Las víctimas
Así, no es extraño que surja de nuestros literatos un canto de dolor por las víctimas. Por los que sufren la opresión, los desengaños, la represión a veces tan brutal y tan definitiva. Víctimas con nombre y apellidos en unos casos, como el que nos retrata el gran poeta José Carlos Ary dos Santos, referido a Catarina Eufémia, una mártir alentejana por las luchas jornaleras, asesinada a quemarropa por un oficial de la Guardia Nacional Republicana en los tiempos de Salazar cuando se manifestaba en una protesta campesina. O víctimas colectivas, como los “los parados”, a los que canta el poeta extremeño Luis Álvarez Lencero con un dolorido desgarro, por su situación desesperada.
Con la dulzura y la fuerza que lo caracteriza, escribe José Carlos Ary dos Santos:
(Gravura de José Dias Coelho sobre o assassínio de Catarina Eufémia.
Também ele viria a ser assassinado pela PIDE)
que medeia entre nós e o passado
dessa palabra polvo da recusa
de um povo desgraçado.
Da palavra saudade a mais bonita
a mais prenha de pranto a mais novelo
da língua portuguesa fiz a fita
encarnada que ponho no cabelo.
Trança de trigo roxo Catarina
morrendo alpendurada
do alto de uma foice.
Soror Saudade Viva assassinada
pelas balas do sol
na culatra da noite.
Meu amor. Minha espiga. Meu herói.
Meu homem. Meu rapaz. Minha mulher
de corpo inteiro como ninguém foi
de pedra e alma como ninguém quer.
Y Luis Álvarez Lencero, arrollador siempre, dedica sus versos a los hombres que buscan un jornal que no les llega:
En la plaza del pueblo
No trabajan, no tienen
quien les algún trabajo.
Yo no sé qué pan comen,
porque el pan de los amos
se está poniendo duro
y el comerlo hace daño.
¿Qué piensan estos hombres
que nacieron esclavos?
La libertad se gana
cara a cara ante el látigo.
Pero están en la plaza
con ojos entornados
a vender los sudores
por jornales baratos.
La tierra
Hay, en todos estos autores “rayanos” o que sienten un amor profundo por esta zona dura de planicies arrasadas, de encinas, pastizales, duro calor de estío y unos inviernos largos de vientos que hielan las manos que recogen aceitunas y cuidan del ganado – ¡y qué felices si lo pueden hacer y así aseguran el pan de los que forman su familia!-, un amor intenso por la tierra, por esta tierra parda, sedienta y desolada. Y así, la poetisa de Vila Viçosa Florbela Espanca le dedicó, entre otros tantos, este hermoso soneto:
Horas mortas… Curvada aos pés do Monte
a planicie é um brasido… e, torturadas,
as árvores sangrentas, revoltadas,
gritam a Deus a bênção duma fonte!
E quando, manhã alta, o sol posponte
a oiro a giesta, a arder, pleas estradas,
esfíngicas, recortam desgreñadas
os trágicos perfis no horizonte!
Árvores! Corações, almas que choram,
almas iguais à minha, almas que imploram
en vão remédio para tanta mágoa!
Árvores! Não choreis! Olía e vêde:
– Também ando a gritar, morta de sede,
pedindo a Deus a minha gota de água!
Soneto musicado para cantarlo como un fado revulsivo, extraordinario, en la voz -por ejemplo de Teresa Silva Carvalho, que “resucitó” para finales del siglo XX este soneto del primer tercio del siglo, tan vigente, tan actual.
En este lado extremeño, el poeta y cantautor Pablo Guerrero hará lo propio referido a Extremadura, componiendo sublimes versos en aquellos años inquietos de la “expectativa de cambios”, cuando en los últimos tiempos de la dictadura se imponía la protesta en el verso y la canción:
Extremadura,
campo de toros heridos
que no braman.
Ocultarán el gemido
de su garganta.
