ÉVORA, PATRIMONIO MUNDIAL AMURALLADO – por Moisés Cayetano Rosado

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Encuentro” de la muralla medieval y la abaluartada

Aquí tenemos de todo y ejemplarmente conservado. Un modelo de armonía constructiva, respeto por el medio urbano, buen gusto y cuidado colectivo. En el medio de esta especie de “concha de tortuga” que es el casco antiguo vemos un exento templo romano del s. II, de capiteles corintios, probablemente consagrado a Diana. Al lado, la catedral, gótica de transición, que presenta al exterior dos poderosas torres con remates cónicos: ningún edificio le supera en altura y desde los alrededores es lo primero que vemos de Évora, que se derrama como “tienda de campaña”, con vértice en las torres catedralicias.
El interior de esta catedral, la mayor de Portugal, presenta tres naves que son un compendio de estilos, desde el románico tardío al barroco, y su cúpula octogonal sobre trompas es una de las más bellas del país. No podemos perdernos la visita al claustro gótico, al museo catedralicio y a la sillería renacentista del coro, que convierten al conjunto en uno de los tesoros artísticos más completos del país.
Desde ahí, debemos bajar por la rua 5 de Outubro -llena de encantadoras tiendas de artesanía y restaurantes acogedores- hasta la Praça do Giraldo, bulliciosa siempre, lugar de reunión y centro de compras. Hermosamente porticada, tiene casi al centro una fuente monumental de granito hasta donde llegaban las aguas del acueducto.

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Interior de la Iglesia de S. Francisco

De ahí podemos bajar a la Iglesia de San Francisco, parando antes a observar por fuera la Iglesia de Nuestra Señora de Gracia, de tipo renacimiento italiano, con fachada de granito y decoración insólita de atlantes en sus extremos superiores. La de San Francisco es espectacular, con portada manuelina e interior de inmensa nave con bóveda ojival. A un lado, se encuentra la Capela dos Ossos, capilla de los siglos XVI y XVII ornamentada en pilares y muros con la osamenta y cráneos de unas 5.000 personas; por encima de su pórtico hay una frase que es todo un resumen de la reflexión que los frailes querían transmitirnos sobre la inconsistencia de la vida: Nós ossos que aqui estamos, pelos vossos esperamos.
Volviendo otra vez al norte por las estrechas calles de esta ciudad radiocéntrica, entre nuevas iglesias, palacetes y rincones pintorescos, llegamos al Largo da Porta de Moura, una amplia plazoleta con fuente y abrevadero de mármol en estilo renacentista, limitada al sur por la casa Cordovil, con elegante terraza de arcos geminados y tejado almenado, rematado en flecha cónica, de estilo árabe.
Un poco más arriba, entre un derroche monumental que no podremos atender del todo, está la Universidad. Fundada en 1559 por el cardenal D. Enrique (después Rey de Portugal), fue entregada a los jesuitas, que la dirigieron durante doscientos años, hasta su expulsión. De puro estilo renacentista italiano, se ordena alrededor de un claustro central porticado, al que se abren las aulas que aún mantienen preciosos púlpitos de madera y revestimiento en sus paredes de azulejería con motivos de las materias que allí se enseñaban.

Cuando llegue la hora de comer, no es mala opción acercarse a la Adega do Alentejano, al Café Alentejano o al Fialho (por citar solo tres de los múltiples y deliciosos pequeños restaurantes de la ciudad). Sirven estupendos entrantes, de aceitunas, queso, farinheira, diversas ensaladas y buen vino de la casa. Luego açorda alentejana (con huevos escalfados, cilantro, pan duro y ajo), ensopado de borrego, asados de carne, bacalhau no forno, y pastelería casera: necesario aporte en calorías para el trabajador del campo y para el turista “buscador de tesoros” fatigado.

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