Una vez más Cataluña ha manifestado con voz clara y firme que quiere, como nación soberana, decidir su futuro. Si el año pasado miles de catalanes, en un ambiente festivo y radicalmente democrático, unieron mediante una cadena humana los dos extremos del país, de norte a sur, este año han ocupado las dos vías principales de Barcelona, la Diagonal (que el franquismo hizo rebautizar como Avenida del Generalísimo) y la Gran Via de les Corts Catalanes (que fue rebautizada como Avenida de José Antonio Primo de Rivera). Estas dos avenidas confluyen en el que está llamado a ser centro neurálgico del tejido urbano de la Barcelona del futuro, la plaza de las Glorias Catalanas (que el franquismo, dado que el terreno que ocupa era entonces poco más que un terreno baldío en el extrarradio de una Barcelona para la cual no auguraban los jerarcas franquistas otro futuro que el de convertirla en una sucursal provinciana y mediterránea de la capital del Estado, no se molestó en rebautizar: le bastó con suprimir el adjetivo y dejarla en plaza de las Glorias). Así pues, a partir de este punto de encuentro, ambas avenidas trazan los brazos de una V, sobre los cuales, y en un recorrido de 11 quilómetros, miles –cientos de miles– de catalanes, con el mismo espíritu cívico, amistoso o familiar y radicalmente democrático, dibujaron un mosaico humano con las 9 franjas de la bandera catalana (cuatro barras rojas sobre fondo amarillo).
No tiene ninguna importancia discutir la cifra de los manifestantes. Tanto da. La simple comparación visual con cualquier otro referente demuestra de modo inequívoco que no hay parangón en Europa.
La líder del Partido Popular en Cataluña ha manifestado que esta concentración demuestra que el independentismo va de baja, que las imágenes engañan, porque en la vista aérea los árboles de ambas avenidas sirven para tapar las zonas vacías, que la convocatoria no consiguió llenar. Otros, en los medios de comunicación españoles, faltos de ideas, faltos de capacidad para leer e interpretar la realidad, faltos de autenticidad democrática, han hablado de concentración obediente y disciplinada a la coreana (especificando que se refieren a la Corea del Norte), otros han vuelto a hablar de las magnas concentraciones del nazismo… No me voy a molestar en citarlos por sus nombres ni por sus palabras, porque todos ellos hablan por boca de asno y ni las estupideces, ni la ignorancia ni muchos menos la mala baba merecen altavoces. Pero no puedo dejar de preguntarme por qué los partidos políticos y los medios de comunicación ceden la palabra a los más ineptos o a los más salvajes, salvo que sea precisamente porque consideran que son, de entre todos, sus mejores representantes, posibilidad que me niego a admitir por imposible. He leído y leo lo bastante para conocer la inteligencia y no necesito que nadie me explique o me convenza de la capacidad de muchísimos profesionales, políticos e intelectuales españoles para leer, analizar e interpretar la realidad desde un punto de vista dialéctico y sólido… Lo que de verdad no comprendo es cómo se cede la palabra a los más necios. Incluso el Gobierno ha permitido que su vicepresidenta interprete la manifestación de Barcelona como triunfo del totalitarismo y de la dictadura. ¿Cómo puede decir, la representante de un gobierno, burradas de este calibre sin sonrojarse y, sobre todo, sin provocar la reacción de políticos, profesionales e intelectuales con una capacidad de análisis y unas convicciones democráticas mucho más sólidas y abiertas a la discusión y el debate, que es el terreno de la inteligencia?
El presidente del Gobierno español ha afirmado reiteradamente que lo tienen todo a punto para que el día 9 de noviembre no haya en Cataluña una consulta “ilegal”. El fiscal general del Estado ha dicho que tienen a punto todos los resortes legales y que no les temblará la mano a la hora de aplicarlos. El presidente de La Rioja ha dado lecciones de cordura a los catalanes recordándoles que si “todos los que, creyéndose superiores, imponen y amenazan (se refiere a los catalanes que queremos ejercer el derecho soberano y democrático a votar sobre el futuro de nuestro país), morirán“. El presidente de Extremadura ha ironizado sobre los catalanes y ha hablado de síndrome de Estocolmo para referirse a quienes, siendo catalanes de adopción o hijos de la inmigración, expresan como propio el mismo anhelo, y lo ha hecho, claro está, con ese tono cachondo y chulesco al que nos han acostumbrado los presidentes de esa tierra –extraordinaria de belleza, en la que se armonizan exuberancia y sobriedad, romanticismo y clasicismo–, sobre los cuales, por respeto a quienes los han votado, no voy a opinar aunque estoy convencido de que el pueblo extremeño sabrá deshacerse algún día del paternalismo despótico y populista de los demagogos y conquistará, con espíritu de modernidad y firmeza democrática, el futuro que con tanto empeño –sudor y sufrimiento– les ha negado un caciquismo cerril y servil.
Digan lo que digan y se pongan como se pongan, Cataluña quiere decidir su futuro, y sería bueno que se dieran cuenta realmente del alcance de esta voluntad, porque no se resuelve con amenazas ni por la fuerza, ni con mentiras ni manipulaciones, ni lecturas interesadas de la Constitución o de las leyes. En el peor de los escenarios para España, sus representantes, imbuidos, a su pesar y para su mal, de la peor versión del nacionalismo español, han preparado todos los mecanismos para la prohibición. Es igual la magnitud y la importancia y la intensidad y la legitimidad democrática de la voluntad de los catalanes. Si algo quieren dejar claro el Gobierno español y sus acólitos, incluido el socialismo español obediente al PSOE, es que Cataluña no existe más allá de ser el “capricho” de los catalanes, que tampoco existen, claro está, porque antes que catalanes son españoles. Y la no-existencia supone el no-derecho, la no-soberanía y el no a todo.
