SÁBADO EN ESTREMOZ Y VILA VIÇOSA – por Moisés Cayetano Rosado

Esta sugerencia que hago para un sábado cualquiera, se hace ahora más apetecible, cuando los días ya se alargan, sin que nos agobie ni el frío que dejamos atrás ni el calor que vendrá luego.

De mañana: el mercado al aire libre en el Rossio de Estremoz: tomar unas farturas (churros grandes y gruesos) en una de las dos casetas artesanales, entre los puestos de frutas, verduras, legumbres, huevos, animales domésticos vivos…, paseando tranquilo por medio de estos tenderetes de campesinos de la zona.
Continuar enfrente, a ambos lados del edificio de la Câmara Municipal (bellísimo Convento dos Congregados, en mármol blanco, curvado y vertical, comenzado a construir en 1698), deambulando por entre puestos de quesos, embutidos, más frutas y verduras, dulces artesanales, aceites, etc., para ir completando compras domésticas.
Seguir hasta el centro de la Praça contemplando antigüedades a la venta, libros “de viejo”, todo tipo de cachivaches, donde a veces encuentro cosas de indudable interés.
Creo que es muy buena hora las 12’00 de Portugal (las 13’00 horas españolas), para subir  hacia la cerca medieval de 22 torres circulares, para admirar la portentosa Torre de Menagem -con 27 metros de altura-, construida en 1260; las pequeñas ruelinhas con puertas ojivales; el gran mirador hacia la penillanura, con la estatua estilizada de la Rainha Santa Isabel…
Bajar luego por las sucesivas cinturas de murallas completadas en el siglo XVII, con motivo de la Guerra de Restauração, de casi 13 kilómetros de perímetro (¡solo acompañaré unas centenas de metros!), para desembocar en Casa do Pixa Negra, el entrañable restaurante del que he hablado hace muy pocos días en la Rua Magalhães de Lima (antiga Rua das Freiras), donde saborear la más auténtica cocina alentejana y familiar.
Después, un paseo de “descarga” hasta la Igreja de S. Francisco, de fachada barroca e interior gótico, al lado del Quartel dos Dragões de Olivença, acercándonos hasta la Porta de Santa Catarina (s. XVII) y baluarte que rodea a la Plaza de toros; luego, de nuevo al Rossio, para tomar el coche y marchar hacia Vila Viçosa.
De Vila Viçosa todos hablamos del Palacio Ducal, y en efecto hay que detenerse en su magnífica explanada, fotografiar la fachada con sus tres hermosos órdenes de pilastras (dórico, jónico y corintio), así como la enorme estatua ecuestre de D. João IV en el centro. Pero yo me empeño en subir hasta su cerca medieval; su par de calles de portadas góticas; su Igreja Matriz recia y hermosa; el Palacio artillado de impresionante foso y cañoneras; los restos de la fortificación abaluartada, diseñada por Nicolau de Langres, como la de Estremoz, tras intervención del jesuita Cosmander.
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Bajar por la Porta de Évora hacia la Praça da República, espaciosa, tan vistosa desde lo alto del cerro fortificado. Y allí, descansar en la Pastelaria Azul, donde saborear un buen café con leite o un chá de limão, reforzado con el dulce conventual hecho con hilos de huevo, azúcar, almendra, harina fina: las adornadas “tibornas”, contundentes, apetitosas, reparadoras como pocos pasteles lo puedan ser.
Una vuelta final por las calles palaciegas de los alrededores, llenas de elegancia, magnífico patrimonio urbano civil y religioso. Y terminar en la Pousada -antiguo convento real de As Chagas de Cristo, mandado construir por D. Jaime, IV Duque de Bragança, en el siglo XVI-, uno de los remansos de paz y de belleza más acogedores de Portugal.
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Al retornar, entre Vila Viçosa y Borba, es atractivo parar en el camino y asomarse -prudentemente- a las abismales canteras de mármol, que contrastan con los montículos de residuos que a su lado se elevan y ven en la distancia. Borba también merece otra parada, ¡pero, en Portugal todo merece una parada! Y es que habrá que buscar ocasión para tantos de los múltiples tesoros ofrecidos.

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