Históricamente, siempre ha sido así: el aprovechamiento abusivo, cruel,espantoso de los débiles. El engaño para con los que están en la necesidad extrema, o para con los que sumidos en la miseria buscan un porvenir mejor, a costa de la renuncia a sus raíces, a su tierra, a sus familias, amigos y vecinos. Como decía Rosalía de Castro: “¡Cuánto deben padecer en tí, oh, Patria/ si ya tus hijos sin dolor te dejan!”. O Felipe Trigo, en Jarrapellejos: “Se estaba tan mal aquí, con frío, con suciedad, matándose a trabajar… que nada más malo es arriesgarse con el cambio, que nada se perdiera con marcharse al mismo infierno”.
Y siempre hay alguien que entona los cantos de sirena, convence a los que han de agarrarse a cualquier trozo de esperanza, embolsándose a cambio sustanciosas cantidades de dinero, conseguidas por las víctimas tras incontables sacrificios. O les hipotecan el futuro con obligaciones económicas y servidumbres que les convierten en esclavos. Los “ganchos”, como se les llamaba en España a finales de siglo XIX, o “capataces de cerdos”, como se les denominó en China a mediados de ese mismo siglo, ofrecían una especie de paraíso en las tierras de promisión. Y casi siempre llegaban al infierno, al trabajo agotador a cambio de un salario miserable, a la trata de blancas, al abandono en un medio hostil,fuera de sus hábitos e incluso idioma. Ilegales, clandestinos.
Desolados y hambrientos. Arruinados económica, anímicamente. Muertos tantas veces en la travesía. “Son sometidos -denunciaba el periódico extremeño EL ORDEN el 23 de septiembre de 1889- a guisa de sufridos esclavos, a fuertes e insoportables trabajos para reintegrarse de este modo del anticipo del pasaje que les hiciera la compañia explotadora”. Y prosigue el redactor, tras una visita a Buenos Aires: “Vi cuatro mil españoles llorando amargamente su fatal engaño, y deseando volver a su país”, cosa que no podían hacer al estar totalmente en la miseria. ¡Quién nos lo iba a decir hace un par de décadas!
Somos ahora, en Extremadura, destino de buen número de aquellas pobres víctimas. Vienen de África, vienen de Suramérica, vienen de la Europa descompuesta del Este, abandonados a su mala suerte. Ante ello, resulta imprescindible una campaña de los organismos internacionales competentes, bajo el auspicio de la propia ONU, que impida la sangría, esta rapiña bestial, ese engaño que clava en las entrañas de los pobres el puñal de la desesperanza. Y, en tanto, es necesario que nosotros nos enfrentemos al problema con la serenidad y la solidaridad que cuando nosotros fuimos engañados en América en el siglo XIX y en Europa durante parte del XX hubiéramos agradecido tanto, erradicando los brotes de xenofobia y de racismo que alarmantemente vemos enraizar, aunque embrionariamente todavía.
