DIÁSPORA. UN ÚLTIMO VISTAZO POR LA HABANA, por Moisés Cayetano Rosado

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VUELTA VELOZ PARA EL TURISTA EMOCIONADO.

¡Hay en La Habana tanto taxista improvisado! Tanto taxista sin cartel en su rodante chatarrería, ofreciendo cualquier cosa, el servicio más insospechado, la aventura más ingenua y más extraña, más patriótica y más pecaminosa: una parada con documentada fantasía en el Museo de la Revolución y el Memorial Granma, camino siempre del Floridita, o el paso subterráneo de la Bahía, apareciendo en el Castillo de los Tres Reyes del Morro al lado de la impresionante Fortaleza de San Carlos y San Severino de La Cabaña (en donde invariablemente, a las nueve de la tarde, de la noche, asistiremos al “cañonazo de las nueve”, aviso rememorado del cierre de la ciudad).

El guiño venial de la santería de Regla, también en la Bahía; o cuando no, cuando sí, toda esta gama de cuerpos y colores, de flores juveniles para llevarse en ramo de gran conquistador amorenado en las cercanas playas del Este, bien condimentado con langosta, papas, cerdo, papaya, tabaco y ron. Y por la noche, ese final redondo de controladas aventuras en el inmenso cabaret de Tropicana, al oeste de la ciudad, en Marianao.

Escalinata de la Universidad de La Habana
Escalinata de la Universidad de La Habana

LA UNIVERSIDAD.

Pero subiendo nuevamente al norte, recuperando el esplendor del Vedado, ha de atraernos con su sobria majestad la Universidad, la mañosa Escuela de Derecho levantada en tiempos del Machado. Silenciosa y ajena a los bullicios del avispero de hoteles y turistas, de quienes se aparta tras de su inmensa escalinata, al medio de la cual descansa el “Alma Mater”, con los brazos abiertos, fraternales.

Quien pasee por el campus y penetre en los enormes corredores, en las aulas amplísimas; quien se envuelva en los libros, los documentos increíbles que lo circundan todo; quien respire su aire de quietud y reflexión… puede olvidarse que estuvo en la refriega de La Habana y tal vez se sienta trasplantado a un paraíso incontaminado del saber. ¿Dónde quedó el danzón, los colorines mínimos apretando cuerpos restallantes, la provocativa sensualidad de nutridas multitudes que viven en la calle, toman, alternan, imaginan, inventan y no paran?

Me llama abajo la atención el monumento a Julio Antonio Mella, líder estudiantil de los años veinte, mártir de las luchas contra la dictadura. ¿Contra cuál dictadura? ¿Quién en los años veinte pensaba con sus botas, pisaba con sus botas, mandaba con sus botas de montar a los demás? Es lo mismo: Gerardo Machado en este caso (el arzobispo de La Habana había pontificado: “Dios en el cielo y Machado en Cuba”); pero da igual: antes lo hubiera hecho Alfredo Zayas, Fulgencio Batista después, ¡cualquiera!, el dios de turno en La Habana, el dios Saturno devorando a los guajiros, al mambí que avanza y planta cara.

DE NUEVO EL MALECÓN.

Hay que bajar de nuevo, con tiempo, al Malecón para atrapar los brillos de la puesta. Para coger al sol en despedida, marcando la curva del rompiente y el regreso abarrotado de las guaguas que reparten sudor, amores e inquietudes por la red laberíntica de pueblos pegados, de barrios crecidos alrededor del presentido cuerno de la abundancia que pueda ser La Habana. Y en los ojos del niño que se acerca y te pide bolígrafos, libretas, un par de caramelos, mirando limpiamente desde la sal marina de su cara, vigilado por la multicolor cuadrilla de compañeros confundidos en cercanos soportales, dispuestos a abordarte si esta empresa se salda con el éxito, verás ese tesón por superarse y fugazmente dulcificar la amarga lucha de los débiles.

Playas del Este
Playas del Este

NOSTÁLGICO ¡HASTA LUEGO!

La magia del zurcido e inmenso caserío te invita a involucrarte. Bajar, volver de nuevo. Sentir los latidos de esta ciudad, serena y bullanguera. Triste como su mar de despedidas; alegre como la música a gritos que sale de las casas, de las ajadas casas que se caen a pedazos en pleno corazón urbano declarado “Patrimonio de la Humanidad”. Volver, como un hijo perdido, como un súbdito eterno de esta reina en harapos, la más bella, la más lujosa en medio de la ruina.

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