EN la memorable narración de Hermann Hesse ‘El hacedor de la lluvia’, vemos como el hechicero encargado de atraer las nubes y el agua del cielo es sacrificado hasta la muerte cuando no es capaz de lograrlo, siendo reemplazado por otro, que se supone la proporcionará con abundancia, en medio de las catastróficas sequías.
A lo largo de toda la historia, siempre han existido hacedores de lluvia, en cualquier civilización de nuestro planeta. Aún siguen existiendo, ya sean seres reales o divinidades, materiales o inmateriales. Y son muchos los pueblos que, cuando no da resultado su gestión, adoptan técnicas expeditivas para lograr su deseo. Así, en algunos pueblos de Sicilia, si no llueve, se entierra al santo a quien se rezó de cabeza, para que se dé cuenta de lo que la tierra está padeciendo.
Campesinos japoneses primero hacen plegarias o rogativas a la deidad, pero si ven que no les escucha, derriban la imagen y entre grandes maldiciones y gritos le hunden la cabeza en un campo de arroz podrido donde se quedan pasando también sed hasta que atraigan la lluvia.
Los feloupes de Senegal y Gambia arrastran sus ídolos y fetiches por los campos secos hasta que llueve. Pero en el norte de África son más expeditivos: hay tribus que cogen a un santón y a pesar suyo lo zambullen en una fuente como remedio seguro contra la escasez de agua.
Y es que las crisis hídricas son especialmente graves para quien las padece. Igual que las crisis económicas que persisten y se agrandan: hacen peligrar la economía, los recursos en general y los alimenticios en particular, la vida de las gentes. Por eso se toman decisiones contundentes, y se mira hacia alguien a quien culpar de las desgracias. Alguien a quien hay que castigar, escarmentar, e incluso eliminar, quitar del medio, para que sea sustituido por otro que nos traerá tranquilidad, equilibrio, prosperidad garantizada para todos.
De esto no se libra la ‘clase política’. Incluso quizás menos que cualquiera otra, porque en el fondo para una inmensa mayoría el político es un mago, un santón, un brujo, capaz de las mayores maldades y también de las mejores redenciones. Así, se les entroniza con la esperanza de que nos proporcione el bienestar, pero se le desbanca cuando peligra lo que hayamos conseguido, probando con otro que promete los remedios más contundentes y eficaces.
El político es un ‘hacedor de la lluvia’ y está sometido a la ventura de la misma. Para bien y para mal. Para seguirlo religiosamente o para escarmentarlo sin piedad. No se trata de ideologías y programas; no se trata de ideales en que se crea o no se crea. Se trata de la magia que irradia su persona yen la que en un momento determinado se confía o se deja de confiar.
Así, en estos tiempos de sequía económica, Zapatero puede ser el santo siciliano al que se entierra de cabeza.
La deidad japonesa a la que se hunde en un campo de arroz. El fetiche arrastrado en Senegal y Gambia. El santón norteafricano zambullido en una fuente. El chamán del relato de Hermann Hesse al que hay que sacrificar hasta las últimas consecuencias. Sí, en el fondo nuestras actitudes pertenecen a una inspiración mágica, a un pensamiento emotivo, simbólico, donde poca cabida tiene lo racional.
Lo malo es que en la sociedad española no hay sensación de repuesto personalizado. Rajoy no cuenta con la confianza del electorado para sacarnos de la crisis, para lograr que llueva sobre los campos yermos que han secado la avaricia, la falta de previsión, las burbujas inmobiliarias brutalmente especulativas, el dinero alegremente prestado y que ahora no se puede devolver, el despilfarro generalizado, la competencia de los países emergentes, donde el abaratamiento de costes y productos ignoran derechos laborales… No entendían muy bien de anticiclones y borrascas los pueblos más atrás mencionados, de lluvias convectivas, de frentes cálidos y fríos… Lo cifraban, lo ciframos, en un santo salvador al que estamos dispuestos a subir al podium o arrastrar por las cloacas, porque creemos que todo es cuestión de tener o no tener una barita de ilusionista que todo lo resuelve. Seguimos, desde luego, pese a los adelantos tecnológicos sin cuento, en una etapa ilusionista, mágica, de nuestra ya veterana civilización
