EL FIN DEL FÚTBOL EN LA FORMA COMO LO CONOCÍAMOS, por JOSÉ DE SOUZA SILVA

El fin del fútbol en la forma como lo conocíamos

 

José de Souza Silva, brasileño – <josedesouzasilva@gmail.com>

 

El fútbol es hoy el zombi de un deporte sin alma. Vaga a la deriva sin rumbo claro a seguir ni puerto seguro a donde llegar. En la forma como lo conocíamos, el fútbol es hoy un fuego fatuo que se esfuma en la imaginación de las generaciones remanentes del siglo XX. Murió el fútbolespectáculo. En el camino oscuro del voraz capitalismo de hambre insaciable, todo lo sólido se desvanece en el aire y todo lo sagrado es profanado. Ha llegado la hora del fútbol. Tras penetrar los santuarios de los mundos natural y humano, el capitalismo se apropió del fútbol como espácio de acumulación. Como principio rector del fútbol, el mercado amputó su espíritu para que se desempeñe para el lucro y no para la alegría del pueblo. En Sudáfrica, que más parecía una Euro-Copa jugada con invitados especiales, hasta la emoción melódica de las hinchadas humanas fue reemplazada por el unísono sonido sintético de las irritantes vuvuzelas.

Ya no se juega el fútbol como antes. Lo que importa es el resultado, independiente de la forma para lograrlo. El drible ya no es el protagonista de un partido; el número de faltas supera el número de bellas jugadas. La habilidad ya no es el criterio para contratar a los jugadores, que ahora deben ser más altos y más fuertes para jugar el juego duro del fútbol-de-resultados. Pero la falta de espectáculo aumenta la violencia entre hinchadas insatisfechas. No vamos al estadio a apreciar el desempeño colectivo de nuestro equipo sino a ver estrellas solitarias de brillo efímero desfilar en el campo sin vínculo con su grupo. Estas estrellas salen del campo para brillar en anuncios publicitarios como Cannavaro de Italia que se desempeña mejor posando en calzoncillos para anuncios de televisión. En Sudáfrica, Cristiano Ronaldo de Portugal tenía tiempo para mirarse en la pantalla del estadio, mientras corría perdido como si nunca hubiera jugado fútbol.

En el fútbol-arte, jugadores-artistas como Maradona y Pelé tenían un brillo auténtico e inagotable que los acompañó a lo largo de sus espectaculares carreras, cuando jugaban para la alegría del pueblo, como lo hacía Garrincha (“alegria do povo”) de Brasil, y no perdieron su aura después de su retiro. Hoy, las estrellas artificiales raramente logran brillar por varios años, y pierden su aura aún en plena carrera, como Ronaldinho de Brasil y David Beckham de Inglaterra. Bajo el peso de un indecente contrato multimillonario y de un injusto salario estratosférico, el jugador de brillo fugaz no juega bien por su país; su buen desempeño es una exclusividad reservada para su clubapátrida. En la Copa de Sudáfrica, estas estrellas volvieron a sus clubs sin brillar por sus países, como Cristiano Ronaldo, el segundo “mejor jugador” del mundo, y otros sin ni siquiera hacer un gol, como Kaká de Brasil, Rooney de Inglaterra, Cannavaro de Italia y Ribery de Francia, todos ex–“mejores jugadores” del mundo, y hasta Messi de Argentina, el “mejor jugador” del mundo.

Perpleja, la humanidad asiste al ocaso del fútbol como fenómeno deportivo sociocultural y al alborear del fútbol comercial. En la Copa de 1970, el fútbol-espectáculo llegó al apogeo de su linda historia marcada por el desempeño de equipos nacionales cuyos resultados eran logrados generalmente con la gracia de dribles individuales y jugadas colectivas propias del fútbol-deequipo, lo que resultaba en el más bello espectáculo de este deporte. Aún cuando el resultado era 0x0, las hinchadas salían, la mayoría de las veces, satisfechas. En Sudáfrica, el mejor partido no fue la final, donde lo que brilló fueron las doce tarjetas amarillas y una roja, y la jugada que se quedará en la memoria de los televidentes no incluye la presencia de la bola. Fue la “patada voladora” de De Jong de Holanda contra el pecho de Xabi Alonso de España, replicando el grotesco espectáculo brindado por Zindane de Francia que, en el 2006, sorprendió al mundo cuando se despidió de su fútbol-arte con un patético cabezazo en el pecho del italiano Materazzi.

