Los novios forzados de la muerte – por Moisés Cayetano Rosado

Siempre en los Jueves Santos me impresiona el traslado y entronización del Cristo de la Buena Muerte (Málaga), a manos de un grupo de legionarios, que desfilan sosteniendo con sus brazos alzados en varios momentos de la ceremonia una pesada cruz donde Cristo se presenta torturado y muerto, en tanto cantan y repiten “soy el novio de la muerte”.

 

No puedo remediar que me venga a la memoria el motivo de la creación del “Tercio de extranjeros”, como se le denominó a estos soldados en el Real Decreto de creación, el 28 de enero de 1920: el entonces comandante José Millán Astray lo concibió a semejanza de la legión extranjera francesa, para enfrentarse a los rebeldes del Rif, en Marruecos, que estaban diezmando a los soldados de reemplazo españoles, llegados por sorteo al desierto norteafricano (destino del que se libraban los que podían pagar una respetable cantidad de dinero para no entrar en el cupo).

 

Fueron unos soldados profesionales, adiestrados en el culto al combate, al valor, a la temeridad, y en el desprecio a la muerte, surgidos de los ambientes más torcidos de la sociedad, y no solo de extranjeros sino también de nacionales. Pasó luego a llamarse “Tercio de Marruecos”, y después por el nombre que se les conoce ahora: “La Legión”.

 

Y a eso asocio su desfile arrogante y su noviazgo con la muerte: la terrible Guerra del Rif, que desde 1920 a 1927 se llevó por delante a muchos miles de españoles, procedentes de los sectores más humildes de la población. Y a veces me he preguntado ingenuamente: ¿por qué se permanecía en este territorio hostil, invirtiendo ingentes cantidades de dinero en armamento, intendencia alimentaria y logística, siendo un lugar tan miserable, de aparente pobreza extrema? ¿Afán de seguir considerándose potencia colonial, nación a la vanguardia del “dominio del mundo” que se tuvo en los siglos XVI al XVIII y en el XIX se perdió?

 

La razón era otra, en realidad: una enorme riqueza del subsuelo en minerales, especialmente hierro, tan demandado por Inglaterra para su industria, y luego por toda Europa durante la 1ª Guerra Mundial para la fabricación de armamento, así como para la reactivación industrial siderúrgica una vez llegada la paz. Únase a ello el enorme negocio del trazado y ampliación -dada la prosperidad de esos años- del puerto de Melilla y la construcción de líneas férreas y maquinaria de transporte por todo el Protectorado español.

 

La Guerra de 1920-27 no vino a cortar el negocio sino a ampliarlo para los grandes capitalistas españoles: fabricación de armamento, avituallamiento, confección de ropa militar… con su correspondiente corrupción a todos los niveles de mando civil y militar, político y empresarial, cobrando una calidad que distaba mucho de ser la entregada.

 

Este mundo de corrupciones lo retrata muy bien Arturo Barea en su obra autobiográfica (fue sargento en la zona) “La ruta”, de 1951, tan poética al tiempo que dura y desgarrada: “Estoy sentado sobre una piedra pulida por millones de gotas de agua de lluvia; pulida como un cráneo pelado. Es una piedra blancuzca llena de poros”, escribe al comienzo, para pasar enseguida al arrasamiento de una aldea por donde ha de pasar el ferrocarril, del que muchos sacarán tajada, y la mayoría brutales enfrentamientos, hambre y una sed atroz que no pueden saciar en el desierto inacabable: donde hay alguna poca, pantanosa e infecta, les aguarda el enemigo como a piezas de caza.

 

Y el tremendo día a día de los soldados en el frente lo describen de forma conmovedora diversos autores, desde José Díaz Fernández en su novela “El blocao”, de 1928, a nuestro contemporáneo Lorenzo Silva en su obra “El nombre de los nuestros”, de 2001. Pero a mí las dos novelas que más me han horrorizado son las de Raúl J. Sender (“Imán”, de 1930) y la de Ricardo Fernández de la Reguera y Susana March (“El desastre de Annual”, de 1968).

 

Sender, con frases telegráficas, cortas para resaltar los sobresaltos, dice cosas como: “En el campo ha avanzado una nueva avalancha sobre la posición. ¿Y los cañones? Tiran los dos de nuevo. ¿Quedan áscaris en la posición? A los tres del cuerpo de guardia los han acribillado allí mismo, los demás han caído fuera del parapeto. Ocho o diez habrán conseguido escapar. En el boquete del cañón han matado a dos artilleros”. Y nos relata las torturas a los heridos y prisioneros de una forma increíble. ¡Qué espantosas mutilaciones! ¡Qué saña con los moribundos! ¡Qué impresionante brutalidad para sembrar el terror o simplemente para extraer unos dientes de oro o el anillo de un agonizante, machacando huesos con piedras, cortando con enormes gumías!

 

Pero aún es más descarnado y a veces insoportable el relato de Fernández de la Reguera y March: los guerrilleros que abren en canal a sus víctimas vivas y suplicantes, riendo a carcajadas; los cerdos que se deleitan, haciendo ruidos de placer, hozando en las vísceras de los cadáveres o soldados que aún no han expirado…

 

Sí, me lleva irremediablemente la parafernalia mostrada y la canción de estribillo mil veces repetido a esos “novios forzados de la muerte”, que en los años veinte -conformándose entonces este cuerpo militar profesional- dejaron su vida en las montañas del Rif. Fueron torturados y muertos para que unos pocos se enriquecieran con el negocio de las minas de piritas de hierro, la construcción de ferrocarriles y puertos, la venta de armamento y pésimos equipamientos de combate con que mal dotaban a los que no podían pagarse el no ser tan honrados “pretendientes de la muerte”. Porque en casa quedaban, eso sí, los hijos de los que hacían negocios redondos, quejándose además del poco valor de los soldados en el frente: la “carne de gallina”, como los llamó en una ocasión -al menos- el rey Alfonso XIII.

 

 

Leave a Reply