DIA MUNDIAL DO TEATRO – El teatro, una fuerza insumisa – por Josep A. Vidal

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“Né de l’instinct d’imitation, le théâtre est un art aussi ancien que l’humanité.
[…] il est absurde de prophétiser périodiquement la mort du théâtre. Né avec les hommes, il disparaîtra avec eux et le rideau sera alors baissé, sans rappel, sans appel, à jamais !”
Le Théâtre. Encyclopédie Du Monde Actuel. (Dirigida por Charles-Henri Favrod). París, 1976. Le livre de Poche, núm. 4461; p. 9 y 38.

 

 

Una de las múltiples convenciones hondamente arraigadas en el imaginario de nuestra cultura sitúa los orígenes del teatro en las celebraciones dionisíacas de la antigua Grecia, a partir de las cuales se destilan las teorías sobre la compartimentación del género teatral entre tragedia y comedia.Imagem5

Esta simplificación académica se ha utilizado ampliamente y de modo eficaz para explicar una determinada teoría del teatro que garantiza la nobleza de sus orígenes enraizándolo en el mundo helénico y haciendo coincidir su primer y definitorio momento de esplendor con la gran época de la cultura clásica, en la que florecen la filosofía, las artes y la democracia. Y ese origen nos complace, incluso hasta el extremo de cerrar los ojos a otras evidencias que nos obligarían a remontarnos más allá. Nos sentimos cómodos en ese imaginario de nuestra cultura, que nos concede el privilegio de exhibir antecedentes tan esplendorosos.

La convención del origen helénico no deja de ser cierta si reducimos el concepto de teatro a lo que de aquel supuesto momento fundacional se deriva. Pero, cuando pretendemos seguir la evolución del género estrictamente a partir de aquel origen, nos vemos obligados a olvidar, dejar de lado o sacrificar como innobles innumerables formas y esencias dramáticas o teatrales que no han conseguido nunca hacerse un espacio en el canon del género y que nos impiden hoy tener una visión integral, o cuando menos extensa, de la trayectoria y la evolución del arte dramático en todas sus diversas manifestaciones, e incluso nos dificultan o impiden percibir su esencia misma, que nos llega deformada por convencionalismos, prejuicios y cánones literarios, interpretativos y escénicos.

Nadie puede pretender negar el componente literario de una determinada concreción –género o subgénero– teatral, pero hay que clamar necesariamente contra quienes pretenden conceder a esa concreción particular de algo más amplio la naturaleza y la representación del teatro y del arte dramático en exclusiva. Cuanto más convencional o conforme a los cánones literarios específicos para el género es el texto teatral más se aleja de la esencia del teatro. Los autores dramáticos de mayor consideración, y me permito tomar a Shakespeare como paradigma, no lo son por haber escrito desde las convenciones literarias, sino porque, pese a respetarlas más o menos, han conseguido colocar el verbo, la palabra misma, como expresión esencial de la condición humana, a veces indómita, imprevisible, en el núcleo de la concepción dramática, y con ello han recuperado una parte de la esencia del teatro.1

En su esencia, el teatro es, no solo imitación, sino desdoblamiento. Es una manifestación de la capacidad humana de verse a sí mismo como otro –es decir, de hacerse otro– y de poseer, hacerse suyo, interiorizar al otro o a lo otro. Los estudiosos de la evolución humana, que nos remiten ambiguamente a una fase primigenia que describen con rasgos pre-humanos, nos permiten imaginar un momento en ese proceso en el cual el ser humano se descubre como ser singular. El descubrimiento de la individualidad significa inseparablemente el descubrimiento de lo otro, de los otros. Mismidad y alteridad son descubrimientos o aprendizajes inseparables uno del otro.

Los libros que recogen la sabiduría de la antigüedad suelen referirse a ese momento como el instante fundacional de la condición humana, de la que dimanan la socialización y, necesariamente, la civilización y la cultura.2

La imitación de la naturaleza, seres y elementos, significa el posicionamiento frente a lo otro. La condición de distinto permite, a la vez, la introspección y la proyección, la extrospección y la apropiación o la interiorización de lo extraño. Y es ahí, en ese juego exploratorio, de descubrimiento y de conocimiento, esencialmente social y civilizador, donde creo que debe situarse el origen, en esencia, del teatro, entendiéndolo en un sentido mucho más extenso, mucho más integral de aquel otro con que lo ha consagrado una tradición culturalista esencialmente literaria.3

Es este el ámbito en el que pienso que debemos situar hoy las múltiples facetas del arte dramático. Es de aquí, de su condición originaria de motor humanizador y civilizador, de aquella fuerza primigenia irreductible, de donde surge su capacidad crítica –la capacidad de objetivación que Brecht considera di-versión–, su potencial de descubrimiento, el influjo de atracción, provocación y complicidad que ejerce sobre nosotros y, con formas particulares, sobre distintos grupos humanos.