Extremadura,
hombres que rezan a Dios
para que llueva,
pero quieren dejar segura
la cosecha.
Extremadura,
soledad llena de encinas
sobre campos con veredas,
¿por qué se fueron los hombres
de tu tierra?
Extremadura,
tierra de conquistadores
que apenas te dieron nada.
¡Ay! mi Extremadura amarga.
¡Ay! mi Extremadura,
levántate y anda.
Multitud de poetas, cantautores, llevarían sus versos y sus voces por los pueblos de Extremadura en aquellos años transmitiendo un mensaje similar, con mayor o menor fortuna. Eran los mismos años en que en Alentejo se asistía al mayor movimiento campesino de su historia: los años 1974, 1975 y 1976, tan ilusionantes, aunque también tan difíciles, y en muchos sentidos -como se vio- frustrantes. No salieron, al final, las cosas como se pensaba, y una vez más la posesión de la tierra y la riqueza continuaron con los mismos, aunque sí se recuperó la libertad, tan largamente secuestrada por nuestras respectivas dictaduras coetáneas de más de cuarenta años en medio de un siglo convulso y cambiante. El papel de los escritores, a un lado y otro de la frontera, fue ciertamente decisivo a la hora de remover conciencias; respondía al movimiento intelectual y artístico surgido con el “mayo del 68” y en nuestras regiones tuvo una importante representación.
El hombre
Por eso, nuestros poetas de “la raya” cantan al hombre, con ilusión y con protesta; con esperanza y con nuevas exigencias.
El alentejano António Murteira, que había conocido muy bien los tiempos crueles de la represión salazarista y ahora vivía el cambio del que era joven protagonista, escribe en su obra Dias felices:
Quando nos longos Invernos, sem trabalho e sem pão, os trabalhadores iam buscar uma taleiga de bolotas e um feixe de lenha aos latifúndios que cercavam a aldeia, para mitigarem a fome e aquecerem os corpos magros e cansados, os senhores da terra mandavam a Guarda persegui-los e levá-los ao Posto. Muitas vezes eram espancados.
Antes da Reforma Agrária, por uma taleiga de “boletas” e uma “feixa” de lenha, os trabalhadores eram humillados e iam parar à prisão.
Él sabe que no todo funciona como el sueño revolucionario le indicaba, pero el paso ha sido de gigante. Y le inspira este mensaje que encierra un aire de optimismo comprensible. Pero el poeta es en el fondo, en la sustancia, inconformista. Lo es António Murteira en otros versos de esta misma obra, de otras más de sus obras. Lo son gran parte de esa generación nacida en la dictadura, por los años cuarenta y cincuenta, y que protagonizaron literaria o políticamente, o ambas cosas a la vez, la transición. Y así, ahí está el desafío del extremeño Jaime Álvarez Buiza, en unos versos memorables, recitados allá donde la “Fiesta de la Vendimia” de aquellos “años setenta” olvidaba al protagonista principal:
Y, ¿quién se acuerda de ti,
vendimiador esforzado,
que vas dejando tu cuerpo
en los racimos del amo?
Di, ¿quién se acuerda de ti?
Porque eres tú el que da,
con tu esfuerzo y tu sudor,
buen vino y mejor dinero
a las manos del señor;
porque eres tú quien se dobla
a recoger el racimo;
porque en el lagar lo pisas
para transformarlo en vino;
porque eres tú el que trabaja
mientras el dueño descansa
en un salón del casino;
porque tú eres el trabajo
que alimenta el capital,
¿cómo en ésta, que es tu fiesta,
no eres actor principal?
Vendimiador explotado:
lucha porque llegue el día,
el momento en que, por fin,
la fiesta que ahora te niegan
y la tierra que trabajas,
sean tan sólo para ti.
