DIÁSPORA. UN PASEO POR LA HABANA, por Moisés Cayetano Rosado

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En la Diáspora Viajera, uno tiene la tentación de volver a La Habana, princesa y cenicienta del Caribe donde la España de la Edad Moderna hizo su presencia como primera zona de asentamiento y al borde del final del siglo XIX  dio su despedida en la derrota.

Vaya este recorrido por dos de sus “emblemas”: la Habana Vieja y el Malecón, Patrimonio de la Humanidad desde 1982, como homenaje a esta ciudad esplendorosa.

Habana Vieja
Habana Vieja

HABANA VIEJA.

La Plaza de la Catedral, con el bullicio de tantos artesanos, con el fuerte colorido rebosante superpuesto en tablones, arquillos de madera, o recostado en peldaños, soportales, zócalos que delimitan el espacio nostálgico, preservado, milagroso en medio del derrumbe, era los domingos una bella, sudada estampa de lucha por la vida; luego, trasladados a la Avenida del Puerto, aquella grandeza incontenible quedó minimizada. Ahora es la plaza un espacio discreto y solitario, contemplado por los pocos turistas que apenas se detienen, miran la rocalla oscurecida de la Catedral y buscan la Bodeguita del Medio con el ansia inoculada por folletos recogidos cuando programaron su aventura: abriguemos la esperanza de que no dejen de lado al Castillo de la Real Fuerza y al hermoso, instructivo y tropical Museo de la Ciudad.

Pero allí, en la puerta de El Patio continúa, sin prisas ni cansancio, con su puro en la boca, sus pinturas chillonas en la cara, los muchos abalorios, los encajes y su lacito blanquísimo en el pelo, esa mulata abundosa, viejísima, de siempre. Nadie ve en su mirada las muchas zafras que sufrió, ni el espanto del hambre atesorada; con el ron y la guaracha se les ha ido la poca capacidad de observación que les quedase. Porque llora, en medio de su baile, las bocanadas increíbles del tabaco, los aspavientos que levantan tantas carcajadas, llora. Y cuando se disparan las cámaras de fotos para llevarse el quiebro divertido, su gesto no es de complicidad, es un suspiro que le sale del fondo del manglar donde aún se enreda su alma y viven sus recuerdos en tanto aquí, ausente, entretiene a los que sorben el misterio programado del mojito.

También es cartón piedra el viejo negro que toca las maracas y se golpea la cabeza con su manaza enorme siguiendo el son. Busca lo mismo que rebuscan las espectaculares y expectantes muchachas subidas a tacones increíbles, ajustadas a mínimos ropajes que resaltan lo poco que se oculta y que se ofrece. Dicen “mi amol, mi amooooool” y te acercan la barca de sus manos para llevarte a las lagunas de unos ojos que son libro abierto en que leer las cosas -¡tantas!- que les falta.

Aquella chimenea de la mulata, el estallido del manotazo rítmico del antiguo guajiro y el cabalgar ruidoso de las jabadas chicas, casi niñas, con un danzón al fondo y el enorme calor y la humedad, encaminan turistas hasta el Floridita. ¡Ay!, el Floridita, “templo del daiquirí” de los folletos y las juergas sonadas del siempre presente Hemingway, del siempre presente dólar salvador buscado -¡qué remedio!- por todos en la típica Habana Vieja que rinde sus arrugas al tiempo de abandono, y acá y allá desploma su piel resquebrajada.

Avenida del Malecón
Avenida del Malecón

MALECÓN.

Hay que seguir esa línea eterna del Malecón, la gigantesca barrera del Estrecho de Florida, conquistada cada día por olas que rompen a sus pies y saltan a la dura avenida donde se venden cucuruchos de maní, pañuelitos de seda, amores increíbles, recuerdos, historias enredadas, sonrisas y paciencia. Por donde pedalean ciclistas de triciclo, hábiles sorteadores de la muerte a manos de la velocidad de coches milagrosos, camionetas metamorfoseadas, gente, tanta gente subida en plataformas que vuelan sobre ruedas y componen puzles milagrosos.

El Malecón es un regalo de colores. Un derroche de luces en las puestas, amarillas, doradas, áureas, de naranja encendida, con sus gotas de agua y sal que cruzan como estrellas fugaces delante de nosotros y estallan en la risa de los chicos, tantos chicos, que se agolpan, juegan, cabriolean en grandiosos soportales columnados de palacios de antaño, donde cuelgan la ropa gritantes madres jóvenes, competidoras del volumen musical que todo lo rebosa.

Y a cada trecho un general. Máximo Gómez, Antonio Maceo, Calixto García, guardando la línea peligrosa por donde se espera siempre al enemigo, y por donde puñados de cubanos se han lanzado buscando su propia salvación a manos de ese vecino hostil que los embarga. ¿Desde cuándo están las garras afiladas esperando el momento de saltar? ¿Desde cuándo esta boca del caimán abre su dentadura cariada esperando el ataque decisivo?

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