DIÁSPORA. PASEO POR CENETRO HABANA Y EL VEDADO, por Moisés Cayetano Rosado

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Tras haber paseado por el corazón palpitante de la Habana Vieja, cualquier viajero de La Habana debe subir al Cenetro y al Vedado, los otros dos lugares míticos de la vieja ciudad tan hermanada a los sentimientos españoles.

CENTRO HABANA.

Los generales quedan ahí, con sus espadas, con sus revoluciones, con sus heridas y sus muertes, en tanto bulle la vida hacia el Vedado. Queda también atrás Centro Habana, ese espacio ignorado del turista, lleno de colas para todo, de esperas para todo, de ruinas para todo, de belleza vencida, de sueños, de grandeza tan fieramente mutilada. Garganta de paso, grito auténtico habanero ante el que hacerse el sordo, una vez visitado en sus límites, al este, el Capitolio, el Centro Gallego y el Paseo de Martí.

El Vedado delante y Centro Habana al fondo
El Vedado delante y Centro Habana al fondo

EL VEDADO.

Subirás Rampa arriba. Subirás apoyado en hoteles que aprisa se renuevan, agarran los bolsillos del turista, colorean daguerrotipos y meten danza y salsa, brillos y sonrisa. Allí tenemos a Coppelia. ¿Hay en el mundo alguna heladería más adorada que Coppelia? El cubano se engancha a las esperas en filas apretadas. Soporta el duro sol del mediodía sin la sombra suave de los flamboyanes, que a esa hora recogen hacia dentro el alivio de sus ramajes fluorescentes y dan gozo a los que ya penetraron -por riguroso orden- en el sagrado espacio del jardín que se mantiene cuidado pese a todo. Habrán de aguardar horas y a ninguno importa. Cantan, bailan, palmean, se lanzan ocurrencias, inventan nuevos chistes y se ríen: de sí mismos, de todo. Y sin rencor informan al turista: “usted tiene otra puerta, usted no espera”. Y el visitante pasa a lo sagrado y tiene espacio propio, una reserva poblada de sabores, de mesas floreadas, de atentos camareros, de cuentas en dólares, que son los que dan paso sin cupos ni demora, sin carta cortada, sin espacio prohibido.

¿Por qué esa reserva de caza, ese Vedado de los ricos azucareros españoles, lleno de palacios y jardines, de escalinatas, columnas, mármol italiano, boscajes y explanadas, ha sido abandonado a su destino de escombros, desgarradas ruinas, entre las que de pronto un monumento salvado de este torcido porvenir nos traslada a los sueños de lo que pudo ser, de lo que fue? Juegan al dominó envejecidos macheteros en soportales rococós de estuco derrumbado; venden papaya, mando, tomate, naranja, guarapo y ron mulatas generosas de carnes y de risas, resguardadas entre arcadas de mármol florentino; pelotean chiquillos entre antiguos jardines donde reinan todavía palmas reales en medio de la jungla que de nuevo se alza.

Monumento a los Bomberos en Cementerio Colón
Monumento a los Bomberos en Cementerio Colón

CEMENTERIO DE COLÓN.

Hemos de patear más el Vedado. Su obsesiva cuadrícula. Sus bordes interiores, el serpenteo interminable de la calle Zapata que nos premia finalmente con el Cementerio de Colón. ¿Algo más nostálgico que el Cementerio de Colón, que ese vanidoso y bello, bellísimo cúmulo de mármol de Carrara? ¡Cuánta funeraria monumentalidad! ¡Cuánto héroe caído, cuánto batallador vigilante allí, vigilado allí

entre los próceres del azúcar, sus verdugos! Este cementerio es un bosque blanco de obeliscos tapados con togas que descienden a tierra ocultando lo que creció, despuntaba y finalmente, siempre, fue vencido. Es una muestra de toda la humana vanidad, también de la divina con tanta imposible resurrección, tanta gloria incumplida: aquellos bomberos perdidos en su esfuerzo, esos estudiantes masacrados, los caídos asaltantes del Palacio Presidencial, ¡cuánto vencido para mayor gozo de vídeo repetido que sacaremos siempre a relucir!

Monumento a José Martí en la Plaza de la Revolución
Monumento a José Martí en la Plaza de la Revolución

LA PLAZA DE LA REVOLUCIÓN.

Desde allí a la Plaza de la Revolución “José Martí” hay un largo paseo para el turista de fotos, merengue y salsa. Un corto espacio de contrastes para el curioso visitante que busca los rincones y las batallas diarias de la gente. Casas bajas, olvido del asfalto, corrales de gallinas, perros, muchos perros, coches aún si cabe más desvencijados, bicicletas que sirven también para gozar -¿de dónde saca el habanero tanta fuerza para la risa, para la chanza, el desenfado?

Abajo está la enorme plaza. Solitaria, tras de los rítmicos embarazos de un millón de personas a pie firme seis, ocho, más horas. Sobrio círculo irregular achicharrado al sol. Y otra vez esa oferta del maní, oferta del tacón provocativo y de increíbles taxis: nada delata que lo son.

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