En Cataluña, no obstante, ya no se quiere entrar en ese debate, si no es con el fin de avanzar sobre la base del reconocimiento de la capacidad de Cataluña para decidir su futuro, es decir, su soberanía.
Lex Rietman, un periodista holandés conocedor de la realidad catalana, pone el dedo en la llaga de esta situación cuando habla (“El Punt/Avui”, 13-IX-2014, crónica de Germà Capdevila) de la importancia de entender que “en el caso catalán, el nacionalismo no responde a los tópicos con que se asocia habitualmente en Europa: populismo, extrema derecha y xenofobia“, recordando también qué difícil es explicar esto y hacerlo entender. Desgraciadamente, hablar de nacionalismo e intentar reivindicar un nacionalismo singular y distinto no es fácil. La historia de Europa avala la desconfianza hacia los nacionalismos y la dificultad de entender que puedan representar algo distinto a lo que parece desprenderse de los prejuicios avalados por la historia.+ A los catalanes, en cambio, y no hago diferencia ni exclusión por origen o procedencia, el reconocimiento de esta singularidad nacionalista no nos resulta en absoluto complicada, porque tenemos la doble experiencia de haber sido –en primer lugar– reprimidos por un Estado hostil impregnado de los principios del nacionalismo excluyente (con una tradición política que ha sacrificado siempre la voluntad democrática y el progreso, destruyendo lo mejor de sí mismo, para buscar, una vez y otra, las soluciones autoritarias y asimilacionistas), y –en segundo lugar– tenemos la experiencia de haber salvaguardado la propia identidad, enriqueciéndola con las aportaciones de todos los que hemos ido llegando a esta tierra de acogida, para construir juntos, y orgullosos de nuestra diversidad, la conciencia democrática de nuestros derechos a la soberanía nacional como requisito necesario para el encuentro y la colaboración abierta y solidaria con las demás naciones.
Después de la manifestación del Onze de Setembre, el plan acordado entre las fuerzas políticas comprometidas en la celebración de la consulta del día 9 de noviembre continúa adelante. El próximo viernes el Parlament de Cataluña aprobará, con una amplia mayoría la Llei de consultes, cuya constitucionalidad ha sido avalada íntegramente por el Consell de Garanties Estatutàries y en virtud de la cual el President de la Generalitat firmará el decreto de convocatoria de la consulta, que será publicado en el Diari d’Ordres de la Generalitat… A continuación, casi inmediatamente, el Gobierno español presentará ante el Tribunal Constitucional español recurso de inconstitucionalidad contra la Llei i contra el Decret de Convocatòria, pidiendo que quede inmediatamente en suspensión.
Pero ahora nos adentramos ya en el terreno aventurado de la suposición. Los hechos se irán sucediendo. La voluntad de Cataluña es firme. La obstinación del Gobierno español es empecinada, porque además está convencido de que el conflicto catalán le puede evitar un derrumbe electoral previsible y, de otro modo, inevitable.
Las piezas están sobre el tablero. El gobierno español busca el jaque mate por todos los medios –nobles e innobles, legítimos o tramposos, tanto da– y con todos los recursos manipuladores y coercitivos del Estado. Pero la realidad es que en Cataluña el juego que plantea el Estado interesa cada vez menos, porque aunque fue Cataluña quien puso sobre la mesa el tablero de ajedrez, España decidió no entrar en la partida y jugar al solitario. Por eso su jaque mate no tiene otra estrategia detrás que el puñetazo en la mesa. Pura incapacidad política.
Josep A. Vidal
(*) Artículo original en catalán.
(+) Prejuicios que permiten afirmar, por ejemplo, que si triunfa el SÍ en Escocia –o en Cataluña–, los escoceses –o los catalanes– tendrán que gestionar un país fracturado socialmente; afirmación que se basa en la convicción de que lo único que divide es el SÍ, y que el NO es inocuo en cuanto a fractura social, porque está fuera de dudas que la defensa de la secesión es un capricho, un espejismo ilusionante tal vez para algunos necios, pero irresponsable para los cuerdos, mientras que la defensa de la unión es un ejercicio de inteligencia, apto solo para ciudadanos sensatos y conscientes de la responsabilidad de sus decisiones ante la historia.
Se em Portugal houvesse uma Democracia não haveriam dúvidas que a Independência da Catalunha já estaria a ser saudada. Infelizmente a tradicional submissão portuguesa às vontades alienígenas não tem permitido que Portugal, numa modalidade eminentemente democrática, possa contribuir para dar novos mundos ao mundo A cada Nacionalidade tem de corresponder um Estado. Só assim fica aberto o caminho para a Democracia. CLV
Se em Portugal houvesse uma Democracia não haveriam dúvidas que a Independência da Catalunha já estaria a ser saudada. Infelizmente a tradicional submissão portuguesa às vontades alienígenas não tem permitido que Portugal, numa modalidade eminentemente democrática, possa contribuir para dar novos mundos ao mundo A cada Nacionalidade tem de corresponder um Estado. Só assim fica aberto o caminho para a Democracia. CLV