HAY momentos históricos en que a un gobierno le toca tomar decisiones por responsabilidad que perjudican a su interés electoral. Y puede involucrarse en ellas hasta rozar el más sacrificado mesianismo, tirar piedras sobre el propio tejado, cavar su propia tumba. Entonces, quiera o no, está sirviendo no solo a los intereses generales sino a los fines electorales del contrario. Y este se rasga las vestiduras con llanto de cocodrilo, sabiendo muy bien por dentro que le está allanando el camino, facilitándole el futuro de un gobierno propio libre de trabas, porque ¡a ver cómo el que se inmoló se opone a decisiones que son consecuencia de su propia iniciativa!
El PSOE camina, encuesta tras encuesta, hacia su suelo electoral, mientras el PP se alza a las nubes de una gloria en la que solo ha intervenido sentándose a la puerta para ver pasar el cadáver de su enemigo. Tal vez era necesario recortar el sueldo de los funcionarios públicos, decisión insólita que se granjeó las iras de unos cuantos cientos de miles de empleados y sus familiares. Tal vez sea obligatorio revisar el sistema de pensiones, aunque todos sabemos lo sensibles que son los jubilados a lo que concierne a su retiro, a veces tan exiguo, y lo que ello repercute en la decisión electoral de esas también cientos de miles de familias. Es posible que el subsidio para los parados de larga duración no se pueda mantener prorrogado en el tiempo de forma indefinida, pero ¡cuántos son los que en ello tienen su sustento y pueden utilizar su voto como un arma que se arroja!
Hay que recaudar más dinero, porque las arcas públicas no se estiran como si fuera chicle, pero el IVA o los precios de los carburantes pertenecen a los impuestos indirectos que todos pagamos sin distinción de ingresos personales, y caen como pedradas sobre los consumidores, sobre la cesta de la compra, donde se mezcla frecuentemente con la papeleta de voto.
Hasta medidas como que los nuevos funcionarios no pertenezcan ya al sistema de MUFACE, que da lugar a una especie de sanidad semiprivada, puede que sean convenientes, y no digamos lo de subir la edad de jubilación, con aquello de que la esperanza de vida se prolonga, así como la buena forma física para seguir trabajando y no recibiendo inactivamente una paga el resto de esa vida. Medidas, por cierto, de alcance y rendimiento en un futuro a medio plazo, cuando ya no estemos ni mucho menos en la actual legislatura, ni siquiera en la próxima, con lo que ahora no reportan el suficiente beneficio económico, y sí el perjuicio de una reestructuración sanitaria costosa y de una paralización en la renovación del mercado laboral respectivamente, llevando a una subida ostensible del paro juvenil, al no poder reemplazar a los que prorrogan su actividad laboral.
Medidas, puede, de responsabilidad política gubernamental, pero que mal se explican para los millones de afectados, siendo en cambio fácil criticarlas, y más si miramos las cuentas de los grandes provocadores de la crisis generalizada: banqueros temerarios, especuladores inmobiliarios, grandes fortunas viajeras especializadas en paraísos, subvenciones, que siguen su vuelo de búsqueda de mayores beneficios y exenciones; o sea, los que desde un principio recibieron ayudas estatales para reflotar sus barcos a veces tan piratas como los de los mares de Somalia.
Al PSOE le está tocando hacer el trabajo sucio. O quiere hacerlo, con ese sentido mesiánico que decía. Algo así como echar el alquitrán a la carretera, asfaltarla, tragando humo, hollín, betún y grasa sin refinar; otros vendrán después, ya mismo, a recorrerla limpiamente, sobre un firme estabilizado o al menos con todos los medios puestos para ello, sin haberse manchado siquiera la suela de sus zapatos y haber tenido que remangarse los pantalones por cuyos perniles de decisiones duras corren los votos camino de otro mar.
