No faltaron las huelgas de protesta por la presencia en la provincia [de Badajoz] de obreros forasteros, en la mayoría de los casos portugueses, que invadían la región extremeña para ocuparse de las faenas agrícolas, con menores exigencias salariales.
Son los jornaleros, campesinos sin tierra de un lado y de otro, todos con el mismo problema cada día. Recuerdo, de pequeño, en mi pueblo, a esos grupos de hombres parados en la plaza, al lado de nuestra escuela destartalada y apestando a orines, que había sido antigua cárcel y cuyos barrotes daban a la calle, donde jugábamos en el recreo y meábamos contra la fachada pedregosa llena de churretones y mosquitos. Llevaban pantalón de pana, manos en los bolsillos, cigarros que se apagaban mucho, gorra y barba muy cerrada. Mi padre, ahora, tantos años después, me lo recuerda: era miseria, una gran miseria, alargando el cuello todos, haciéndose ver, destacando, cuando llegaba un capataz a contratar a los que le parecía, y señalaba con el dedo a unos cuantos que se apresuraban detrás de él, para trabajar ese día por un sueldo de pena. Y así una vez y otra hasta el infinito, pasando los niños de los palos del maestro, la tabla de multiplicar, los imposibles verbos, ríos, comarcas, capitales y héroes de conquista, a las manos hundidas en los bolsillos, el cigarro en el labio y esa inquietud por el pan de cada día, en tanto que las niñas, mujeres, quedaban en la casa, en los fogones, haciendo el milagro del cocido.
¿Qué otra cosa les era dado esperar? Había que tener, sobre todo, paciencia. Lo señala Luis Bello casi al final de su recorrido:
¿Qué importa el mejor plan de enseñanza? Diez maestros -pobres- para diez escuelitas de pobres en ciudad industrial de doce mil habitantes, pueden hacer muy poco. Señor Filipe Chavais, profesor primario oficial de Portalegre -¡tan correcto, tan inteligente, tan agudo! ¡Sr. Cesáreo Augusto Marques, compañero de lucha: los tiempos son malos. La escuela se ve obligada a esperar. A un lado y a otro de la frontera, ¡paciencia!
Pero estas tierras, esta planicie regada por los ríos Tajo y Guadiana, coronada de sierras y empedrada de granito y pizarra, es dura, recia, ardiente en sus veranos largos, secos. ¡Cómo retrata este microcosmos la poetisa Florbela Espanca a principios del siglo XX en su soneto Árvores do Alentejo, cuya belleza no puede ser mancillada forzando una traducción, pero que todos entenderemos bien en su composición original:
Horas mortas… Curvada aos pés do Monte
a planicie é um brasido…e, torturadas,
as árvores sangrentas, revoltadas,
gritam a Deus a bênção duma fonte!
E quando, manhã alta, o sol posponte
a oiro a giesta, a arder, pelas estradas,
esfíngicas, recortam desgrenhadas
os trágicos perfis no horizonte!
Árvores! Corações, almas que choram,
almas iguais à minha, almas que imploram
em vão remédio para tanta mágoa!
Árvores! Não choreis! Olhai e vêde:
também ando a gritar, morta de sede,
pedindo a Deus a minha gota de água!
