Saborear y caminar por la Raia/Raya – por Moisés Cayetano Rosado

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Lo he dicho muchas veces: Vivir en la Raya es como hacerlo en una especie de mundo mágico, de país de las mil y una maravillas. En breve tiempo, pasamos de un acompañamiento ambiental de voces en castellano a otro en portugués, como si todo se hubiera trastocado, pero entendiéndonos siempre cual si se nos hubiese dotado de un milagroso don de lenguas.

Pasamos de tomarnos nuestro café con leche, siempre sobrado de leche y un poco escasos de café, a ponernos delante de uma bica, mínimo café tan concentrado como solo nuestros vecinos consiguen hacer y únicamente en Portugal logra tomarse con un regusto que no defrauda nunca.

El pan de nuestro lado se ha ido haciendo excesivamente esponjoso y blando, a base de refinamientos de harinas; el portugués, más compacto y oscuro, conserva el sabor de los tiempos en que reinaba lo artesano.

De nuestras sopas caldosas pasamos a sus espesas açordas, como pasamos igualmente de estos fritos a esos asados, quedando el aceite para condimentar las ensaladas que acompañan siempre en Portugal y que en España se han ido perdiendo, como vamos perdiendo las huertas, por desgracia.

De nuestras calderetas de cordero vamos a sus ensopados de borrego, que siendo el mismo producto de base, obran siempre la sorpresa de un sabor tan distinto que parece que estamos ante carnes diferentes, no menos sabrosas la una que la otra.

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Algo que sí nos asemeja es el buche. Se come en muchos pueblos de la Raia/Raya luso-española. Un tesoro culinario que “serpentea” por la frontera y que, alejándonos de ella, pocos conocen. Es una mezcla de costillas, orejas, lengua, rabo, tripas… de cerdo, que -condimentada con pimentón rojo- se introduce en el propio buche del animal sacrificado. Bien atada la tripa, se pone a secar durante unos días.

Suele precederse la ingesta del buche con unas entradas de queso (¡qué maravilla los pequeños queijos alentejanos o los algo mayores extremeños, de oveja merina, bien curados!) y aceitunas rajadas o machadas. Los bocados de carne se “suavizan” con alguna verdura que refresque la garganta, preferiblemente lechuga/alfase rizada, preparada con aceite, vinagre y sal.

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En postres, la variedad puede abrumarnos, pero quedémonos con el “paso fronterizo” de la candelilla bañada en miel a la baba de camelo: ¡bien dulces la una y la otra, llamando a “regarlas” con alguna bebida, para facilitar su paso!

Caminamos sobre la línea del tiempo viendo cómo nos dejó marcados: aquellas luchas persistentes nos legan este patrimonio que se “encara” en un lado y otro de la Raya, preventivamente, preparado para cualquier ataque repentino en nuestras portentosas fortificaciones.

Y dejamos atrás nuestro flamenco y pasodobles, nuestras alegres jotas rayanas, para ir introduciéndonos en su sentido fado, en los profundos coros de cante alentejano.

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En cuestión de un momento, nos situamos al otro lado del espejo. En la otra cara de la misma moneda, que a veces se entremezclan y crean un producto renovado, llevándonos a nueva dimensión. Así es el caso de Olivenza, donde se encuentran “las hijas de España y nietas de Portugal” (según una de las jotas más conocidas del folklore extremeño), con sabores ambientales de las dos culturas, superpuestas.

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Pero que también se va dando en poblaciones de ambos lados, tan cercanas que se dan la mano, mojada la separación apenas por un río, como Tuy y Valença do Minho al norte fronterizo (Galicia y Minho), o Alcoutim y Sanlúcar de Guadiana en el sur (Algarve y Andalucía); otras veces, con una explanada que se acorta a base de construcciones acercándose, como ocurre con Badajoz y Elvas.

Nada más curioso que pasear al borde mismo de la Raya, a través de los campos, e ir saludando a caminantes de uno y otro lado, alternando los idiomas hermanados. Y comprobar que sucesivamente cambiamos de hora, como si pudiéramos hacer un viaje en el tiempo, retrocediendo y avanzando según nuestro gusto.

Pasear y comer en la Raia/Raya: un lujo humilde y rico al alcance de los que tenemos la suerte de vivir en lo que para nosotros no es la barrera que significan las fronteras.

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