LITERATURA Y COMPROMISO – 3 – Moisés Cayetano Rosado

3. COMIENZOS DEL SIGLO XX EN LA RAYA.

A principios del siglo XX, el extremeño Felipe Trigo escribirá obras de amplísima difusión en la época, que son la más clara denuncia de injusticias, del caciquismo en los pueblos de su tierra, de la tremenda división de la riqueza, del atraso y la necesidad extrema que lleva al hambre, la enfermedad, las vejaciones, la emigración.

Pobre Patria -escribe en la novela “Jarrapellejos”- tanto más digna de cariño cuanto más decaída a la presente condición por torpezas de sus hombres!… Leguas y leguas de rañas, de estériles jarales, que se pudieran roturar; tierras que debieran cambiarse de cultivo; latifundios a repartir entre los pobres; saltos de agua en futura industria utilizables, y puntos de la ribera de más sencilla acometida para el riego de los campos…

 

Se trata de un auténtico programa agrario para una región en manos de unos pocos, que la mantienen improductiva, mientras los más pasan calamidades y han de someterse al capricho de los dueños de tierras y de honras, que no conciben la manifestación de una mínima queja:

– ¿Qué quieren? ¿Qué piden?
– ¡No sé! –dijo el alcalde.
– No se les entiende.
– A ver que abramos el balcón –decidió Jarrapellejos.

Asomáronse. En la confusión horrenda pudieron escuchar lo que pedían: “¡Pan! ¡Pan! ¡Abajo los ricos miserables! ¡Abajo las limosnas!… ¡Que nos entreguen el pósito…!” Y, efectivamente, uniendo la acción a la palabra, contra el pósito, anejo de la misma edificación municipal, concentraban las pedradas y el asalto. Un cuarto de hora transcurrió, sin que aquello llevara trazas de calmarse. Antes al revés, sin freno, sin nadie que les impusiera orden, un grupo se destacó como con ánimos de invadir las dos tiendas de ultramarinos que había en la plaza.

Felipe Trigo expone con crudeza y realismo la situación campesina de comienzos de siglo XX, que no es otra cosa que la continuada miseria de su historia. Y ese compromiso de su pluma no impide que se presente bajo una escritura limpia, de agradable lectura, de belleza formal.

Igual podremos ver en los escritores de la misma época al otro lado de la raya. Muchos van a tocar, analizar, denunciar, situaciones y problemáticas similares. Así, Manuel Ribeiro, en su “Planicie Heróica”, escrita hace ahora 100 años, nos dejó estas reflexiones memorables sobre los campesinos del Alentejo:

A todos ruía uma ambição: -ter. Ter terra, uma morada de casas, carro e parelha de bestas. Mas, por desgraça, a terra estava ainda em regime latifundiário. Alguns lordes 15
dominicais, que ninguém conhecia, que nunca ninguém vira, senhoreavam as mayores herdades da redondeza, todas grandes como condados, e estendia o temor da sua soberania absoluta por tudo quanto a vista abarcava, léguas e léguas cuadradas de montado e lavra. Ninguém se insurgia. Tudo achava legítima a posse: cada um é señor daquilo que é seu. Mas roía-os o desespero desta sina maldita que lhes fechavam a eles e a seus filos, como fechara já a seus pais, a posse daquela terra que eles tinham criado e feito com tanto esforço e amor, a terra que era o seu sangue e vida, e que um qualquer que a não conhecia nem andava nela, podia orgullosamente dizer: É minha! – e deitá-los para fora dela, quanto muito bem quisesse.

Más delicada, romántica, suave en la forma, es su contemporánea Florbela Espanca, la poetisa de Vila Viçosa, una extraordinaria “sonetista” que cantó como pocos al ser profundo alentejano y sabe exponer sublimemente sus sufrimientos, sueños, necesidades, esperanzas:

Horas mortas… Curvada aos pés do Monte
a planicie é um brasido…e, torturadas,
as arvores sangrentas, revoltadas,
gritam a Deus a benção duma fonte!

E quando, manhã alta, o sol posponte
a oiro a giesta, a arder, pelas estradas,
esfíngicas, recortam desgrenhadas
os trágicos perfis no horizonte!

Árvores! Corações, almas que choram,
almas iguais à minha, almas que imploram
em vão remédio para tanta mágoa!

Árvores! Não choreis! Olhai e vede:
– Também ando a gritar, morta de sede,
pedindo a Deus a minha gota de água!

 

Pero, claro, ¿qué esperanzas? El periodista Luis Bello recorrió en 1926 un buen número de pueblos extremeños y algunos alentejanos, publicando por entregas sus impresiones en el periódico “El Sol”, de Madrid, 16
y al siguiente año en libro; ahí, con un estilo directo, llano, muy cuidado, preciso y objetivo, nos ha dejado testimonios tan emotivos como éste:

El término tiene muchos eriales, peñas, charcas y lagunas. Es pobre. Ello explica que vayan tantos muchachos descalzos a la escuela. Pero no se crea que a Malpartida le falta buena voluntad. He visto la escuela de D. Manuel Juárez, antiguo pósito, con formidables pilastrones que sostienen las bóvedas, propias, no de una escuela, sino de un calabozo inquisitorial. Pero, con ser vieja, no la cambiaba por la nueva de 1923. Ésta no tiene ventilación. Es ancha, fría. El suelo, de cemento, está en algunos sitios, no ya húmedo, sino encharcado, y los niños descalzos, muchos con las huellas inequívocas del paludismo, soportan mal el frío de diciembre, y tosen.

Y esas desgracias le llevan a veces a desesperar. Y sin abandonar el cuidado de su estilo subjetiviza el mensaje, toma partido, expone un sordo reproche, viendo oscuro el futuro de los que en teoría lo tienen por delante:

¿Qué importa el mejor plan de enseñanza? Diez maestros -pobres- para diez escuelitas de pobres en ciudad industrial de doce mil habitantes, pueden hacer muy poco. Señor Filipe Chavais, profesor primario oficial de Portalegre -¡tan correcto, tan inteligente, tan agudo!-. ¡Sr. Cesáreo Augusto Marques, compañero de lucha: los tiempos son malos. La escuela se ve obligada a esperar. A un lado y a otro de la frontera, ¡paciencia!

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