en Ribatejo, Alentejo, Extremadura y Andalucía: las zonas latifundistas, de gran concentración de la propiedad, de la Península. ¡No es extraño que los grandes descubrimientos geográficos y colonizaciones en África y América, en los siglos XVI y XVII cuenten con tantos nombres propios oriundos de estas zonas, que ya empezaban a ser emisoras de mano de obra, caballeros de fortuna, emigrantes que dejaban atrás la miseria, buscando un destino mejor!

En toda Europa se vivirán durante estos siglos, y también en el XVIII, importantes rebeliones campesinas, causadas por esa polarización de la población: unos cuantos propietarios inmensamente poderosos y unas ingentes masas campesinas en la miseria, a merced de los primeros, de las epidemias y las hambrunas, sin el mínimo cotidiano para subsistir.

Pero las ideas liberales del siglo XIX, el empuje de las iniciativas empresariales, comerciales, industriales, no significarán ninguna tabla de salvación para los campos del Sur. Las iniciativas y actuaciones de los gobiernos liberales de mediados del siglo XIX, desamortizando propiedades eclesiásticas y bienes comunales con la excusa de hacerlos más productivos al pasar a manos privadas, “democratizando” las posesiones, llevarán a una mayor concentración de la propiedad: compra el que tiene dinero para hacerlo, en especial la burguesía ascendente y la aristocracia ya poseedora de grandes fortunas. Estas reformas, fundamentalmente de Mozinho da Silveira en Portugal y Mendizábal y Madoz en España, sirven para enjugar la Deuda Pública Nacional en buena parte, para pagar los gastos de la implantación de las emergentes líneas de ferrocarril, para dinamizar macro-económicamente a ambos países, pero dejando como víctimas a la inmensa mayoría de las poblaciones del Centro y el Sur, ahora ya desposeídas hasta de bienes comunales y el auxilio de los trabajos eventuales en las posesiones de los monasterios y las parroquias, movidos en épocas de hambrunas por un sentido misional y caritativo.

Alentejo en Portugal y Extremadura (junto a Andalucía) en España serán las regiones más afectadas por esta reestructuración y concentración de la propiedad, que nos aboca a un siglo XX en que los grandes propietarios de la tierra (más de 100 hectáreas) no suben del 2% de la población y detentan el 60% de la riqueza, quedando el 98% restante en una situación dificultosa. Y si exceptuamos un 8% con un nivel de propiedad y de riqueza pasable, el 90% restante vive habitualmente entre la penuria y el hambre. No es una situación distinta, al llegar ese siglo XX, a la que tenían países que de inmediato harían sus grandes revoluciones agrarias, como Rusia y México. O la que más adelante llevaría a la lucha por la tierra en Chile, en Cuba, en Nicaragua, en Brasil…

El “hambre de tierras” o más bien la lucha por obtener satisfacción de las necesidades de subsistencia a través de la posesión de la tierra, ha marcado y marca aún la historia de los pueblos, fundamentalmente preindustriales. Y esa situación es la que aflora  en los tiempos prerrevolucionarios de España y Portugal en el siglo XX, destacando Extremadura y Alentejo como grandes zonas de concentración latifundista de la propiedad en los respectivos periodos históricos revolucionarios que les tocó vivir en los años treinta y setenta respectivamente.

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