Manuel Pecellín rescata en su obra Extremadura vista por… un texto muy elocuente de Gerald Brenan, de 1943, de su libro The Spanish labryrinth que viene a redondear al anterior:
Viajando al sur del Tajo hacia La Mancha y Extremadura, se ve cómo las fincas aumentan de extensión y el número de pequeños propietarios y arrendatarios disminuye. Estas grandes fincas tienen origen diferente de las de Castilla la Vieja. Se constituyeron durante la segunda etapa de la Reconquista, entre 1085 y 1248, cuando los reyes de Castilla empezaron a incorporarse territorios que contaban ya con una población musulmana bien asentada. La tierra que iban conquistando era entregada, no a individuos de la nobleza, sino a las recién constituidas órdenes militares que, formando el núcleo principal de la caballería del reino, eran más capaces de defenderlas. Y en lugar de poblarlas a base de comunidades de campesinos libres, eran explotadas en parte con el trabajo de esclavos moros, y en parte con labradores que llegaban del norte; el resto lo dejaban de pastos.
Esta es la razón por la cual estas propiedades son mayores que las de Castilla la Vieja y están organizadas sobre base distinta. Su particular nombre, transmitido después a las haciendas esclavistas de las colonias americanas, era el de “encomiendas”. (Una “encomienda” era una extensión de terreno dada por el rey en “señorío”, o sea, con plenos derechos, por toda la vida o solamente por un cierto número de años. Se llamaba “comendador” a su dueño temporal, quien gozaba de todas o casi todas las prerrogativas reales. A partir del siglo XII las encomiendas se acabaron, salvo para las órdenes militares, en las cuales ésta era la forma reconocida de posesión territorial). En 1837 estas fincas fueron vendidas por el gobierno, y adquiridas, como hemos dicho ya, por la clase media de las ciudades. Un vistazo a la frontera desde los libros Las condiciones de vida en estos lugares son, en conjunto, peores que en Castilla la Vieja, puesto que la tierra es más pobre y la lluvia más escasa aún.
Proceso como de la adquisición de la tierra, del desigual reparto, que lleva a Brenan a afirmar:
Extremadura junto a la frontera con Portugal, es igualmente una región de latifundios y de tremenda pobreza.
No es de extrañar así la recurrente lucha por la reforma agraria, la continua esperanza en una revolución que no llega o cuando lo hace se frustra al final, es domeñada, domesticada, como una fiera herida.
Narra Pedro de Lorenzo en su obra Gran Café (y lo refleja Manuel Pecellín en su Literatura en Extremadura -tercer volumen-):
Pues ese otro año de 1933, que es al que me refiero, otra vez se fueron a las fincas. Y otra vez la Guardia Civil levantó atestado. Todo parecía igual. Pero a la mañana siguiente, la Guardia Civil mandó desalojar las tierras ocupadas. Había terrenos que no se cultivaban desde mediados de siglo XIX. Fincas de pastos y encina. La más parcelada ese año fue Las Golondrinas, lindera a La Quintana. Las Golondrinas es una dehesa enorme. Se les aconsejó, al echarlos, que aguardasen la reforma agraria. Y lo que ellos decían:
– Para entonces ya se ha pasado el tempero.
Sobre esa misma desesperanza escribe Saramago en Levantado do Chão:
Estaba el trigo en la tierra y no lo segaron, no lo dejan segar, cosechas abandonadas, y cuando los hombres van a pedir trabajo, No hay trabajo, qué es esto, qué liberación fue ésta, se va a acabar la guerra de África y no se acaba ésta del latifundio. Tanto se habló de mudanzas y esperanzas, salió la tropa de los cuarteles, se coronaron los cañones de rama de eucalipto y claveles encarnados, diga rojos, señora mía, diga rojos, que ahora ya se puede, andan ahí la radio y la televisión predicando democracias y otras igualdades, y yo quiero trabajar y no tengo dónde, quién me explica qué revolución es ésta.
