SESIMBRA, TESORO ESCONDIDO EN LA SERRA DA ARRÁBIDA – por Moisés Cayetano Rosado

Desde el estuario del río Sado hasta el del Tejo, tenemos un rosario de playas que son el destino más cercano de los veraneantes de Badajoz y de gran parte de Extremadura, al tiempo que cita obligada para los propios portugueses.

Inmediatamente después de Setúbal, comienza la intrincada y bellísima Serra da Arrábida, Parque Natural, que en su borde sur se arrima al mar por medio de pequeñas calas, en las que se disfruta del agua rodeados de intensos, apretados bosques de pinos y alcornoques.
La Serra da Arrábida, de donde procede el delicioso queso de Azeitão y espléndidos vinos de cosechas pequeñas y selectas, tiene un encanto natural que encontraremos en pocos lugares, con sus senderos sinuosos, intrincados cerros, pequeños pueblecitos, sosiego y paz inalterados en medio mismo del bullicio al borde de Setúbal y a un paso de la gran Lisboa.

Portinho da Arrábida, con su playa a medio camino entre Sétubal y Sesimbra y su Museo Oceanográfico en el Forte de Santa María -que vigila este entrante- es una buena opción de parada entre las múltiples del camino. Sus restaurantes, alzados sobre pilotes a la orilla del mar, ofrecen toda clase de pescados y mariscos asados y cocidos, para degustar bajo el azote de las olas y entre la espera de las múltiples gaviotas que vigilan nuestros movimientos.

Participando de su verdor -y anunciando otro espacio increíble de gigantescas piedras calizas con plegamientos aflorados al borde del mar-, la ciudad de Sesimbra. Precioso pueblo de pescadores, de una extensísima playa que termina en el puerto pesquero y queda recogida por las montañas que protegen la población como si fueran grandes manos formando un cuenco.

Sesimbra está escoltada desde lo alto por un magnífico castillo de origen musulmán, tomado en 1147 por D. Afonso Henriques, primer rey de Portugal. Rehabilitado en 1200 por el rey D. Sancho I, tras intensas guerras con los almohades, pasó a manos de la Orden de Santiago. Las vistas a la Serra da Arrábida y a Sesimbra desde allí son espectaculares, y el paseo por las laderas, muy cuidadas, resulta gratificante, con la visión del mar inmenso al fondo.

Abajo -cortando en dos la playa, en marea alta- está la Fortaleza de Santiago, mandada construir por el rey D. Manuel, concluída en 1648. Se mantuvo como fortaleza militar hasta 1832 y actualmente pertenece a la Guarda Fiscal, pero puede visitarse libremente durante gran parte del día. Hasta allí nos llega el olor irresistible de los asados de los múltiples restaurantes de la ciudad. Pescados y mariscos recién capturados son una tentadora oferta para el visitante, que aquí se encuentra en un paraíso gastronómico portuario, con precios razonables.

A unos doce kilómetros está el Cabo Espichel, cortado sobre el mar a una imponente altura, y desde donde vemos, diminutas, playitas que nos parecen como de juguete. Aquí podemos seguir las huellas de dinosaurios que poblaron la zona hace doscientos millones de años y encontrar -con un poco de suerte- algunos fósiles de ammonites y pedruscos calizos de caprichosos plegamientos en tirabuzón, rizo, espiral…

Desde este cabo hasta la misma desembocadura del Tajo, nuevamente las playas se dan la mano una a otra, entre escarpes calizos y de arenisca profundamente erosionados y de gran belleza: Praia de Albufeira, de suave inclinación arenosa hasta Caparica, con un fondo interior impresionante de relieve fósil, que posee la calificación de Paisagem Protegida. Sus cárcavas en abanico, iluminadas por el sol poniente, adquieren tonos anaranjados que dan la sensación de grandes masas de tierra encendida.

Lugares para pasear, recrearse en la fantasía de las rocas, respirar tranquilidad. A un paso mismo de allí, la Bahía del Tajo forma un mar interior que nos conduce hasta el bullicio de Lisboa.

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