MEMORIAS DE UN EXTRANJERO EXTRAVAGANTE – 1 – Por Raúl Iturra

…dedico este texto de memorias a mis hermanos y sus descendientes, en mis últimos años de vida, recordando esos cortos años en que vivimos juntos, especialmente en la infancia y lo divertido que era jugar a la vida….ahora que ella va acabando para mí….los recuerdos y el cariño continúan vivos en estas letras…

 

I-El Pino

 

Era una alegría llegar a las trancas que impedía entrar al fundo. Del otro lado me esperaba mi amigo Sergio con mi caballo preparado, ensillado y con las riendas a ser masticadas por el blanco caballo que mi padre me regalara en el día en que cumplí cinco años. Le parecía ser una edad adecuada para andar montado sólo, sin ser un remolque para el caballo del segundo marido de mi abuela, su madre. Ese marido, Estanislao el Imponente, que mucha paciencia gastó conmigo, llevándome entre la estación y el fundo. Habituado estaba él a correr a caballo, sin que su cuerpo se moviera ni un milímetro al galopar, era grande y pesado el marido de la abuela, tenía que usar caballos fuertes para resistir el embate de esos ochenta kilos sobre el lomo. Era el tipo de caballo que el papá también sabía usar, grande, inmenso, galopante. Un tipo de animal que me daba cobijo cuando él me llevaba, con mis flacos tres años debajo de su manta, para no mojarme con la persistente lluvia del sur que no perdonaba a nadie, mucho menos en Concepción en que llover era un hábito. Un día en que no lloviera., era, prácticamente, un día santo, un día de descanso. Las beatas podían ir a su misa cuotidiana sin usar a ropa que las defendía de la humedad y sus consecuencias, catarros que no pasaban ni con jarabe de Santo Antonio, ni con velas encendidas al pié de la imagen de María Auxiliadora, el socorro de los pobres, de los que no tenían seguro social, ni maridos que las cobijara y las curara de todo mal, haciendo el amor. Intimidad que remediaba todos dos males y las dejaba contentas y risueñas durante un largo tiempo, un tiempo que de largo que era, cansaba a quién las oyera susurrar su pecado. Si no llovía, era la vida más alegre por todos los motivos.

 

Lluvia de la cual mi padre me cobijaba bajo su manta de Castilla, gruesa y fuerte: yo asomaba a cabeza por el buraco de la manta, solo por curiosidad de ver con quién este señor hablaba e bebía una pequeña copa de aguardiente para, decían todos, no mojarse por dentro. Las señoras, que lo conocían desde pequeño como el hijo del patrón Don Abuelo el Viejo, envejecidas también en esas alturas de la vida, aplaudían, decían es igual al patroncito, hasta parece un pollo escondido debajo de las alas de la gallina. El padre del Ingeniero, padre mío también y de muchos otros retoños de su matrimonio, tenía un automóvil, que cruzaba todos los barrancos, sin caer por la arcilla abajo: con tanto dinero que tenía, había mandado construir una vía segura, con cemento y puentes, que con el tiempo y la falta de uso, se habían deteriorado. Era un hombre lindo, rubio, de ojos azules que seducían a todas las mujeres que pasaban por su lado. El único hijo que tuvo dentro del matrimonio era como él, quien me llevaba a caballo, después de regalarme otro solo para mí, blanco, de la raza de los llamados pinto, proveniente de la caballeriza organizada por Don Abuelo el Viejo, para ser también montado solo por mí, a pesar de tener más hermanos que tenían derecho a caballos que no tocaban porque les daba miedo, tan solo por el hecho de ver al animal. Don Abuelo el Viejo había hecho más hijos, que eran presentados como los primos del único vástago por vía legal. Eran el resultado de sus seducciones y de despilfarrar el dinero que hasta del cielo le caía. Era, eso sí, como decimos en Chile, un amarrete: moneda que le cayera en sus manos, era de inmediato invertido en más casas, más tierras, más animales.

 

Como el mío que, aunque comprado por el Ingeniero, en los tiempos que Don Abuelo el Viejo ya no existía, derivaba de la caballeriza que había formado en su parte de la Hacienda, ese tercio de fundo, El Pino de nombre. De los otros dos tercios que formaban la hacienda, una merced de los tiempos de la colonización, uno había sido heredados por sus hermanos Luís, El Molino, ese tío abuelo Luís que nunca se casó, teniendo la sensatez de haber reconocido como su hijo a Ángel Huacho, ese primo rubio y de ojos azules como su padre y de toda la familia. El tercio llamado El Parrón, fue heredado por el otro hermano, hombre honrado y fiel, diferente a sus hermanos y casado con Doña Carolina, de la estirpe políticos liberales, ministros, diputados e Intendentes Pacheco Merino y que habría de ser su mujer y prácticamente la madre del hijo de su viudez, Lucrecia, a quién he llamado la Abuela Reina, y que el pequeño huérfano de madre, desde su más tierna edad, llamaba mamá. Cada fundo tenía un nombre que correspondía a lo que más resaltaba dentro de la tierra. En el Molino, había uno muy antiguo, hecho en piedra de granito, redondas y pesadas, que giraban al compás del río que las movían, siempre manipuladas por Ángel, la única entrada que el tío Luís tenía, no le gustaba trabajar, dormía, bebía, enamoraba, convidaba amigos. Si no fuera por Ángel, morían de hambre. El caso de El Pino y el Parrón, era diferente, se producía mucho vino, trigo, con creación de de animales caballar y vacas que producían más leche de lo que un bidón de 15 litros podía contener,.

1 Comment

  1. que entretenido, saber mas saber de nuestra historia y también contarle que aun existe el campo el Pino, el cual compartimos en familia Aravena Herrera, formada por Jose Angel Aravena Merino y Domitila Herrera Merino la cual tuvieron 9 hijos ,6 hombres y 3 mujeres

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