CARTA DE BARCELONA – Ay, gracias a Dios…! – por JOSEP A. VIDAL

 

 

Barcelona. Domingo, 29 de octubre, las 10.35. Me dirijo a la estación más próxima para coger el metro. Cuando llego, en la calle se reune un grupo numeroso de personas de todas las edades que probablemente han acordado congregarse allí para acudir a la manifestación que ha convocado Sociedad Civil Catalana, una plataforma unionista que se identifica con la extrema derecha. Esta identificación es rechazada por sus promotores, pero, sea como sea, en las iniciativas que ha promovido desde su fundación no han faltado nunca la presencia, la expresión e incluso el protagonismo de las formaciones ultraderechistas y del nacionalismo español más rancio. El progreso del proyecto independentista ha impulsado a sumarse a la iniciativa a miles de personas que han visto llegado el momento de manifestar su oposición a la independencia de Cataluña y su adhesión a ultranza a España en su unidad.

Acelero el paso para llegar al andén antes de que lo hagan los concentrados, portadores de banderas españolas que hacen ondear al ritmo de sus cánticos o que echan sobre los hombros a modo de capa, como ocurre también con la bandera “estelada” en las manifestaciones independentistas… Entre los concentrados hay un grupo especialmente exaltado, que canta a grito pelado y se acompaña con un  ruidoso repique de tambores. Como, según tengo por costumbre, pretendo leer durante el trayecto, intento zafarme de esa compañía que estalla frecuentemente en gritos, cánticos y estridencias. No lo consigo; en el mismo momento en que entro en el ascensor que me llevará al andén, el grupo de los concentrados empieza a descender por las escaleras, y llega al andén al mismo tiempo que yo, de modo que me veo rodeado de banderas y cánticos. A modo de ensayo o precalentamiento para la manifestación, los enardecidos nacionalistas españoles profieren gritos pidiendo “prisión” para el presidente de la Generalitat.

En el andén, mientras esperamos la llegada del convoy, el grupo más ruidoso va ensayando el repertorio de canciones: “Yo soy español, español, español...”, “Y viva España“, entre el persistente grito de “Puigdemont a prisión” y un no menos persistente “Na-na, na-na, na-na-na-na-na-nana, nananá, naná“, que es la letra con que suele cantarse el Himno español.  De pronto, las voces entonan el “Cara al Sol”, el himno de la Falange, el partido fascista que fundó José Antonio Primo de Rivera, precisamente un 29 de octubre, en 1933.

Ya en el interior del tren, los cánticos continúan, y el himno falangista reaparece intermitentemente. Resignado, me olvido totalmente de mi libro. A mi lado, una señora en la frontera de la primera ancianidad, eleva los ojos buscando los del hombre que la acompaña, probablemente su esposo, y suspira profundamente, al ver que el convoy se ha ido llenando de banderas españolas gracias a la llegada de grupos sucesivos que se añaden en cada estación del recorrido: “Ay, gracias a Dios, gracias a Dios“. Los pasajeros que, como yo, no participamos de la exaltación españolista, nos cruzamos miradas de complicidad con un sentido inequívoco: “Ja hi tornem a ser!”. Es decir, “Otra vez en las mismas“.

Me giro de cara a la puerta del vagón y, a través de los cristales intento evadirme contemplando la negrura del túnel por el que transitamos.

¿Cuántos años, cuántas décadas llevamos metidos en el túnel negro de aquel fascismo que se apoderó de España en los años convulsos del primer tercio del siglo pasado? Pronto hará un siglo. En los casi 40 años de franquismo, el régimen hizo suya la expresión del fascismo, los uniformes, los símbolos, los himnos, las consignas… Y fue conformando a ellos el “espíritu nacional”. En todas las escuelas y en todos los niveles se introdujo una asignatura insoslayable, “Formación del Espíritu Nacional”, que era impartida por militantes de Falange. Cabía suponer que, acabado el franquismo, cuarenta años de “tránsito” político de la mano de una Europa democrática tendrían que bastar para superar aquel lavado de cerebro sistemático al que la dictadura fascista sometió a los ciudadanos españoles. Era lo que cabía esperar. Y si era así, ¿cómo se explica que, cuando el nacionalismo español sale a la calle a manifestarse, no sea capaz de prescindir de la simbología de la dictadura y acabe adoptando como vía de expresión, en un momento u otro, con mayor o menor virulencia, los gritos, cánticos y gestos del fascismo? ¡Ochenta años después, y al cabo de cuarenta años de estar inscritos en el marco de las democracias occidentales! Y sobre todo, ¿cómo es que, cuando esos grupos minoritarios pero notables se expresan de ese modo no son repudiados por los mismos nacionalistas españoles, sino acogidos con… indulgencia –aunque podría decir también “con la simpatía” con que se acoge un bálsamo tranquilizador?