Los ancianos
Pero en toda esta historia “rayana” a mí siempre me han impresionado en especial los ancianos. Aquellos que sufrieron durante décadas y más décadas tantas condiciones adversas y los vemos aún arrastrando sus sombras, sus cuerpos curvados por las calles estrechas de nuestros pueblos. Y sobre todo las ancianas, con sus lutos superpuestos y su mirada amable, resignada, que han visto tanto mundo desde su puestos casi inmóvil.
El gran Eugénio de Andrade las retrata magistralmente. Nos dice en su libro Vertentes do olhar:
Quando voltar ao Alentejo as cigarras já terão morrido. Passaram o verão todo a transformar a luz em canto –não sei de destino mais glorioso. Quem lá encontraremos, pela certa, são aquelas mulheres envolvidas na sombra dos seus lutos, como se a terra lhes tivesse morrido e para todo o sempre se quedassem órfãs. Não as veremos apenas em Barrancos ou em Castro Laboreiro, elas estão em toda a parte onde nasça o sol: em Cória ou Catania, em Mistras ou Santa Clara del Cobre, em Varchats ou Beni Mellal, porque elas são as Mães. O olhar esperto ou sonelento, o corpo feito um espeto ou mal podendo com as carnes, elas são as Mães. A tua; a minha, se não tivera morrido tão cedo, sem tempo para que o rosto viesse a ser lavrado pelo vento. Probablemente estão aí desde a primeira estrela. E o que elas duram!
O en su otro libro Rente ao dizer nos las presenta en estos breves versos conmovedores:
Há muito que são velhas, vestidas
de preto até à alma.
Contra o muro
defendem-se do sol de pedra;
ao lume
furtam-se ao frio do mundo.
Ainda têm nome? Ninguém
pergunta ninguém responde.
A lingua, pedra também.
Sin duda, estas ancianas tiernas y dolientes, que a veces nos parecen esas sombras que penan por las calles desiertas, torcidas, empedradas de los pueblos como las mujeres que describe el mexicano Juan Rulfo en su novela “mágica” Pedro Páramo o que recuerda de su juventud Gabriel García Márquez en su libro de memorias Vivir para contarla. Sí, son universales en su desenvolvimiento y humildad, en su poder de evocación de todo el dolor y la nostalgia que acumula el mundo; pero en nuestra “raya” surgen con una fuerza extraordinaria. Yo las he visto así, a un lado y a otro de nuestra planicie compartida, de nuestros pueblecitos de historia, cal y chimeneas:
suben la calle arriba. Están sentadas
algunas sombras más, como candiles,
como antorchas sin luz, carbonizadas.
Sostienen con sus manos de raíces
las cuentas de un rosario, la toquilla
que ya perdió su negro y es un brillo
de polvo, de mugre, de miseria
la tela despuntada.
Detrás lucen macetas, delante, en la pared,
por las ventanas carcomidas;
geranios que empeñan su verdor y cuelgan
por todos los lienzos desconchados,
irrumpen en balcones, en la sombra
terrosa del castillo.
Su carta está jugada. Apenas unas voces
tan viejas como ellas
salen de la taberna, con música a trasmano.
Luego vendrá el silencio
y se abrirá, como una aurora enloquecida
la inmensa soledad.
Apenas un autillo
devolverá el saludo a los suspiros
que quedan como polvo de una historia
que ya no se repite
y es ceniza tan sólo entre sus manos.
Recuerdo que la visión primera que me inspiraba estas ideas me surgió en Terena. En la Rua Directa, que conduce desde la Igreja Matriz al Castillo medieval; allí, en una loma en medio del llano centroalentejano. Pero era igual de frente, al otro lado, en Alconchel. O más arriba, en Juromenha, y de la otra parte, en Olivenza. O más dentro, en Montemor-o-Novo; tal vez en Medellín. Por no decir en Marvão o en Valencia de Alcántara. O Diana Velha, o Coria… La raya, nuestra raya. Su gente, nuestra gente. La vida, nuestra vida como fuente de vida, fuente de inspiración.





