(Continuação)
En esos días de sorpresa por el éxito de ganar unas elecciones para la Presidencia de la República y el incremento en la votación en las municipales de 1971, andábamos siempre el lado de los campesinos con un grupo de sacerdotes que eran los capellanes de los trabajadores de la tierra. Me junté a ellos, eran buenos amigos y me pedían que en las misas que celebraban los sábados en la tarde, en el momento de descanso del trabajador, explicara trozos de la Biblia, para así difundir la idea de que la vida iba a cambiar con el nuevo gobierno. Mi primera homilía fue, como bien recuerdo, el libro Éxodo . Hasta yo quedé sorprendido por mi interpretación. El hecho de ser un extranjero, mi forma de hablar y de vestir, despertaba el interés de los trabajadores. Era lo que me parecía que estaba a acontecer en Chile.
Los relatos del ÉXODO se mueven entre dos puntos geográficos precisos: Egipto y el Sinaí. Allí se desarrollaron los acontecimientos que hicieron de Israel el Pueblo de Dios: la salida de Egipto, el paso del Mar Rojo y la Alianza del Sinaí. El recuerdo de estos acontecimientos se grabó para siempre en la memoria de Israel, y se convirtió en el fundamento mismo de su fe. Por eso, el libro del Éxodo ocupa un lugar prominente entre todos los libros de la Biblia, y ha sido llamado con razón el “Evangelio” del Antiguo Testamento. Leer y hablar sobre el Éxodo, me daba la impresión de ser lo que en Chile estaba a acontecer. Especialmente cuando debatíamos con mis amigos sacerdotes, que interpretaban la realidad conforme le teoría patrística , lo que había sido heredado de los fundadores de la Iglesia Católica. Éramos socialistas , ya lo sabíamos. Por otras palabras, pensábamos conforme a un sistema de organización social y económico basado en la propiedad y administración colectiva o estatal de los medios de producción y en la regulación por el Estado de las actividades económicas y sociales, y la distribución de los bienes o movimiento político que intenta establecer, con diversos matices, este sistema. Sin embargo, ¿miembros de que tipo del movimiento socialista?
Había varias maneras de ser socialista, como la socialdemocracia disidencia del marxismo, consistente sobre todo en rechazar la orientación revolucionaria de la lucha de clases, y en propugnar una vía democrática hacia el socialismo. El tipo Durkheim de ser socialista. Esta era la forma de socialismo que encontramos en Allende y que nos llevó a elegirlo como Presidente de Chile. No queríamos guerra, ni queríamos lucha de clases. Sabíamos que había diversas clases de grupos humanos y mucha ansiedad por poseer medios de producción, con la idea de compartirlo lo que teníamos con quienes tenían menos bienes o medios de producción. Quien implantaba la lucha armada, era la burguesía cuando sabía que sus bienes eran arrebatados y transferidos a los pobres de la nación, pasando a ser ellos los proletarios. El problema era éste: cada uno de los sistemas derivados del socialismo que, al renunciar a la propiedad pública de los medios de producción, aunque no a su regulación y control, tienden a confundirse con el estado de bienestar capitalista. Eso, ni Allende ni nosotros. La vía chilena al socialismo a que aspiraba él y nosotros sus seguidores, era buscar la igualdad de bienestar y renunciar a la acumulación de bienes. Chile había sido y lo es aún, un país capitalista, con sus matices de colaborar en la elevación de los que menos tenían, con los que tenían más. Como digo al principio de este texto, un socialismo del tipo Babeuf y Maréchal: la igualdad provenía del autogobierno de las comunas o distritos.
