Alentejo y Extremadura -y lo mismo ocurre con la Beira Baixa, lindante con el norte cacereño- constituyen dos regiones claramente agrícolas durante toda la Edad Contemporánea. Así, mientras en Europa Occidental y la mayor parte de España los siglos XIX y XX son dos centurias marcadas por las sucesivas revoluciones industriales de la máquina de vapor, motor de gasolina y electricidad, era atómica e invasión de la tecnología de computadores, en esta zona suroccidental del continente serán todavía de luchas por la posesión de la tierra y supervivencia campesina, que marcan sus principales acontecimientos autóctonos.
Las desamortizaciones de la propiedad agrícola eclesiástica y civil de todo el siglo XIX, las revueltas de jornaleros y yunteros que acompañan a lo anterior, la organización y manifestaciones del movimiento campesino de finales del siglo XIX y todo el siglo XX, los intentos y fugaces reformas agrarias y repartos de tierras de la II República española -1931 a 1936- y Revolución de los Claveles en Portugal -1974/1975-, la emigración rural -en especial de 1955 a 1975- y la implantación de la Política Agrícola Común Europea desde los años ochenta del siglo XX, serán los hitos fundamentales en esta macrozona, mayor que Bélgica y Holanda juntas.
Las desamortizaciones del siglo XIX.
La propiedad de la tierra en Alentejo y Extremadura -siempre podemos hablar también de la Beira Baixa- venía históricamente condicionada por la geomorfología y edafología del territorio (grandes dehesas y pastizales mediterráneos de penillanuras con suelo vegetal débil, de sustrato granítico y pizarroso) y el sistema de repoblación y reparto tras la reconquista cristiana de los siglos XII y XIII (adjudicación a las poderosas Órdenes Militares del Temple, Santiago y Alcántara, así como a grandes señores civiles y eclesiásticos). De esta manera, se forman fundamentalmente dos grupos desiguales que se reafirman en la Edad Moderna: los grandes propietarios de predios inmensos y los campesinos dependientes, siempre al nivel de la subsistencia, miserables, sojuzgados por los anteriores, soñando con una mínima propiedad que les libere, al menos parcialmente, de las servidumbres señoriales. No es de extrañar, por tanto, su alto grado de participación en las conquistas y colonizaciones de Ultramar, para cumplir su sueño, incluida la grandeza, que siempre vieron sirviéndola desde su pobreza irredenta.
Cuando Inglaterra inicia una nueva revolución que enseguida se extiende a toda Europa: el maquinismo, la industria, el auge de las concentraciones urbanas y la formación creciente del proletariado, en Alentejo y Extremadura no se sentirá ni remotamente el eco de los grandes cambios. Mientras en las Islas Británicas, Francia, Alemania, Países Bajos, Bélgica… Madrid, Cataluña, País Vasco, Lisboa, Oporto… cambian espectacularmente en sus formas de producción, actividades laborales, fuentes de creación de riqueza, en este suroeste peninsular sigue siendo la tierra quien protagoniza los acontecimientos.
Es el siglo XIX la centuria de las desamortizaciones eclesiástica y civil. De la puesta en venta de tierras e inmuebles del clero -tanto regular como secular-, de órdenes militares, bienes municipales, de la Corona y públicos en general. Es decir, de aquellos donde el campesinado encontraba un resquicio de autonomía, pues tanto el clero como los municipios -principales poseedores a esas alturas de las propiedades en venta- arrendaban fragmentariamente sus fincas, las sometían a explotación comunal o daban trabajo masivo en temporadas de siembra, recolección, podas, etc. sin especial discriminación. Cuando la burguesía agraria urbana y los grandes propietarios rurales se hagan con las tierras puestas en venta, concentrando aún más la propiedad rústica, se incrementarán el absentismo, los baldíos, los cotos de caza, las fincas de recreo…, bajando la productividad, el empleo, la remuneración a los campesinos sin tierras contratados… y aumentarán la coacción, el control de descontentos, los abusos y represalias en general.
En España, se comienza con la venta de bienes de los jesuitas y reparto de propiedades municipales en la temprana fecha de 1766; ya en 1798 y hasta 1808, Godoy llevará a efecto la desamortización de parte de los bienes de la iglesia. En Portugal, de 1798 a 1820, se ponen en venta algunas encomiendas de las órdenes militares y de bienes de la Corona.
Durante el Trienio Liberal (1821-1823), que coincide en ambos países, se ponen a la vez en venta parte de los bienes del clero regular. En España, con la reimplantación del absolutismo en la “década ominosa”, se suspende el proceso, pero el país vecino lo continúa -en medio de sus guerras civiles entre absolutistas y liberales-. Con Isabel II en el trono español y María II en el portugués, prosiguen las respectivas desamortizaciones; profunda la de Mendizábal y Espartero de 1834-18541, de bienes del clero secular y regular, y de las órdenes militares; más lenta, pero sin interrupción, las del clero, la Corona portuguesa y de la Universidad de Coimbra2.
La segunda mitad del siglo XIX vine marcada en España por la desamortización de bienes municipales, también del clero, Instrucción Pública, beneficencia y la Corona, llevada a efecto por Madoz, importantísima en volumen. En Portugal, continúa la venta de bienes religiosos, baldíos municipales y de Instrucción Pública, aunque con mucho menos impacto. Así, hasta bien entrado el siglo XX en que se desamortizan montes que anteriormente fueron excluidos.
Más de 1.300.000 has. serían puestas en venta en Extremadura (casi el 32% de la superficie total extremeña), correspondiendo a fincas eclesiásticas el 56% del número de fincas, si bien dos tercios de la superficie eran de bienes de Propios y Comunes3.
El 10% de las fincas vendidas y los valores totales de remate en Portugal correspondieron al alto y medio Alentejo. Van a ser las regiones portuguesas de Lisboa, Évora y Portalegre las tres con los valores de desamortización más elevados4.
En conclusión, Alentejo y Extremadura, a causa de las desamortizaciones de todo el siglo XIX verán concentrarse y privatizarse aún más la posesión de la tierra, lo que ya venía siendo seña de identidad desde el propio modelo medieval de repoblación.
Se reafirma así la confirmación de una clase dominante, minoritaria y poderosa, y de otra dominada, abrumadoramente mayoritaria e indigente.
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1 Para profundizar, ver: GARCÍA PÉREZ, J.: La desamortización eclesiástica y civil en la provincia de Cáceres (1836-1870). Institución Cultural El Brocense. Diputación Provincial. Cáceres, 1993. Y NARANJO SANGUINO, M.A.: La desamortización de Mendizábal-Espartero en la provincia de Badajoz (1836-1852). Diputación Provincial. Badajoz, 1997.
2 Ver ESPINHA DA SILVEIRA, L.: La desamortización en Portugal, en Rueda Hernanz, G., ed., La desamortización en la Península Ibérica. Revista Ayer, núm. 9. Madrid.
3 GARCÍA PÉREZ, J.: Desamortizaciones, en Gran Enciclopedia de Extremadura, tomo II, Pgs. 67-68.
4 NARANJO SANGUINO, M.A.: Política y desamortización en la raya. Estado de la cuestión. O Pelourinho, núm. 11. Badajoz, 2001. Pgs. 15-24.
