Manuel Pecellín Lancharro ha tenido el acierto de reunir, en tres volúmenes, bajo el título Literatura en Extremadura, los mejores autores nacidos o que han desarrollado su obra en esta región, y que han volcado sus sentimientos en páginas inolvidables, algunas de las cuales rescata en esta trilogía, publicada a principios de los años ochenta. Ya en 1985 nos da otra obra fundamental: Extremadura vista por…, que reúne textos de 26 autores de fuera, varios extranjeros, donde se da una visión histórica, socio-económica fundamentalmente, de Extremadura y de los extremeños, muy precisa y elocuente. La selección de Pecellín es ideal para estudiar nuestro proceso como pueblo, la identidad de Extremadura. Y ha servido de pauta a otros estudiosos para su labor de recopilación, como es el caso de Manuel Simón Viola, que está abundando en la idea de Manuel Pecellín.
En Alentejo no contamos con unos estudios tan desarrollados, pero sí hay una obra esencial que bien podría ampliarse y actualizarse. Se trata de la Antología de temática alentejana, realizada por Joaquim A. Moura Fernandes, que reúne a 19 autores de dentro y fuera de la región, desde Camões, del siglo XVI, hasta David Mourao-Ferreira, nacido en 1927.
Estimo que estas obras recopilatorias de Pecellín y de Joaquim Moura deberían ser instrumentos imprescindibles en cualquier escuela, instituto, universidad, centro de estudios y de documentación, biblioteca, etc. de ambas regiones. Por la necesidad de conocimiento mutuo y por la precisión en la selección de textos que nos conducen a la apreciación de tantas similitudes, de tantos problemas y padecimientos y reivindicaciones comunes.
A todos les roía una ambición -traduzco de la obra Planicie Heróica (1927), de Manuel Ribeiro, seleccionada por J. Moura-: tener. Tener tierra, una casa, carro y pareja de bestias. Mas, por desgracia, la tierra estaba aún en régimen de latifundio. Algunos nobles, que nadie conocía, que nunca nadie vio, señoreaban las mayores propiedades de los contornos, todas grandes como condados, y extendían el temor de su soberanía absoluta por todo cuanto la vista abarcaba, leguas y leguas cuadradas de monte y tierras de labor. Nadie se rebelaba. Todo hallaba legítima la propiedad: cada uno es señor de aquello que es suyo. Mas les roía la desesperación de este sino maldito que les cerraba a ellos y a sus hijos, como cerrara ya a sus padres, la posesión de aquella tierra que era su sangre y su vida, y que un cualquiera que no la conocía ni andaba en ella, podía orgullosamente decir: “¡Es mía!”, y expulsarlos, cuando le viniera en gana.