Don Carlos sabía eso, razón por la cual no nos excomulgó cuando supo que habíamos fundado el movimiento cristianos para el socialismo, a pedido de Fidel Castro. Mi Obispo sabía que buscábamos la igualdad escrita por Babeuf en el manifiesto de los plebeyos en 1785, que precipitó una revolución y aconteció apenas una mudanza de personas dentro de las mismas clases. Antonio Gil Pérezagua, Hugo Gutiérrez y otros varios sacerdotes, mis amigos luchadores por el socialismo, nos enfrentamos con el Obispo en un debate público, pero sitio privado. En frente de nosotros estaban sentadas la jerarquías episcopales y en frente de todos ellos, Hugo y yo. Éramos pocos los de jerarquías partidarias que habíamos adherido a cristianos para el socialismo. Daba la impresión de ser una contradicción. De parte de la jerarquía católica, todos ellos nos acusaban de haber iniciado un movimiento subversivo para retirar de la propiedad que tenían, sus bienes, lo que era un pecado. Don Carlos habló con ese tono arrogante e irónico que usaba para hostilizar.
Me sentí hostilizado y hablé y nadie me podía parar. Mi conversación era sobre la igualdad de derechos humanos, sobre lo difícil que era poder enseñar al pobre pueblo, o al pueblo pobre, el abecedario de la igualdad y que la propiedad era para ser usada en beneficio de todos, que sabía que estaba en lo cierto porque el Espíritu Santo estaba tanto conmigo como con los Obispos ahí sentados, que era un soplo divinos que caía sobre todos desde que aceptáramos su existencia. Que los Obispos y su Conferencia estaban muy engañados al pensar que queríamos lucha civil, porque toda nuestra aspiración era la igualdad social.
Que reconocía que muchos trabajadores, al sentirse propietarios, se sentían como el patrón y hostilizaban a sus compañeros, dividiendo la tierra de la antigua unidad de en trozos adjudicados a diferentes personas, era la reforma campesina dentro de la reforma agraria, las dos una perversión del capital que reconocía que era un delito repartir una viña por surcos entre varios, que las mujeres solteras no tenían derecho a nada y eso era un castigo que las obligaba a casar por conveniencia con quién no amaban, para poder tener una parte del quiñón de bienes que nuestro Presidente andaba a repartir por el país. Don Carlos tentó hablar, yo estaba emocionado y con la adrenalina a correr por todo el cuerpo, diciéndole que si quería hablar, lo hiciera después, porque nos había lanzado una perorata de amenazas que asustaba al más fuerte. Acabé diciendo que pedía a su divinidad que lo perdonara por las injusticias que nos adjudicaba, porque en verdad, me parecía que la suya era diferente a la mía: mi divinidad entendía y no me acusaba, la suya estaba a defender a los que todo tenían.
Conocía bien a mi obispo y lo vi triste, me acerqué a él, le di la mano, de un empujón lo levanté, lo abracé y le dije que, excomulgados o no, él seguía siendo el hombre que admiraba. Lloramos los dos y una gran cantidad de aplausos vinieron de las dos bancadas de los jerarcas. No podía dejar de decir lo que dije y que transcribo a partir da mi memoria y de mis cuadernos para anotar la vida, que andan siempre conmigo.. En esos días, mi mujer y yo nos habíamos separado. Había problemas en la vida matrimonial que yo sabía y ella no sabía de mi seguridad de los hechos.
Era yo acompañado por una inglesa que andaba conmigo por Huilqilemu y oía mis quejas con santa paciencia, Corría el rumor de que éramos amantes. Me parece que los rumores son la peor manera de deshacer una amistad y romper la confianza dentro de la familia y con la amiga que creen en nosotros. Esta separación fue fruto de la hecatombe que vivíamos en Chile por el inminente estado de sitio de la burguesía para derrocar a Allende. A decir verdad, andábamos todos derrocados antes del golpe final: el tan hablado suicidio de Allende. Huilquilemu es una aldea que tiene el nombre en la lengua de la tierra o mapudungun, que en castellano chileno significa bosque de zorzales
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Emigración de un pueblo o de una muchedumbre de personas. Ciencia que tiene por objeto el conocimiento de la doctrina, obras y vidas de los Santos Padres. Teoría filosófica y política del filósofo alemán Karl Marx, que desarrolla y radicaliza los principios del socialismo. Nombre vulgar de varias aves paseriformes del mismo género que el mirlo. El común tiene el dorso de color pardo y el pecho claro con pequeñas motas. Vive en España durante el invierno. En Chile significa también papanatas. O persona simple y crédula o demasiado cándida y fácil de engañar.
