EL TERRIBLE EXILIO DE LOS REPUBLICANOS ESPAÑOLES – por Moisés Cayetano Rosado

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Hoje, justificando a anunciada multiplicidade de critérios desta rubrica, apresentamos uma nota crítica de Moisés Cayetano Rosado a um livro de Jordi Soler, La guerra perdida:

La trilogía La guerra perdida, reúne tres novelas de autobiografía familiar escritas por Jordi Soler, descendiente de republicanos españoles que tras perder la guerra, huídos a pie por los Pirineos con dirección a Francia, recalan como exiliados en México, tras sufrir una dura experiencia concentrados en Argelés-sur-Mer (Francia).Imagem3

Por separado, las novelas fueron editadas en 2004 (Los rojos de Ultramar), 2007 (La última hora del último día) y 2009 (La fiesta del oso), antes de que la editorial Mondadori los presentara juntos en el volumen citado al principio, en 2012.

La primera se centra fundamentalmente en ese periplo terrible por los Pirineos, el confinamiento en campo de refugiados -que más era campo de castigo y exterminio- y la vida de refugiados en México, con sus luces y sus muchas sombras.

La segunda -para mí la mejor escrita, llena de gracia, al tiempo que de tensión, ironía y desenvoltura- transcurre en la hacienda fructífera –La Portuguesa- que logran levantar familiares y amigos exiliados en la selva mexicana, con sus dificultades íntimas, el desentendimiento con los nativos resentidos bajo el recuerdo de “los conquistadores de antaño” y el abuso delictivo de las autoridades locales.

La tercera, un poco a “contramano” de las anteriores, ajusta cuentas con un tío, hermano de su padre, que sobrevive en un lugar recóndito de las montañas pirenaicas, desenvolviéndose en medio de la extorsión, el robo e incluso un terrible asesinato de una niña, que lo lleva a la prisión y el mayor de los desprecios.

Cada día queda más desmitificada la actuación de los “amigos de la República”, según se van publicando investigaciones y sacando a la luz testimonios personales. En esta trilogía, además de la importancia literaria, relevante, queda patente esta desmitificación, de la que quiero resaltar tres mensajes capitales:

Lo sangrante de la huida de España: Los refugiados caminaban por la orilla de la carretera, sobre un suelo fangoso de nieve vieja y una altura de lodo que a veces les alcanzaba las rodillas, escribe en la página 36 (primera novela).

La “trampa” cruel del primer refugio: Los republicanos perseguidos por la ira franquista, buscaban asilo en Francia y el gobierno francés los recibía como si fueran criminales y los encerraba en un campo de concentración (pg. 414, en la tercera novela).

Lo lacerante del exilio: El artículo 33 de la Constitución mexicana que lo facultaba para echar del país a cualquier extranjero que atentara contra el orden y la feliz convivencia de la sociedad, cosa que desde la óptica del trabajador indígena y explotado, que era invariablemente la óptica del alcalde, calificaba como delito suficiente para echar a todos los extranjeros de La Portuguesa y del país; y aunque los patrones, formados todos en el Partido Comunista, en la guerra que habían perdido, y en la injusticia atroz del exilio, eran incapaces de explotar a nadie, no querían exponerse a discutir mucho el tema y simplemente aceptaban las multas preventivas que establecía el alcalde, unas multas cuyo pronto pago volvía sordos los oídos de los funcionarios (pg. 229, en la segunda novela).

Decía León Felipe en unos versos memorables de su libro “Español del éxodo y del llanto” (1939): Tuya es la hacienda/ la casa,/ el caballo/ y la pistola./ Mía es la voz antigua de la tierra./ Tú te quedas con todo/ y me dejas desnudo y errante por el mundo…/ mas yo te dejo mudo… ¡Mudo!/ ¿Y cómo vas a recoger el trigo/ y a alimentar el fuego/ si yo me llevo la canción? Pero él mismo acabaría diciendo en 1958: Yo no me llevé la canción. Nosotros no nos llevamos la canción Vosotros os quedasteis con todo: con la tierra y la canción… Al final todo se hizo grito vano, lamento hinchado.

Es decir, el desterrado lo perdió todo: la tierra, la ilusión y la esperanza. Obtuvo a cambio el tremendo sufrimiento de la incomprensión, la hostil acogida, la coacción, la represión. En La guerra perdida, Jordi Soler lo testimonia con maestría.

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