Si la poesía es, en palabras de Miguel Hernández, “un arma cargada de futuro”, el teatro es un arma cargada de indómita fuerza original, esencialmente humanizadora y, pese a quien pese, de naturaleza radicalmente transformadora y, a menudo, subversora. Nada tiene de extraño, pues, que desde el statu quo se haya pretendido domesticar el potencial crítico del arte dramático promoviendo, mimando y amparando unas determinadas formas teatrales –como se ha hecho en otros ámbitos de la creación artística, y también de la literaria– más o menos dóciles a la preservación de determinados intereses y valores. Un esfuerzo, por cierto, presente ya en la democracia ateniense, que tuvo su continuidad en la protección de ciertos espectáculos de masas en la antigua Roma y que está presente hoy no solo en las políticas de protección y subvenciones al teatro sino también mediante estrategias de control menos evidentes y probablemente mucho más perniciosas, como la distribución de espacios, el control de circuitos, las normativas de seguridad, las cargas impositivas, la difusión de modelos culturales de prestigio y desprestigio, la permeabilidad o impermeabilidad de los grandes medios de comunicación, la potenciación de la imagen de solidez y profesionalidad de ciertas formas culturales frente a la precariedad, la marginalidad y la falta de rigor que se atribuye a otras…

Pero esto llevaría nuestra reflexión hacia otros ámbitos que van más allá de la pretensión de este texto. Dejo, pues, al lector la tarea, si lo desea, de continuar la reflexión.

Josep A. Vidal

  1. Otros casos, emblemáticos de la convención teatral, como podrían ser la Commedia dell’Arte o las obras de Molière, no me parece que sirvan para desmentir esta apreciación. Desde los convencionalismos de la Commedia llega al espectador de hoy una explosión desenfadada de libertad, y el teatro de Molière, con toda su carga literaria, adquiere gran parte de su eficacia de la condición de actor, más que de autor, de Molière, lo cual significa un nivel de complicidad directa con el espectador, es decir de “fusión” con “los otros”, que tiene características teatrales específicas y primigenias frente a los condicionamientos de la creación literaria.
 
  1. La Biblia, como referente más conocido, nos sirve como ilustración. Así, en el Génesis, en el instante creacional, el hombre, aún ignorante de todo, incluso de sí mismo, es enfrentado a “lo otro”: “Yahvé Dios, que formó de la tierra todos los animales del campo y todas las aves del cielo los condujo ante el hombre para ver cómo los llamaba y para que todo animal viviente tuviera por nombre aquel con que le llamara. Y el hombre llamó por su nombre a todos los animales y a las aves del cielo y a las bestias del campo.” (Gn 2, 19-20)
 
  1. Esta concepción hermana el teatro con las demás artes y, de modo particular, con las artes plásticas, con todos aquellos componentes de las manifestaciones culturales basados en la imitación, la manipulación, la transformación del entorno y la creación de contextos inéditos, en mayor o menor grado, para las relaciones humanas con el medio natural y social.

1 Comment

  1. Texto esplêndido! Luminoso, brilhante, perfeito!. Lembrou-me a “boutade” inteligente do nosso Ariano Suassuna, grande escritor e dramaturgo que nos deixou no ano passado. Suassuna começou uma aula dizendo assim: “Dizem que o teatro começou na Grécia. Começou na Grécia o teatro grego!” Pois, não poderíamos dizer que as pinturas rupestres já são um prenúncio de representação do outro? E as danças populares do Nordeste brasileiro ou as celebrações chinesas, quando atores se vestem de bois ou de dragões, isso também não é teatro? E os rituais dos indígenas da Amazônia?É verdade que o teatro nasceu com a vida e com ela morrerá.
    Obrigada, Josep A.Vidal, por sua aula magnífica! E obrigada à Viagem dos Argonautas e aos organizadores deste belíssimo “seminário” sobre o Teatro.
    Caloroso abraço,

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