DEL AUTOBÚS PIRATA A LOS CAYUCOS – por Moisés Cayetano Rosado

CUANDO a mediados de los cincuenta, pasados diez años de la devastadora II Guerra Mundial, Europa comienza a recomponerse y Alemania, Francia, Bélgica, Holanda experimentan una increíble prosperidad industrial que se iba acelerando por momentos, el mundo mediterráneo ve la ocasión de sacudirse el fantasma de la pobreza, el hambre, el desempleo, afrontando la aventura de un éxodo masivo que produjo en un par de décadas más de cuarenta millones de desplazamientos.

Eran los tiempos de aquellos vagones de tercera, repletos de italianos, griegos, españoles, portugueses , marroquíes, argelinos, turcos de mirada asustada, rostro contraído, atillo a las espaldas o maletón de tabla, que dejaban atrás a su familia para buscar trabajo, soñando bien con un hogar futuro en Centroeuropa o bien con el ahorro suficiente, pasados varios años, como para instalarse en su tierra, montar algún negocio, adquirir propiedades y alejarse así de la miseria.

Más de diez millones de españoles, de una población de apenas treinta millones a mediados de los años sesenta, se vieron involucrados en un proceso migratorio que en buena parte fue interior: del centro y sur hacia las zonas industriales de Cataluña, País Vasco, Asturias y Valencia -además de Madrid- principalmente. Tanto aluvión de personas, familias enteras en esta emigración interior, creó enormes problemas de acomodo, de asentamiento en barrios nuevos, no planificados, que crecían de manera incontrolable, sin dotaciones, sin servicios El mismo gobierno que había fomentado esta movilidad que una industrialización asimétrica necesitaba, tomó medidas radicales para evitar los desplazamientos: en las estaciones de tren y de autobuses de los puntos más atractivos del País Vasco, de Cataluña la policía ‘reembarcaba’ -con billete de vuelta obligatorio- a los nuevos emigrantes que no podían acreditar una anterior residencia en la zona de acogida.

En Europa se establecieron cupos, aunque siguió existiendo hasta mediados de los años setenta una importante emigración clandestina; se reforzó la policía de fronteras y se reglamentó muy restrictivamente la emigración asistida. Pero sólo la crisis económica mundial de 1973 y su agravamiento en 1979 cortaron definitivamente el trasvase poblacional norte-sur del Mediterráneo, favorecido ello por una cierta prosperidad de las antiguas zonas emisoras.

¿Cuántos de los 650.000 habitantes que perdió Extremadura entre 1955 y 1975 cruzaron la Meseta en aquellos autobuses que legalmente eran ‘transportes discrecionales’, algo así como ‘turísticos’, haciendo de un tirón el camino hacia Gijón, Bilbao, Barcelona, Zaragoza, Valencia -algunos sólo a Madrid; otros incluso hasta París y más- en su búsqueda laboral y en las soñadas vacaciones anuales, bianuales que les recompensaban en su desarraigo y su dolor! Aquellos ‘autobuses-pirata’, como les llamábamos, suplían nuestra falta de infraestructura de transportes, acercando en unas cuantas horas de agitada incomodidad a los emigrantes hasta este ‘paraíso perdido’, que agigantaba sus valores naturales en la forzada lejanía.

Los años ochenta y los noventa crearon como una especie de vacío en este desbocado mundo de la emigración. Nunca absoluto, como un volcán en transitoria calma, humeante y de cuando en cuando lanzando sus bramidos: los desplazamientos, aunque de forma selectiva, también continuaron. Pero, eso sí, no se produjo la ansiada vuelta, el regreso definitivo con que soñó una mayoría. Europa está llena de emigrantes retornados que nunca volvieron. La España industrializada, de andaluces, castellanos, gallegos, extremeños cuyos hijos son ya de la ‘nueva tierra’, no sólo de adopción sino también de nacimiento.

Mas este nuevo siglo nos trae la insólita novedad de otra oleada migratoria, indiscriminada, de más al sur y el este todavía: subsaharianos, latinoamericanos, húngaros, rumanos que llaman a nuestras propias puertas, desde donde se nos despidió tantas veces en los siglos XVI y XVII camino de América, así como de nuevo en el XIX y principios del XX con el mismo destino, cambiado después por Europa y el este industrial de la Península.

Siempre ‘nuevos conquistadores’, ‘otros conquistadores’ como aquellos «que otros días/ trunfaron en América», que escribió Luis Chamizo. Legión de conquistadores en busca de la conquista de su empleo, «su aceite verde,/ pa’ echársela al pan», que diría Salvador Távora. En carabelas, durante aquella mitificada Edad Moderna; en autobús pirata por nuestros años cincuenta y sesenta; andando, en camiones de doble fondo, pateras, cayucos, lo que sea, con la nueva oleada de otro ciclo que se inicia. Y, otra vez más, se quieren poner puertas al campo para impedir que el hambre cree la alucinación del paraíso en los que han oído tambores de prosperidad en nuestra tierra, tan herida por tantas pasadas migraciones.

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