UN EMBLEMA POÉTICO FEMENINO EN LA POESÍA EXTREMEÑA – por Moisés Cayetano Rosado

 

 

Carolina Coronado Romero de Tejada, nacida en Almendralejo (Badajoz) el  12 de diciembre de 1820, murióImagem1 en Lisboa el 15 de enero de 1911.Considerada como la equivalente extremeña de otras autoras románticas coetáneas como la gallega Rosalía de Castro y muy cercana al estilo poético de la alentejana Florbela Espanca, tuvo muchos rasgos poéticos y vitales que le aproximan al sevillano Gustavo Adolfo Bécquer. Gran sonetista, en una de sus composiciones glosa al río Gévora (que desemboca en el Guadiana, en la ciudad de Badajoz, donde quiso ofrecérsele un homenaje que declinó precisamente con estos versos memorables). Residía entonces en Lisboa (Portugal era su “segunda patria”), pues su ideología progresista, revolucionaria, le obligó al exilio.

Carolina Coronado.

Retrato de de Federico Madrazo Küntz

Fondos del Museo del Prado

Una corona, no; dadme una rama

de la adelfa del Gévora querido

y mi genio, si hay genio, habrá obtenido

un galardón más grande que la fama.

No importa al porvenir cómo se llama

la que el mundo, decís, que dio al olvido;

de mi patria, en el alma está escondido

ese nombre que aún vive, sufre y ama.

Os oigo desde aquí, desde aquí os veo

y de vosotros hablo con las olas

que me dicen en lenguas españolas,

vuestra alma, vuestra fe, vuestro deseo.

Y siente que mi espíritu es más fuerte,

en esta vida que parece muerte.

 

A ella le dedicaría el gran poeta romántico José de Espronceda, nacido también en Almendralejo, en 1808, los siguientes versos:

A CAROLINA CORONADO …
A Carolina Coronado después de leída su composición “A la palma”. Dicen que tienes trece primaveras  y eres portento de hermosura ya,  y que en tus grandes ojos reverberas  la lumbre de los astros inmortal.  Juro a tus plantas que insensato he sido  de placer en placer corriendo en pos,  cuando en el mismo valle hemos nacido,  niña gentil, para adorarnos, dos.  Torrentes brota de armonía el alma;  huyamos a los bosques a cantar.  Dénos la sombra tu inocente palma,  y reposo tu virgen soledad.  Mas ¡ay! perdona virginal capullo,  cierra tu cáliz a mi loco amor.  Que nacimos de un aura al mismo arrullo,  para ser, yo el insecto, tú la flor.

 

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