VALIRIZAR LAS FORTIFICACIONES ABALUARTADAS, Por Moisés Cayetano Rosado

 Es curioso el poco valor que se le da a las fortificaciones abaluartadas. En los libros de arte se prima en especial el estudio de las producciones religiosas, seguidas de las palaciegas, tras las que va la arquitectura militar, especialmente de la Edad Antigua y del Medievo. Cuando llegamos a la Edad Moderna, parece que haya de pasar de puntillas por las fortificaciones abaluartadas, como si fueran una creación menor, sin importancia.

Y ello, a pesar de la belleza, la variedad, el desarrollo extenso que tuvo por todo el mundo, el alarde técnico que suponen, su armonía, complejidad y portentoso conjunto de elementos perfectamente conjugados.

Creadas a partir de la irrupción de la pirobalística, desde principios del siglo XVI, adquieren desarrollo imparable en el XVII, perfección en el XVIII y primera mitad del XIX. Después, independizadas las colonias americanas, pacificada Europa, hechas las paces en la Península ibérica (en cuya Raya adquieren la más densa presencia), constituyen un “estorbo” que los planes urbanísticos de las poblaciones quieren quitarse del medio para desarrollar sus modelos expansivos.

A finales del siglo XIX y a lo largo del XX, pierden sentido estratégico y van siendo arrasadas de manera inmisericorde, sin reparar en el legado histórico-artístico que constituyen. Incluso se decretan demoliciones generales y se consienten arrasamientos particulares con todo desparpajo.

En España, una Real Orden de 1859 permite abandonos y demoliciones por todo el territorio nacional, habiendo comenzado en ello Barcelona, y llegándose al arrasamiento en lugares como Valencia de Alcántara, de extraordinario patrimonio abaluartado desaparecido. El caso de Badajoz es sangrante, pues se llevan a cabo importantes destrucciones cuando ya la Carta de Atenas de 1931 había sentado las bases en los principios de conservación, mantenimiento y restauración.

En Portugal, la desaparición de recintos abaluartados es menos sangrante, si bien durante el salazarismo se lleva a cabo una labor de “escenificación medievalista” que prima unas reconstrucciones imaginarias, arrasando con construcciones artilleras y abaluartadas que “obstaculizan” el “sueño romántico” de la vuelta al Medievo.

Tampoco Francia (y menciono así los tres países con mayor patrimonio de este tipo) se salva de este gusto transformista, aunque en menor medida, siendo Carcassonne un ejemplo curioso de reinterpretación, pese a su titulación de Patrimonio de la Humanidad.

Y Patrimonio de la Humanidad es Évora, tan magnífica en el tratamiento del caserío del Casco Antiguo; tan extraordinaria en su patrimonio palaciego y eclesiástico; tan acertada en el tratamiento de su cerca medieval y de los elementos que conserva de la romano-goda. Pero, ¡qué escasa atención a lo que resta de lo abaluartado!, pues con gran dificultad podrá ver el visitante lo que resta de sus siete baluartes. Y mal le informarán (como a mí me ha ocurrido) del portentoso Forte de Santo António -en manos privadas- atravesado por su bellísimo acueducto, oculto por vegetación innecesaria (como buena parte de los baluartes).

¿Llegará pronto el día en que se valoricen estas fortificaciones tan importantes en su función defensiva, tan cruciales en nuestra de la Edad Moderna, tan meritorias en su desarrollo técnica y magníficas por su belleza, complejidad y majestuosidad?

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