La democracia española nacida de lo que se llamó, con desmedida presunción, la Transición ha producido, en los cuarenta años de su existencia, un arraigo más bien tibio. En la dictadura el discurso franquista del nacionalcatolicismo y del fascismo quedaba contrastado por la militancia y la acción de las fuerzas de oposición, que crecían y se articulaban en una mayor o menor clandestinidad y mantenían movilizados sectores sociales cada vez más amplios; pero, con el espejismo de la transición se produjo una desmovilización global de la sociedad española, cada vez más indulgente y sometida a una política corta de miras, en la que predominaba la autosatisfacción nacionalista mientras se construían diques de tolerancia que permitían medrar a quienes habían ya medrado con el franquismo y a quienes, abandonada la vida militante en el  antifranquismo, corrieron a adherirse a la bonanza y a las oportunidades de enriquecimiento que les brindaba una sociedad indefensa y desestructurada. ¿O es que las dictaduras, y más si se perpetúan más allá de sí mismas, no dejan el país convertido en un erial?

La corrupción ha tejido redes escandalosamente densas en la política española durante años, y durante años la política y las instituciones han dejado perder la oportunidad de rearmar política y moralmente a la sociedad española. A quienes aprovechan la política para medrar, ya les está bien que la sociedad se adormezca, que se instalen los valores hedonistas, el individualismo, la competitividad, la insolidaridad; que los medios de comunicación se sometan a los intereses de los grandes grupos instalados a la sombra del poder y que difundan la superficialidad y la bobería generalizada, la prensa amarilla, la promoción de personajes sin ninguna altura moral y el acriticismo. Una sociedad conformista, preocupada exclusivamente por lo inmediato, es una sociedad dócil, fácil de manejar. Incluso en la crisis se muestra dócil, dispuesta a renunciar a derechos irrenunciables, a aceptar contratos de trabajo basura, a permitir que se le reduzcan los salarios a la mitad, a que el bienestar mínimo de que disfruta se vuelva inestable e inseguro hasta perder o poner en riesgo el derecho a la vivienda y a las garantías sociales… Es decir, dispuesta, como se ha demostrado, a considerar todos los embates y todos los castigos como algo no querido que debe superarse de manera individual. Es decir, una sociedad en la que cada uno busca lo suyo, cada uno defiende sus intereses independientemente de la lucha de los otros. Pero hasta los más ineptos saben que el individualismo es enemigo de la política, y que son necesarios ciertos aglutinantes que procuren cohesión social en momentos precisos. Si esos aglutinantes son ideológicos o de clase, serán una amenaza para la estabilidad de una práctica política condescendiente con la corrupción, y la situación de privilegio se volverá frágil. Por eso la fuerza de cohesión de las ideas se sustituye por aglutinantes emocionales. No es nada nuevo, lo inventaron ya en las antiguas civilizaciones.

Las emociones unen, aglutinan. Y no hay nada más intenso en el campo de las emociones que el amor apasionado y el odio igualmente apasionado. La exaltación patriótica es la emoción del amor, catalizada mediante el deporte (“la Roja”, por ejemplo) o de cualquier otra gloria nacional. Del mismo modo, en el extremo contrario, el enemigo común es la emoción del odio. Todas las sociedades son proclives a esas dos pasiones, amor patrio y odio a un enemigo común, pero no todas lo son con igual intensidad. Cuando una sociedad está bien construida, tiene una armadura democrática firme, tiene una estructura institucional sólidamente fundamentada, y tiene una conciencia solidaria, una coherencia crítica y ética, esas emociones pasionales pierden visceralidad y sus efectos son menos relevantes o incluso anecdóticos. Pero, cuando pasa lo contrario, cuando una sociedad ha descuidado su estructura interior, no ha profundizado en sus convicciones democráticas, no ha fundamentado sólidamente sus instituciones, no se ha armado moral, crítica e ideológicamente, cuando no se contempla a sí misma como un organismo diverso y solidario, los efectos de esas emociones, convertidas en fuerza dominante, son devastadores. En este caso, la sociedad, convencida de la presencia del enemigo –lo sea o no– se lanza a la calle al grito de “A por ellos”, saltándose todas las previas del derecho, de la razón, de la solidaridad, de la democracia y de la libertad. La destrucción, si puede ser, del enemigo y la humillación, si puede ser, de los vencidos se convierten en la única aspiración de esa sociedad patológica. En ese marco no puede haber ni análisis político, ni diálogo, ni acuerdo. Estamos solo en el terreno de las pasiones: enaltecer la patria y aplastar al enemigo, a cualquier precio, contra toda razón, contra todo derecho, contra todo principio.

Esta perversión emocional es la mejor tapadora de la corrupción sistémica en las sociedades, tanto si se llaman a sí mismas democracias como si son a ojos de otros dictaduras.

Esta es la oscuridad por la que transitamos, como el metro circula por este túnel negro mientras en sus vagones algunos exaltados cantan el “Cara al sol” y otros, indulgentes, lo consienten suspirando “Gracias a Dios, gracias a Dios“.

 

Josep A. Vidal

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