Raúl Iturra Nieto, haga un caballero
(Adão Cruz)
Decía el Abuelo Aragonés, de Huesca, España, a su pequeño nieto, rubio, vestidosiempre de blanco en trajes de Villela, cuando lo quería exhibir a sus amigos ya la familia. Tenía el pequeño, como hábito reiterado, sentarse en el borde deun paragüero, una pieza de mueble antiguo, traído desde lejos, como si fuera era parte de la familia, Como si fuera persona, tanto gustaba el abuelo de esa reliquia familiar del siglo XVIII que lo cuidaba como si fuera una santa reliquia. Además, era el lugar en el que el pequeño nieto, por capricho se sentaba siempre en el inmenso salón. No permitía que nadie se le acercara. Era su torre de Pisa. Pequeño como era, lo dominaba como su territorio, su lugar de calma y placer, sentimientos propios que los adultos no conseguían entender. Ni pretendían. Sentado en una esquina cruzaba sus piernas regordetas, con dificultad, una encima de la otra, las manos entrelazadas sobre las rodillas y pensaba y pensaba, o por lo menos esa impresión daba a entender. La mirada distante, hurgando el vacio, imitaba al abuelo, persona santa para él, porque no estaba siempre a acariciar, besuquear, abrazar. Lo dejaba en su santa libertad de optar. Las horas pasaban en cuanto el vivía el placer delo silencio en la luz mortecina del atardecer. El abuelo lo miraba y no hablaba para no entrometerse en esa profunda meditación. Gozaba del placer del silencio del niño y fingía leer un periódico para espiar la cara seria, el cabello rizado y la ropa impecable, mudada todos los días. Parecía el juego del gato y el rato. El abuelo leía, él callaba y lo veía cruzar las largas piernas sobre su mecedora de trescientos años. Silla que no hacía ruido en su balancear, excepto la madera que hablaba en su cansancio de ser tan movida.
El nieto adoraba al abuelo por ese respeto a su silencio. Dentro del mismo salón, lo hijos de quince años miraban, calaban e jugaban con él, si el niño losaceptase.
Había días en que sin decir palabras, tomaba la mano de la tía más nueva y la llevaba hasta la larga escala de tres subidas, para ir a caminar por la calle y observar a la gente con curiosidad tratando de entenderlas en sus corridas por la calle Victoria, nombre dado a la reina de Inglaterra, ese ejemplo, decían, de ética, que gobernó las islas británicas y sus colonias por más de 60 años. Para la familia, de la Corte de España, era un ejemplo de pulcritud, sin saber que tras el luto guardado, esa reina y emperatriz tenía su moral, que el pueblo no sabía Uno de sus hijos extracurriculares, vivía en la ciudad del abuelo, Mr Davies era llamado, de porte talentoso, elegante y silencioso.
De tantos ejemplos, el pequeño que vivía más en la casa vieja que en la de sus padres, aprendió, con mucho esfuerzo, a cruzar las piernas, imitando a su reliquia, ese abuelo que adoraba, por existir en él un carácter dulce y querido. Fue quién le ayudó a cruzar las piernas y guardar silencio, sin saber que ese silencio seria una realidad convertida en saber, generosidad y, especialmente, de ser solidario con los que nada sabían. Republicano y revolucionario, esos sentimientos pasaron al nieto por osmosis de las
conversaciones con los amigos y los republicanos de la familia. Su país estaba dividió en dos: los que apoyaban la monarquía, y los que querían tener un gobernante escogido, no impuesto por causas históricas. Au cuándo nunca loviera, la madre era libertaria y autónoma, como su marido. Ideas que solo en elanálisis de la mente podemos saber cómo se transmiten. Trabajo que en adulto, el nieto sin abuelo, porque los tiempos pasan y nos llevan a los que más queremos, quedando con nosotros el sentimiento heredado de confrontar la vida in chistar, como el nieto y su madre hicieron, sin saber que fabricaban no a un señor, pero sí a un revoltoso que ha pasado más de cincuenta años en la tierra de nadie, en la tierra de los pobres, de los sin techo, de los que bebían y el nieto rescataba de su embriaguez, defendiendo sus derechos.
El nieto aprendió a cruzar las piernas y los brazos, aprendidos de ese ángel llamado abuelo. Ha sido y es un señor, como el abuelo, que se jugaba entero para contrariar las desdichas de la familia.
Y parao aquí, a pensar en mi compañera de viaje, que me llevaba a tierras distantes, sola o con el abuelo y su mujer. Bien sabe ella que, como el abuelo, el nieto pasó a ser un luchador, especialmente en su vejez, como el abuelo lo era….