El brasileño João Avelange, Presidente de la FIFA por 24 años, fue el estratega de la penetración del capitalismo en el fútbol mundial, con el apoyo de contrapartes en países claves para el éxito de la iniciativa global, como en Brasil donde su ex-yerno, Ricardo Teixeira, ha sido el Presidente de la Federação Brasileira de Futebol (CBF) por más de 20 años. La corrupción fue la estratégia usada para minar el fútbol-espectáculo y parir el fútbol-comercial. A lo largo de los años 1980 y 1990, el fútbol-espectáculo fue sistemática y deliberadamente corrompido y destruido, mientras el fútbol-eficiencia fue fría y cuidadosamente cultivado como un negocio. Paulatinamente, la fuente de motivación para los nuevos talentos dejaron de ser sus sociedades y pasaron a ser los contratos en Dólares y, principalmente, en Euros. En Brasil, llegar a la selección brasileña ya no es el sueño máximo de los jóvenes talentos, sino ser contratados fuera del país.

El fútbol-comercial se encuentra en avanzado estado de institucionalización. De este fenómeno emergieron procesos de transnacionalización penetrados por la lógica de la mercancía y la inevitable desnacionalización del fútbol. Unos transnacionalizaron sus jugadores, como Argentina y Brasil, que venden jugadores-apátridas, y otros transnacionalizaron su fútbol, como España e Italia, que descontextualizaron y des-historializaron su fútbol-eficiencia. Estos países asisten a la decadencia de su selección nacional; aún cuando cuentan con ‘estrellas’ individuales, como Brasil en la Copa del 2006, porque éstos no logran conformar una ‘constelación’. Las estrellas del fútbol-eficiencia juegan para la televisión. Su desempeño debe ser apreciado y evaluado por los dirigentes y accionistas de sus clubs, y no más por las hinchadas de sus sociedades.

El fútbol-comercial es viabilizado por el jugador-mercancía que es premiado por su desempeño individual, y no por su contribución al desempeño del equipo. De eso resulta el individualismo egoísta en el equipo. Frente a varios adversarios, muchos prefieren perder la bola intentando un gol imposible que pasarla a otro que podría hacerlo por estar mejor ubicado. Obsesionado más con su contribución individual al resultado del partido que al desempeño del equipo, el jugadorapátrida privilegia la falta—sobre el drible—para asegurar un buen resultado para su club y no para su equipo. Si el jugador-mercancía avanza con la bola pero le falta habilidad para driblar un adversario, lo derrumba; si un adversario avanza con la bola y el jugador-mercancía no tiene habilidad para quitársela, lo derrumba. Por eso, en la Copa del 2010, ante la aburrida ausência de bellas jugadas, lo único que la televisión mostró repetidamente—como espectáculo—fue la falta como protagonista en la mayoría de los partidos, usando el efecto especial de la cámara lenta para “naturalizar”, banalizar e instituir la supremacía de la fuerza sobre la habilidad.

En los países que transnacionalizaron sus jugadores, como en Brasil, la selección es formada por jugadores-mercancía vinculados a clubs-apátridas, y por candidatos a jugadores-mercancía que desean ser contratados en el extranjero. No conforman un equipo. Compiten entre sí. Brasil ya no les emociona como fuente de motivación; el contrato en Euros es la fuente de pesadillas de los antiguos que no pueden perderlo, y de sueños de los novatos que anhelan lograrlo. Si forman sus selecciones nacionales con jugadores-apátridas, los países del fútbol-arte, como Argentina, no volverán a ser campeones del mundo, ni siquiera cuando sean anfitriones de la Copa, como Brasil no lo será en el 2014, a menos que (re)nacionalicen su fútbol y jugadores. En Sudáfrica, 19 brasileños naturalizados en otros países, uno en los EUA, jugaron sin la camisa verde-amarela.

El fútbol—eurocéntrico—jamás volverá a ser el mismo. Cambiadas por la FIFA, que patrocina el fútbol-comercial, las Copas serán entre corporaciones y no entre naciones, como en la Fórmula-1, donde la competencia es entre las escuderías-comerciales y no entre los pilotos-mercancía, que no representan a sus países sino a sus propietarios. En el pasado, imperios europeos colonizaron África, América Latina y Asia para aumentar su riqueza material saqueando tesoros locales. El proceso continúa. Los clubs europeos son imperios futbolísticos que saquean talentos locales en las mismas regiones. Así como Occidente no conquistó el mundo por su “superioridad natural”, la superioridad del fútbol europeo tampoco es “natural”. En la Euro-Copa, se asiste al fútbol en y no al fútbol de Europa. Reflejando el proceso de europeinización del fútbol-fuerza-eficiencia, las primeras Copas del siglo XXI anticiparon para el mundo cómo será el fútbol del futuro. El campo ya no será el teatro del espectáculo brindado por equipos que encantan al mundo con el arte de su fútbol. El campo será una arena comercial ocupada por gladiadores sin escrúpulos y estrelas sin encanto que denigran el deporte con faltas sin sentido. ¿Hasta cuándo? ¿A qué costo?

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